El Nacionalismo presuntamente útil
Una de las cosas más curiosas que pasan en la política española, y que más difícil resultan de explicar por ahí fuera, es que en España dos partidos de base territorial y de derechas contribuyeron a tumbar un gobierno igualmente de derechas, entregándoselo a la izquierda con la justificación de que su corrupción era insufrible y merecía la pena el sacrificio ideológico por aquello de la ética.
Pero, sin embargo, esos mismos partidos de derechas rechazan ahora justificar de la misma manera el desalojo de La Moncloa a un partido de izquierdas, además de otro que solo llega a cuarto y mitad, más de izquierdas aún, precisamente para que no gobierne la derecha española. Así que, acreditado que Sánchez se agarrará al último clavo ardiendo que encuentre antes que soltar el gobierno, seguimos dependiendo todos para construir algo en este país de quienes, precisamente, quieren destruirlo.
Esta semana Miriam Nogueras, portavoz en el Congreso de los Diputados de Junts, sentenció que ellos no están aquí “para poner y quitar gobiernos” en respuesta a la pregunta de si sumarían sus siete votos a una hipotética moción de censura contra Pedro Sánchez. Hace solo unos días, sin embargo, o quizá precisamente por eso, también manifestaba Nogueras, muy seria ella, que su partido ya no esperaba otra cosa que una convocatoria electoral anticipada por parte de Sánchez.
Al finiquito formal pronunciado por los de Junts se ha sumado, cómo no, el del PNV por boca de Aitor Esteban, quien también con pose compungida y signos de afectación en fechas recientes declaró que la legislatura había llegado a su fin, alegando para ello, créanselo, “interés general”. Pese a sus palabras, tampoco desde Vitoria parecen estar dispuestos a poner sus votos en el mismo cesto de quienes pueden censurar a Sánchez.
Nacionalistas vascos y catalanes, ambos en la derecha ideológica, muestran así que son el mejor exponente de aquello de que cuanto peor (para España en su conjunto), mejor (para ellos en sus territorios), porque en el fondo nos revelan con esa actitud de fingida indignación una vez más, y no será la última, la realidad de su propuesta política, por mucho que, desde la izquierda panoli española que representan socialistas y otros batiburrillos a su izquierda, se empeñen en esa plurinacionalidad que solo es de ida pero nunca de vuelta. Una realidad que puede identificarse con la frase con la que Catón el Viejo terminaba todos sus discursos: Carthago delenda est (Cartago debe ser destruida). Cambien “Carthago” por España y ya estaría.
Por eso, para alguien como quien escribe estas líneas, que siempre ha apostado por el diálogo como base de cualquier necesario entendimiento a la hora de organizarnos para vivir, resulta cada vez más complicado asumir que se pueda tener algo que hablar con quienes, desde sus credos nacionalistas y territoriales, realmente harán todo lo que puedan para reducir el Estado a la mínima expresión. O a la nada, si fuera posible. Y por ese motivo les confieso mi absoluta sorpresa por ver a dirigentes del Partido Popular buscando en Junts o en el PNV, de manera tan naíf, a esos compañeros de viaje necesarios para hacer caer a Sánchez.
Y es que, aun consciente de que los números son los que son y de que en nuestra historia democrática han sido nacionalistas de derechas catalanes y vascos quienes han marcado el paso tanto de la derecha como de la izquierda españolas, a salvo -y seguramente ni por esas- las mayorías absolutas de PP y PSOE, vuelve a ser desmoralizante constatar que la necesidad no es la que genera la ocasión, sino que esta se dará, de producirse, solo por motivos de interés que no nos atañen o afectan a todos, sino solo a unos pocos. Y siempre a los mismos, vascos y catalanes, de derechas de toda la vida, pero solo de las de allí.
Desde la primera oportunidad en que Felipe González, en 1993, eligió el pacto de legislatura con CiU y Pujol antes que con IU y Anguita, ese susto o muerte en aquel momento pasando por las cesiones constantes a los nacionalistas y la tontuna de Aznar hablando catalán en la intimidad en 1996 o la plurinacionalidad y el berenjenal del Estatut catalán de 2006 de Zapatero, la deriva ha sido tal que ha habido que aplicar, con los votos de PP y PSOE, recuerden, el artículo 155 de la Constitución en Cataluña, situación totalmente revisada históricamente con un aquí no ha pasado nada en forma de amnistía de la mano de Sánchez, el mismo que negó su constitucionalidad y que veía rebeliones independentistas en los mismos que luego le auparon a gobernar gracias al relato del “reencuentro”. Claro que sí.
Y aunque hoy no estamos en el escenario de 2017, lo cierto es que solo el mantenimiento de un Gobierno presidido por Sánchez asegura que las cosas no vayan a cambiar para los nacionalistas vascos y catalanes, fundamentalmente los de derechas, que en esto acreditan absolutamente su conservadurismo genético porque, al fin y al cabo, las corrupciones que se investigan ahora son de izquierdas, además de españolas.
Y por eso resulta casi imposible que alguien que no sea español entienda este extraño compadreo de derechas e izquierdas dependiendo de su ámbito territorial de actuación. Casi tan difícil de entender como que las propias izquierdas progresistas y obreras, como deben ser todas las izquierdas, realmente estén aquí más preocupadas en sus propuestas por los derechos de sus terruños plurinacionales que por la solidaridad de clase. El mismo concepto internacionalista del movimiento obrero que tenía entre sus fines borrar de los mapas eso tan capitalista y burgués como son las fronteras nacionales.