Plus Ultra (y sin edulcorante)

Avión de Plus Ultra Foto web compañía aérea

En la mitología griega, heredada posteriormente por los romanos, el fin del mundo conocido estaba en las columnas de Hércules, los dos promontorios, Calpe y Abila, a ambos lados del estrecho de Gibraltar, que surgieron como testimonio del décimo de los doce trabajos impuestos al hijo de Zeus por el rey Euristeo por indicación del Oráculo de Delfos. Tras esa frontera abierta por un semidiós se extendía un océano hasta los límites del abismo, por lo que nadie debía adentrarse en el mismo más allá de esas columnas: non plus ultra. Pero el espíritu humano, ya de por sí inquieto, decidió ir más allá y probar suerte con el riesgo y la aventura. Plus ultra, chavales. Y que sea lo que tenga que ser, que algo de bueno sacaremos.

Que la empresa protagonista de uno de los mayores escándalos de posible corrupción política en España, por los implicados, no tanto por el montante (53 millones es moco de pavo en comparación con lo que en su día voló con los casos ERE, Gürtel o Púnica, o el del tres per cent), se llame Plus Ultra parece, más que un chiste, la constatación de un ánimo enormemente emprendedor en esto de llevárselo calentito cuando de dinero público se trata: sin escrúpulos ni vergüenzas. Plus ultra: más allá y todo por el beneficio.

Cuando en 2020, en el marco de la crisis sanitaria del virus que iba a cambiar el mundo tal como lo conocíamos, el Gobierno de España decidió apoyar al sector productivo ante el parón de toda actividad económica y el riesgo de colapso, inyectando ayudas económicas directas y en forma de préstamos a empresas consideradas “estratégicas”, hubo quien inmediatamente olió sangre e ideó tramas, como ya se había hecho anteriormente con la compra e importación mediante la contratación de emergencia de mascarillas y otros materiales sanitarios a precios desorbitados por la adición de las correspondientes comisiones de los listos de turno, a fin de captar parte de esos fondos para todo lo contrario a los fines previstos: no para aliviar la economía de todos, sino para llenar los bolsillos de unos pocos.

Y en esas alguien coló en 2021, en algún listado de la SEPI, la sociedad pública en calidad de holding de la participación estatal en el sector privado, para acceder al Fondo de Apoyo a la Solvencia de Empresas Estratégicas (FASEE), el nombre de una empresa de aviación, Plus Ultra, con el marchamo de ser altamente estratégica, obteniendo por ello un préstamo de 53 milloncetes de todos para hacer volar y mantener en el aire su flota de ¡un solo avión!, el único operativo en ese momento de la compañía. Para que nos hagamos una idea, ese avión suponía el 0,03% de la actividad del tráfico aéreo en España. Como ven, pura estrategia, y no de la buena, precisamente. O sí, según para quién.

Aquella ayuda ya fue no solo criticada, sino denunciada en varias instancias (justicia ordinaria, Tribunal de Cuentas, etc.), aunque sin éxito. Nada que investigar… hasta que la denuncia llegó a España, desde Suiza y Francia, vía Fiscalía Anticorrupción, a raíz de peticiones de comisiones rogatorias sobre hechos investigados allí. Y ahí apareció de nuevo Plus Ultra y el más que evidente indicio de la vinculación del dinero prestado con el blanqueo internacional de capitales en conexión con… ¡bingo! Venezuela.

Que el más mejor amigo y embajador internacional del régimen chavista, el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero, se destapara como el supuesto muñidor de negocios irregulares era cuestión de tiempo: grabaciones y capturas de mensajería, traviatas de cómplices en busca de beneficios procesales haciéndose un Aldama, y trabajo eficaz de policías y guardias civiles, de jueces y fiscales que, como hemos podido comprobar según el relato oficial, son redomados franquistas aun cuando todos ellos llegaron a sus puestos de trabajo con Franco ya muerto y enterrado.

Plus Ultra se erige así en un símbolo de ese espíritu patrio irreductible, inasequible al desaliento, permanente en la voluntad de alcanzar nuevas metas, de ir plus ultra, más allá… de los horizontes conocidos. Sobre todo de esas fronteras escritas negro sobre blanco, como columnas de Hércules imborrables, en el Código Penal (imborrables hasta que el Gobierno eleve al Congreso la enésima reforma para suavizar o eliminar los delitos de corrupción, claro) que marcan la línea que nunca se debe sobrepasar, la que indica que en cuestiones éticas y de simple vergüenza, non plus ultra, no hay que ir más allá.

Siempre nos quedarán esos valientes arriesgados dispuestos a buscar lo imposible. O lo que debiera serlo, obviamente, cuando de lo que se trata es de defraudar a toda una sociedad ya demasiado acostumbrada a que nos roben y que, siendo así, entona el resignado “que me roben los míos”. Nos quedarán los del plus ultra, o la Plus Ultra, una más, de la que sabremos con el tiempo, que es lo que termina por pasar, que todo se acaba sabiendo, que no era oro todo lo que relucía (salvo el que se ha encontrado, casualidades de la vida, en una caja fuerte de la calle Ferraz, de todo ese ejemplo de saber aparentar justo lo contrario de cómo realmente te conduces, que no de conducirse sin más, que ha sido Zapatero). Un señor endiosado en la humildad, la dignidad y su propio código de conducta que nos impone a todos menos a él, ante la defensa de los desfavorecidos, y que quiere convencernos ahora de que las joyas no son patrimonio si su titular no las considera como tal. El colmo de lo autopercibido ahora tan en boga, óigame.

Que cuando un plus ultra para la mayoría de españolitos es un llegar a fin de mes, aquí parece que siempre hay para quien significa que nos van a seguir haciendo tragar con ruedas de molino plus ultra de lo que podamos llegar a imaginar. Y sin edulcorante ni digestivos de ningún tipo.