Barcelona de mañana, Bangladesh de madrugada
Hay dos Barcelonas y no las separa un barrio ni un distrito: las separa un horario. La primera es la de los folletos, la de las terrazas alineadas, los carriles bici recién pintados y los planes de movilidad que el Ayuntamiento presenta con solemnidad de cumbre internacional; una ciudad que a las diez de la mañana finge ser Zúrich y a la que se le perdona casi todo porque tiene mar y tiene Gaudí. La segunda empieza cuando el último autobús cierra las puertas y las calles se quedan sin testigos. A partir de esa hora Barcelona no cambia de humor: cambia de constitución. Quien haya conducido por ella a las tres de la madrugada sabe perfectamente de qué hablo, porque lo ha visto y probablemente ha callado, que es exactamente lo que aquí se espera de uno.
Yo he conducido de noche por esta ciudad y lo que encontré no me lo esperaba. Semáforos en rojo tomados como sugerencia decorativa por el simple hecho de que la calle estaba vacía. Adelantamientos por la derecha ejecutados con la naturalidad de quien jamás ha sido corregido por nadie. Líneas continúas cruzadas como si fueran un adorno del asfalto y no una prohibición escrita. Tramos recorridos en sentido contrario para ganar treinta metros y llegar antes a un cliente. Y, como remate, el conductor privado que circula al ritmo que marca la norma increpado, pitado, insultado y adelantado con desprecio por haber cometido el delito de obedecer. No fue un vehículo, ni fueron dos: fue un patrón sostenido, repetido, previsible. Y ese patrón tenía un denominador común, el transporte de viajeros en vehículo de turismo, taxi y VTC sin distinción, porque el problema no es la etiqueta comercial que cada uno lleva pintada en la puerta, sino la certeza compartida de que a esas horas la calle les pertenece.
Se dirá que a las cuatro de la madrugada un semáforo en rojo sin nadie alrededor es una formalidad absurda, un residuo burocrático que solo respeta el timorato. Es precisamente al revés. El semáforo de la hora punta lo respeta cualquiera, porque lo vigilan el coche de al lado, el peatón que cruza y la cámara que graba; ese semáforo no mide nada, solo mide el miedo. El semáforo de las cuatro de la madrugada, con la avenida desierta y ni un alma a la vista, es el único que dice algo verdadero sobre quien va al volante, porque allí no hay testigo, no hay multa y no hay más freno que el que uno lleve dentro. Kant lo formuló hace dos siglos y medio con bastante más elegancia que yo: obra de tal modo que la máxima de tu acción pueda convertirse en ley universal. El que se salta el rojo en la calle vacía no está ahorrando quince segundos, está declarando que la norma solo le obliga cuando le miran, y eso no es un civismo con excepciones razonables: es la ausencia completa de civismo administrada con astucia.
Con todo, lo más grave no es la infracción en sí, sino la inversión moral que la acompaña. En una ciudad sana, el que cruza la línea continua baja la mirada cuando le pillan, porque sabe que ha hecho algo indebido y que la vergüenza forma parte del precio. En la Barcelona de madrugada, el que baja la mirada es el otro: el que respeta el límite, el que espera a que el disco se ponga verde, el que no adelanta por la derecha. A ese se le pita, se le llama de todo por la ventanilla y se le enseña, en un par de maniobras, que aquí el cumplidor es un estorbo y el infractor es el que manda. Ortega y Gasset describió al hombre-masa como aquel que no reconoce instancia superior a sí mismo, que no se siente perfecto pero se siente en su derecho de imponerse y que exige a la civilización todos sus servicios sin sentirse obligado por ninguno de sus deberes. Cuesta imaginar un hábitat más perfecto para ese hombre que el volante de un vehículo profesional en una avenida vacía, sin un solo agente en diez kilómetros a la redonda.
Porque nada de esto ocurriría si existiera la certeza de la sanción. Ninguna de esas maniobras se ejecuta por temperamento ni por prisa: se ejecutan porque salen gratis, y salen gratis porque Barcelona ha decidido que la vigilancia nocturna del tráfico es prescindible, que la calle puede quedarse sola desde la medianoche hasta el amanecer y que nada malo pasará. De día tampoco es que la cosa mejore demasiado, pero de noche la ciudad directamente se rinde. Y esa decisión no la ha tomado un fenómeno meteorológico: tiene nombre, apellido y despacho en la plaza de Sant Jaume. Jaume Collboni es el responsable primero de que la Guardia Urbana no esté donde tiene que estar a la hora en que tiene que estar, y lo es por convicción ideológica, no por descuido presupuestario. Es la doctrina de la pacificación policial, esa que ha convertido a la autoridad visible en una provocación, al agente que sanciona en un agresor y al control de tráfico en una sospecha de perfilado. El resultado está a la vista de cualquiera que salga a las tres de la madrugada: una ciudad sin árbitro donde el reglamento sigue impreso pero ya no lo aplica nadie.
Detrás de esa doctrina, sin embargo, no hay solamente un cálculo político de gobierno municipal. Hay una cobardía social mucho más extendida y mucho más difícil de combatir. Somos una sociedad de pusilánimes que ha decidido cortarle las alas a la autoridad para que nadie la increpe cuando aplica la ley, que se ha acostumbrado a considerar violento al que sanciona y víctima al que infringe, que ha convertido la exigencia elemental del cumplimiento en una forma de agresión y el discurso del agente en un abuso de poder. Un policía que multa hoy sabe que puede acabar grabado, difundido, señalado y desautorizado por sus propios superiores antes incluso de terminar el turno. Y cuando un cuerpo aprende que aplicar el reglamento le sale más caro que mirar hacia otro lado, mira hacia otro lado. No por corrupción, sino por instinto de supervivencia administrativa. Ese es el mecanismo exacto por el que una ciudad europea se degrada sin que nadie tome jamás la decisión de degradarla: nadie firma el decreto del caos, simplemente se deja de firmar todo lo demás.
Conviene además recordar qué es exactamente lo que está en juego, porque aquí no hablamos de particulares que hacen el idiota con el coche de su padre un sábado por la noche. Hablamos de vehículos con licencia, de títulos habilitantes concedidos por la Administración, de un servicio que la ciudad regula, tarifa, inspecciona y examina, y que se presta bajo la promesa implícita de que quien va al volante es un profesional del transporte de personas. Un profesional. Con pasajeros dentro. En una ciudad llena de motos, de patinetes, de repartidores y de gente que vuelve a casa a pie por Aribau o por Muntaner a las cuatro de la mañana. El día en que uno de esos adelantamientos por la derecha coincida con una moto en el ángulo muerto, o en que un tramo recorrido en sentido contrario se cruce con alguien que cruzaba confiado porque el semáforo le daba la razón, la ciudad se echará las manos a la cabeza, se convocará un minuto de silencio y algún concejal hablará de fatalidad. No será una fatalidad. Será el resultado perfectamente previsible de años de impunidad consentida, y nadie podrá decir que no se sabía, porque lo sabe todo el que conduce de noche por Barcelona.
Que nadie se confunda con el título de este artículo. No estoy hablando de quién conduce, estoy hablando de quién vigila. Daca no es un caos circulatorio porque sus conductores hayan nacido peores que los nuestros, sino porque allí nunca se ha impuesto una norma con consecuencias reales, y donde la norma no tiene consecuencias la calle se ordena sola, según la ley del más audaz y del más rápido. Eso, exactamente eso, es lo que Barcelona ha empezado a importar de madrugada mientras presume de capital europea a plena luz del día. A las siete de la mañana la ciudad recupera la cara, vuelven los agentes de tráfico a los cruces principales, se restablece la ficción y el visitante no nota nada. Pero la ciudad verdadera no es la de las siete: es la de las cuatro, la que aparece cuando se apaga la vigilancia y solo queda lo que cada cual lleva dentro. Y lo que aparece a las cuatro en Barcelona debería avergonzar a quien la gobierna, si es que todavía queda alguien en el Ayuntamiento capaz de sentir vergüenza antes de que ocurra la desgracia y no después.