La sanidad española se sostiene en una ficción: la disponibilidad infinita del médico
Hay una idea que el país da por amortizada: que el médico siempre estará ahí, pase lo que pase. Como si fuera un servicio automático, como el agua del grifo. Y esa ficción ha funcionado durante años por un motivo simple: porque muchos médicos han tragado, han tirado y han callado. El sistema aguanta a base de silencios. Pero ese silencio se está acabando.
Dos factores que lo han puesto todo contra las cuerdas
El primero: faltan médicos donde de verdad hacen falta. No en abstracto ni en cifras bonitas para una nota de prensa, sino en urgencias, en guardias, en determinadas especialidades y en determinados territorios. El segundo: la profesión se ha ido demonizando. Se le exige al médico como si fuera una institución pública, pero se le trata como a un empleado al que se le puede estirar sin límite. Y cuando protesta, parece que está pidiendo privilegios.
El relevo joven no compra el pacto antiguo. No está para comerse guardias eternas, asumir riesgos y encima cargar con el sambenito de «si te quejas es porque quieres más dinero». En cualquier otro sector esto se entiende a la primera: prefiero vivir mejor aunque cobre menos. Y desde ese punto de vista es normal que ciertas especialidades duras se queden sin relevo.
Lo que hace el sistema: sostener el relato
¿Qué hace el sistema cuando el cuello de botella aprieta? Lo de siempre: aguantar el relato. Importar médicos de otras latitudes, apretar más a los de aquí y mantener esa frase que lo tapa todo: «un médico es un médico». No. Un médico es una persona que trabaja. Y que, en la práctica, está sometida a reglas laborales, a presión asistencial y a un desgaste físico y mental brutal. Cuando se rompe, no es un drama individual: se rompe el eje del sistema.
El sistema gira alrededor del médico no por jerarquía moral, sino por función. Es quien diagnostica, decide y firma. Es el cuello de botella inevitable. Puedes tener un hospital nuevo, máquinas excelentes y protocolos impecables; si el médico está desbordado, la cadena se vuelve frágil.
El gasto en personal no es un argumento contra el clínico
Se repite que «el gran gasto sanitario es el personal» como si fuera un motivo para contenerlo. Pero ese dato, leído con honestidad, debería llevar a lo contrario: proteger el núcleo asistencial y hacerlo sostenible. En una guardia de 24 horas puedes cubrir el puesto médico con una sola persona —con sus límites—, mientras que la continuidad del resto de categorías exige tres turnos de ocho horas o, sencillamente, deja servicios sin cobertura real.
Cuando falta capacidad, la cadena se pervierte: si el médico va desbordado, la enfermera hace cosas de médico; si la enfermera va desbordada, la auxiliar hace cosas de enfermera… y así, escalón a escalón, vamos normalizando lo anormal. Eso no es «trabajo en equipo»: es supervivencia. Y la supervivencia sostenida se paga con errores, quemados y medicina defensiva.
Absentismo y burocracia: el desgaste que no sale en la foto
Si una plantilla funciona con un absentismo alto, el edificio tiembla por definición. No hace falta moralizar el fenómeno para entender su efecto: cuando faltan manos en cadena, la carga recae en quien no puede «parar la máquina» sin consecuencias inmediatas. En sanidad, ese último dique suele ser el médico.
A esto se suma la fricción administrativa: duplicidades, certificados, tareas que podrían automatizarse y circuitos internos que se han vuelto pesados como el plomo. En una fábrica la lógica sería evidente: proteges el puesto crítico que sostiene la producción. Aquí hacemos lo contrario: damos por hecho que el crítico aguanta… y, si no aguanta, lo culpamos.
Teleconsulta: herramienta útil o coartada
La teleconsulta puede ser muy útil para seguimientos, dudas puntuales, resultados o educación sanitaria. El problema es cuando se convierte en sustituto estructural de la presencia para tapar déficit: una forma elegante de no decir «no tenemos recursos» y de no pronunciar la frase prohibida: faltan médicos. Se cambian visitas presenciales por llamadas o formularios, se reduce el contacto humano y se vende como «transformación digital». En demasiadas ocasiones es un parche para tapar huecos.
Estatuto Marco: el riesgo del ‘café para todos’
En este contexto, el debate del Estatuto Marco se ha contaminado con el clásico español de «igualdad por defecto». Meter a todos en el mismo saco suena bien en un titular, pero puede ser una forma fina de ignorar lo obvio: no todas las responsabilidades son iguales, no todos los riesgos son iguales, no todas las decisiones pesan lo mismo. Cuando haces como si lo fueran, terminas haciendo cardenal al monaguillo… y dejando al cardenal sin condiciones para ejercer.
La privada promete trato humano, pero el tiempo manda
La privada competitiva vende una idea sencilla: trato humano y tiempo. Personas atendiendo a personas. El problema es que ni eso está garantizado cuando se impone la prisa: circuitos impersonales, rotación y sensación de cadena de montaje. Al final volvemos al mismo punto: el valor lo pone el médico y su tiempo. Si no hay tiempo, no hay trato humano, por mucho logo brillante que pongas en la puerta.
Qué haría un sistema que quisiera durar
No hay varitas mágicas, pero sí dirección. Si se quiere sostener la sanidad con demanda creciente, hay que rediseñar el trabajo clínico y dejar de gestionar el aguante como si fuera un recurso renovable.
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Desburocratizar de verdad: automatizar, integrar sistemas y eliminar duplicidades; lo que no aporta valor clínico, fuera del circuito del médico.
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Blindar el núcleo asistencial: cupos realistas, tiempos mínimos, descansos reales y límites efectivos de carga.
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Incentivar plazas y especialidades difíciles con paquetes completos (no solo salario): estabilidad, libranzas, carrera, docencia, vivienda y turnos dignos.
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Equipos multiprofesionales sin deriva funcional por agotamiento: roles claros, ratios y formación para que el ‘hacer de otro’ no sea la norma.
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Decir la verdad: si faltan médicos, se reconoce, se prioriza y se explica; no se disfraza de modernización.
¿Y ahora qué?
Durante años el sistema ha funcionado porque existía un «recurso invisible»: médicos que aguantaban más de lo razonable. Ahora el relevo llega con otra lógica: prefiero vivir. Si la respuesta institucional es moralina o ingeniería normativa para estirar al clínico, el desenlace es simple: fuga, rechazo de especialidades duras y pérdida de calidad asistencial. La pregunta ya no es si la sanidad es pública o privada. La pregunta es si va a tener médicos suficientes, en condiciones sostenibles, para seguir siendo sanidad.