Puigdemont convierte la visita del Papa en otro capítulo de su decadencia política

partituras y esteladas

La visita del Papa León XIV a Cataluña debía ser un acontecimiento histórico, religioso, cultural y humano. Un momento de encuentro para miles de personas de sensibilidades muy distintas. Sin embargo, una vez más, el expresidente fugado y el entorno político que aún le acompaña han intentado convertir un acto de dimensión universal en una plataforma para sus obsesiones particulares.

La operación fue tan previsible como torpe. Aprovechar la presencia del Pontífice para volver a situar el denominado "conflicto catalán" en el foco mediático. Banderas esteladas donde no correspondían, intentos de introducir consignas ajenas al protocolo previsto y una estrategia perfectamente calculada para desviar la atención del verdadero protagonista de la jornada: el Papa.

El resultado fue un fracaso tan sonoro como revelador. Según diversas informaciones, centenares de cantaires vinculados a corales participantes fueron apartados tras detectarse actuaciones incompatibles con las normas establecidas para el acto. La intervención de los cuerpos de seguridad evitó que la ceremonia se transformara en el espectáculo político que algunos pretendían.

Lo más significativo no es el incidente en sí, sino lo que representa. Puigdemont parece haber agotado por completo su capacidad de ofrecer propuestas para Cataluña. Hace tiempo que dejó de construir para limitarse a provocar. Ya no lidera ningún proyecto de futuro; simplemente intenta mantenerse presente en la conversación pública mediante polémicas cada vez más artificiales.

Mientras Cataluña afronta problemas reales —vivienda, infraestructuras, sanidad, educación, seguridad o competitividad económica—, el expresidente continúa instalado en una política de símbolos, gestos y confrontaciones estériles que cada vez interesan a menos ciudadanos. Y aún se pre4gunta porqué Silvia Orriols está comiéndole la tostada…

La realidad es que Cataluña ha seguido avanzando sin Puigdemont. La sociedad catalana es hoy mucho más compleja, plural y pragmática de lo que algunos quisieran admitir. Y la inmensa mayoría de los catalanes estaban mucho más interesados en escuchar el mensaje humanista de León XIV que en asistir a otro intento desesperado de instrumentalización política.

Quizá ha llegado el momento de que Puigdemont comprenda que su tiempo político ha terminado. Los liderazgos no son eternos y las sociedades evolucionan. Seguir intentando convertir cualquier acontecimiento en un altavoz personal, enarbolando banderas inexistentes y conflictos lingüísticos inapropiados, no solo resulta improductivo si no que empieza a provocar una sensación de cansancio y hastío incluso entre quienes un día le apoyaron. Sólo le queda sus incondicionales que le deben el sueldo y los pocos de ANC, Omnium y Cía que le siguen la corriente y le deben las subvenciones.

La visita del Papa será recordada por su mensaje de concordia, dignidad humana y esperanza. El intento de algunos de utilizarla para reabrir viejas trincheras políticas quedará como una nota al pie de página. Una más en la larga lista de oportunidades perdidas de un liderazgo que hace tiempo dejó de ofrecer soluciones para limitarse a buscar titulares.

Por favor, amnistíenle y dejen que vuelva a Catalunya para que se de cuenta que nadie le espera, que su momento ha durado tanto que los catalanes se han cansado de él.