Sánchez alargará la agonía, como mínimo, hasta la próxima Semana Santa
La comparecencia de Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados ha dejado una sensación difícil de ocultar: el presidente no gobierna, resiste. Y no resiste por España, ni por los españoles, ni siquiera por un proyecto político reconocible. Resiste por él mismo.
A estas alturas caben dos explicaciones. La primera es la más sencilla: Sánchez realmente cree que nada de lo que ocurre a su alrededor tiene que ver con él. Que los problemas judiciales de su entorno familiar, las investigaciones que afectan a su esposa o a su hermano, o los numerosos escándalos que rodean al PSOE son asuntos ajenos a su responsabilidad. Que los casos Ábalos, Koldo, tito Berni, Zapatero, las mascarillas, Plus Ultra, los hidrocarburos o las distintas derivadas que siguen apareciendo son problemas de terceros. Que él pasaba por allí.
Es una teoría que puede parecer sorprendente, pero que encaja perfectamente con la actitud que viene mostrando desde hace meses. Sánchez se presenta siempre como víctima de una conspiración, como alguien injustamente perseguido, como un dirigente al que nada puede afectar porque, según su propio relato, jamás ha cometido un error político relevante.
La segunda explicación resulta bastante más inquietante. Y es que el presidente no quiera abandonar el poder hasta haber reducido al mínimo posible las consecuencias políticas y judiciales que puedan derivarse de todo lo que hoy rodea a su entorno. En ese escenario, cada mes que pasa es tiempo ganado. Tiempo para consolidar posiciones. Tiempo para influir en nombramientos y legislar pequeñas modificaciones electorales que le favorezcan. Tiempo para que determinadas decisiones judiciales o administrativas sigan su curso. Tiempo, en definitiva, para amortiguar el golpe.
Mientras tanto, mantiene entretenidos a sus socios parlamentarios.
A Junts le sigue ofreciendo la eterna expectativa de la amnistía definitiva y el regreso político de Carles Puigdemont. Al PNV le mantiene abiertas diversas carpetas pendientes de negociación. A Esquerra Republicana le garantiza seguir teniendo influencia en Cataluña y en Madrid. Podemos ya ha dejado de creer en él, pero tampoco tiene capacidad real para alterar la mayoría parlamentaria. Y Sumar simplemente sobrevive.
Porque Sumar sabe perfectamente que el día que caiga este Gobierno probablemente desaparecerá también su espacio político. La coalición nació alrededor del poder y difícilmente sobrevivirá sin él. Por eso seguirá apoyando a Sánchez mientras sea posible, aunque cada vez resulte más complicado justificarlo ante sus propios votantes.
El problema es que toda esta estrategia tiene una víctima evidente: España.
Hace meses que el país da la impresión de encontrarse en una situación extraña, casi de parálisis institucional. Un Estado sin gobierno, sin presupuestos y un gobierno sin Estado. Un Ejecutivo dedicado exclusivamente a sobrevivir mientras los problemas reales de los ciudadanos quedan relegados a un segundo plano. En este país sólo se habla de la corrupción política mi4ntras nadie soluciona los problemas reales: vivienda, inseguridad ciudadana, exceso de gastos, de subvenciones, etc..
Por eso cada vez parecen más creíbles los rumores que circulan tanto en sectores socialistas como en algunos de los partidos que sostienen al Ejecutivo. Rumores que apuntan a unas elecciones generales en 2027, probablemente durante el primer trimestre del año, quizá alrededor de la Semana Santa. Una fecha que permitiría separar suficientemente los comicios generales de las elecciones municipales y autonómicas previstas para mayo y que las federaciones regionales socialistas quieren separarlas del ruido mediático y la mala propaganda que genera su propio presidente, Pedro Sánchez.
Nadie puede asegurar hoy que ese vaya a ser el calendario definitivo. Pero sí parece evidente que Pedro Sánchez no tiene intención alguna de adelantar las elecciones, por muy deteriorada que esté la situación política.