La batalla por Barcelona enfrenta a las “familias” de Puigdemont y Trias
Hubo un tiempo en que el gran problema de Convergència —después PDeCAT, después Junts, después ya veremos— era encontrar votos en Barcelona. Ahora el problema es otro: encontrar un candidato que no salga corriendo.
La situación empieza a parecer una convocatoria de casting más que unas primarias. En los últimos meses han sonado Josep Rius, Jordi Martí Galbis, Jaume Alonso-Cuevillas, Pilar Calvo, Tatxo Benet, Joaquim Forn, Artur Mas y algún que otro “perfil independiente” que seguramente apagó el móvil al ver la llamada de Waterloo. A este ritmo, Junts corre el riesgo real de presentar más aspirantes a alcalde que concejales en el Ayuntamiento.
El problema no es solo de nombres. Es existencial. Xavier Trias dejó una herencia incómoda: ganó las elecciones de 2023 pero no la alcaldía. Ese “ganamos pero nos la robaron” funciona muy bien como relato de sobremesa, pero bastante peor como estrategia política dos años después. Sustituir a Trias significa heredar una mezcla tóxica de nostalgia convergente, victimismo institucional y expectativas imposibles.
Y además nadie quiere inmolarse. Porque el candidato de Junts en Barcelona ya sabe varias cosas antes de empezar: que Carles Puigdemont tendrá la última palabra, que el aparato desconfía de las primarias, que el sector triasista tampoco quiere perder el control y que Jaume Collboni ocupará el centro político mientras el independentismo urbano sigue fragmentándose. Es decir: un entorno ideal para que triunfen los socialistas.
La dirección de Junts intentó evitar el espectáculo colocando a Josep Rius como candidato de consenso. Duró aproximadamente lo mismo que un parking gratis en el Eixample. Jordi Martí Galbis se plantó, exigió primarias y Rius acabó retirándose “para evitar divisiones”.
Pero lejos de cerrarse la crisis, aquello abrió una nueva temporada de la serie. Jaume Alonso-Cuevillas dejó caer su interés. Pilar Calvo apareció como candidata alternativa con bendición implícita del entorno Boye-Puigdemont. Y, mientras tanto, Jaume Giró se alejaba elegantemente del incendio diciendo, básicamente, que no reconocía el partido en el que había entrado. Todo esto transmite una sensación curiosa: Junts parece un partido donde nadie manda del todo, pero todo el mundo veta.
Lo más fascinante es que Barcelona debería ser la joya estratégica del partido. Es la capital, el escaparate internacional y el lugar donde el viejo espacio convergente se jugaba históricamente la respetabilidad burguesa. Pero hoy Junts transmite exactamente lo contrario: improvisación, luchas internas y una nostalgia permanente de cuando Xavier Trias parecía un señor normal comparado con el resto del tablero.
Mientras PSC, Comuns y ERC ya trabajan pensando en 2027, Junts sigue atrapado en una discusión interna que mezcla egos, familias políticas y llamadas transfronterizas. Y quizá ahí esté la explicación de fondo: el problema no es escoger candidato. El problema es que Junts todavía no sabe qué quiere ser en Barcelona. ¿Un partido posconvergente moderado? ¿Un instrumento de Puigdemont? ¿Una plataforma municipalista? ¿Un club de veteranos?
Hasta que respondan a eso y sigan permitiendo a Puigdemont decidir, seguirán acumulando aspirantes.