Sánchez convierte Schengen en un “y tú más” contra Italia
Hay decisiones políticas discutibles, decisiones equivocadas y luego están aquellas que toma el Gobierno del PSOE con Sánchez a la cabeza. La respuesta del Gobierno de Pedro Sánchez a los controles fronterizos establecidos por Italia pertenece, probablemente, a esta última categoría: como Giorgia Meloni controla a quienes llegan desde España para que no se le cuelen inmigrantes ilegales que pueden llegar desde Ceuta o desde otro lugar cualquiera, España ha decidido controlar a quienes llegan desde Italia. A todos. Reciprocidad, lo llaman. El viejo y sofisticado principio diplomático del «pues ahora yo también» o, en castizo, “a ver quién la tiene más larga” cual chulapo engreído.
El problema es que convendría preguntarse qué pretende evitar cada uno con esos controles. Italia argumenta que quiere impedir movimientos secundarios de inmigración irregular procedentes de España ante la presión migratoria que está sufriendo nuestro país. Se puede estar de acuerdo o no con la decisión de Meloni, discutir su proporcionalidad e incluso cuestionar si cumple adecuadamente las reglas de Schengen. Pero existe una lógica reconocible: controlar quién entra en tu territorio y evitar que personas que han accedido irregularmente a otro país europeo continúen desplazándose sin control.
¿Y cuál es exactamente la amenaza que pretende detener España controlando a los viajeros procedentes de Italia? ¿Una avalancha de italianos en bañador? ¿Tememos que desembarquen en Barcelona miles de romanos sin papeles y que desfilen por la Vía Augusta? ¿Que aparezcan en Barajas hordas de milaneses clandestinos? ¿Que un señor de Bolonia con bermudas, gafas de sol y reserva de hotel consiga infiltrarse peligrosamente en los resorts de Menorca, Mallorca o Ibiza? ¿O, acaso, es para proteger a las jovenzuelas españolas de los ligones italianos de cada verano?
Porque ahí reside lo grotesco de la respuesta española. Si el Gobierno considera injustificados los controles italianos, debería combatirlos política, diplomática y jurídicamente en Bruselas. Lo que resulta difícil de explicar es que la respuesta a una medida que consideras absurda sea copiarla. Si alguien hace una tontería y tú, “indignadísimo”, decides hacer exactamente la misma tontería en sentido contrario, quizá el problema ya no sea solamente del primero.
España ha restablecido desde este 8 de agosto controles aleatorios en puertos y aeropuertos para los viajeros procedentes de Italia, inicialmente hasta el 7 de septiembre. El Gobierno lo presenta como una respuesta proporcional y recíproca después de que Roma se negara a retirar sus controles. Traducido al castellano de toda la vida: Meloni no ha cedido y Sánchez ha decidido demostrar que “pa chulo, yo”. Y quienes pagan la demostración son los viajeros.
Italianos y españoles llevan desplazándose entre ambos países desde mucho antes de que existieran Pedro Sánchez, Giorgia Meloni, la Unión Europea o el espacio Schengen. Y no hace falta remontarse a las legiones romanas, aunque viendo el nivel del debate quizá terminemos pidiendo el pasaporte a Julio César.
Italia es uno de nuestros grandes vecinos europeos, socio comunitario, país turístico y origen habitual de visitantes que llegan cada año a España para gastar su dinero, llenar hoteles, comer en restaurantes y disfrutar de nuestras playas. Y viceversa. Pero ahora resulta que tenemos que controlarlos porque Meloni no quiere a extracomunitarios descontrolados que surgen, o puedan surgir, desde España. Desde una España incapaz de frenar las ansias de torpedear del monarca alauita, el vecino del sur.
Aunque Sánchez quería demostrar firmeza ante Meloni, ha demostrado otra cosa: que cuando un Gobierno confunde reciprocidad con inteligencia política puede terminar tomando medidas que perjudican precisamente a quienes no tienen absolutamente nada que ver con el conflicto. Y ahí está la verdadera vergüenza que sentimos los españoles ante las decisiones de los que nos deberían gobernar. Y no quiero ni pensar lo que opinan el resto de europeos….