La historia que se repite: de Ctesifón a Teherán, de los mongoles a Israel
Hay una pregunta que los iraníes llevamos siglos haciéndonos en voz baja, a veces en el exilio, a veces encadenados dentro de nuestro propio país: ¿cuándo terminará esta pesadilla? No es una pregunta nueva. La formularon nuestros abuelos, la formularon los abuelos de nuestros abuelos, y antes de ellos, generaciones enteras de persas que vieron cómo su lengua, su cultura y su alma nacional eran pisoteadas por conquistadores que llegaron con el Corán en una mano y la espada en la otra.
Permítame el lector que haga un ejercicio de memoria histórica que muchos prefieren ignorar, porque la historia de Persia es también la historia de la resistencia de una civilización milenaria frente a quienes quisieron borrarla del mapa. Desde la caída de Ctesifón, capital del Imperio Sasánida, en el año 636, hasta la destrucción de Bagdad a manos de los mongoles en 1258, transcurrieron más de seis siglos. Seiscientos veintidós años de sometimiento, de humillación sistemática, de genocidio cultural meticulosamente ejecutado bajo el manto de la fe. Hay historiadores, cómodos en sus sillones académicos, que gustan de presentar ese período como una era dorada de florecimiento islámico, como si la grandeza del califato fuera también la grandeza de los persas. No es así. Nunca lo fue. Esa narrativa es una falsificación conveniente que silencia el sufrimiento de un pueblo.
"Durante al menos dos siglos de esos seiscientos veintidós años, hablar persa en los territorios del califato era un acto de subversión punible con una pena atroz"
Durante al menos dos siglos de esos seiscientos veintidós años, hablar persa en los territorios del califato era un acto de subversión punible con una pena atroz: quien osara pronunciar su lengua materna en la plaza pública arriesgaba que el responsable de aplicar la sharía le cortara la lengua ante la vista de todos. No era una amenaza metafórica. Era la política deliberada de un poder imperial que sabía perfectamente que la lengua es la columna vertebral de una nación, y que destruir la lengua equivale a destruir el pueblo que la habla. Los califas no vinieron a Persia a convivir. Vinieron a borrar.
Los iraníes sufrimos, resistimos y nunca dejamos de buscar una grieta en esas cadenas. Pero la figura del califa era entonces tan omnipotente, su autoridad religiosa tan absoluta, que cualquier insurrección abierta corría el riesgo de convertirse en una carnicería sin victoria posible. No es que faltara valor. Es que faltaba la palanca histórica que pudiera romper ese yugo. Y esa palanca llegó de donde menos se esperaba, de la forma más brutal imaginable.
Llegaron los mongoles. Sería deshonesto de mi parte pretender que aquellas hordas que descendieron de las estepas del Asia central eran otra cosa que lo que fueron: conquistadores feroces, destructores implacables de ciudades y de vidas. Bagdad ardió. El Tigris, según cuentan los cronistas, se tiñó de negro con la tinta de los libros arrojados al río, y de rojo con la sangre de sus habitantes. La cifra de muertos que dejó el saqueo de 1258 es escalofriante por cualquier parámetro de la historia humana. Nadie en su sano juicio puede romantizar lo que los mongoles hicieron.
Pero hay una verdad incómoda que la historia nos obliga a reconocer: los mongoles fueron más salvajes con los conquistadores musulmanes que con el pueblo persa que llevaba siglos sometido. Destruyeron el califato abasí. Liquidaron la supremacía religiosa que mantenía a Persia encadenada. Y con esa destrucción, aunque el precio pagado fuera enorme, también rompieron el mecanismo de dominación que, de no haberse quebrado, habría terminado por consumir lo poco que quedaba de nuestra identidad nacional. El visir persa Ibn al-Alqami, que negoció con los mongoles en los últimos días de Bagdad, lo entendía perfectamente: con la muerte del califa moría también la autoridad que decidía sobre la vida y la cultura de los persas. De aquel cataclismo emergió, después de años de caos y dolor, el espacio en el que los reinos persas comenzaron a respirar de nuevo. Los propios mongoles, con el tiempo, fueron absorbidos por la civilización persa, adoptaron nuestra cultura, nuestro idioma, nuestra sofisticación. Se civilizaron con lo que habían intentado destruir. Y finalmente se marcharon.
"La historia, como dijo alguien más sabio que yo, no se repite, pero rima"
La historia, como dijo alguien más sabio que yo, no se repite, pero rima. Y la rima que escucho hoy es tan clara que resulta imposible ignorarla.
En 1979, Persia volvió a caer. No ante un ejército extranjero que cruzara nuestras fronteras con caballos y armas. Cayó ante una revolución que en realidad fue un golpe de Estado teológico, una ocupación con turbante que se disfrazó de liberación popular para instaurar la dictadura más larga y más cruel que nuestro pueblo ha padecido desde los califas. Cuarenta y siete años llevan los ayatolás devorando a Irán desde dentro. Cuarenta y siete años en los que las mujeres iraníes han sido tratadas como propiedad de un Estado que pretende gobernar en nombre de Dios. Cuarenta y siete años en los que los hombres que se atrevieron a protestar han llenado las mazmorras de Evin (cárcel famosa en Teherán). Cuarenta y siete años en los que la lengua persa ha sido sometida a la censura de una ideología que no nació en Persia sino que, una vez más, nos fue impuesta desde fuera, con el mismo argumento religioso que utilizaron los califas.
Los iraníes llevamos gritando "Javid Shah" (larga vida al rey) en las calles de nuestras ciudades y en los exilios del mundo entero. No por nostalgia ciega. No por ingenuidad política. Lo gritamos porque entendemos que lo que se perdió en 1979 fue algo más que una forma de gobierno: fue el hilo que nos conectaba con una identidad persa que no se define por el islam político sino por Ciro, por Hafez, por Rumi, por la bandera del león y el sol. Y cuando los manifestantes iraníes queman las mezquitas que el régimen construyó para sustituir nuestra cultura milenaria por su ideología importada, no están quemando la espiritualidad. Están quemando los símbolos de una ocupación.
Y ahora, en este preciso momento histórico, una fuerza externa ha venido a atacar a los nuevos ocupantes. Y los iraníes, una vez más, nos encontramos en la misma encrucijada moral que nuestros antepasados frente a los mongoles. Estamos con ellos.
Pero aquí termina todo parecido posible con aquella situación del siglo XIII. Porque los mongoles del año 1258 eran una potencia sin parangón en capacidad destructiva, pero también sin parangón en brutalidad y en ausencia de todo principio civilizatorio. Nadie en la Persia del siglo XIII eligió a los mongoles como aliados ideales. Simplemente ocurrieron, como ocurren los terremotos, y de sus consecuencias los persas supieron extraer, con enorme sufrimiento, una oportunidad de supervivencia.
"Cuando Estados Unidos actúa contra el régimen de Teherán, no actúa contra el pueblo iraní. Actúa junto a él"
Israel y Estados Unidos no son los mongoles. No se parecen a los mongoles en absolutamente nada. Esta distinción no es un detalle menor: es el corazón de todo el argumento. Israel es la única democracia plena de Oriente Medio. Una nación que nació del sufrimiento de un pueblo que también conoce lo que significa ser perseguido durante siglos, que también sabe lo que es ver su cultura amenazada de extinción, que también ha tenido que defender su derecho a existir frente a quienes juraron eliminarlo. Los israelíes y los iraníes no somos enemigos. Nunca lo fuimos hasta que el régimen de los ayatolás decidió que el odio a Israel era el pegamento ideológico que necesitaba para mantenerse en el poder. Ese odio es una fabricación del régimen, no una realidad del pueblo persa.
Estados Unidos, con todos sus defectos y con todas las contradicciones que cualquier gran potencia acumula a lo largo de su historia, es el garante del orden internacional basado en la ley, en los derechos del individuo y en la posibilidad de que las naciones pequeñas y las culturas milenarias no sean devoradas por imperialismos teocráticos. Cuando Estados Unidos actúa contra el régimen de Teherán, no actúa contra el pueblo iraní. Actúa junto a él. Es la diferencia que separa un aliado de un conquistador.
Los que hoy, desde los parlamentos europeos y desde las universidades occidentales intoxicadas de relativismo cultural, denuncian la presión de Israel y de Estados Unidos sobre el régimen iraní como si fuera un acto de imperialismo o de islamofobia, demuestran que no entienden nada. O que entienden demasiado bien y prefieren que los iraníes sigamos sufriendo porque nuestro sufrimiento no encaja en su narrativa. Esa izquierda que llenó las calles de Madrid, de París y de Berlín para protestar por Palestina, esa misma izquierda que miró hacia otro lado cuando el régimen de los ayatolás mató a más de ochenta mil iraníes en las últimas protestas y dejó trescientos treinta mil heridos, esa izquierda no es aliada de ningún pueblo oprimido. Es aliada de los opresores que comparten su antiamericanismo y su antisemitismo.
"El precio que estamos dispuestos a pagar como pueblo lo decidiremos nosotros"
El persa que vivió bajo el califato no tenía la opción de elegir quién rompería sus cadenas. Tuvo que aceptar la llegada de una fuerza brutal que, por razones ajenas a cualquier consideración humanitaria, destruyó a quien lo oprimía. El persa del siglo XXI tiene algo que su antepasado del siglo XIII no tenía: la posibilidad de ser liberado por fuerzas que no solo tienen el poder de romper las cadenas, sino también los valores que hacen que ese acto de ruptura sea también un acto de justicia. Israel y Estados Unidos no vienen a destruir la cultura persa. Vienen, con sus acciones contra el régimen de los ayatolás, a hacer posible que la cultura persa sobreviva.
El precio que estamos dispuestos a pagar como pueblo lo decidiremos nosotros. No lo decidirá ningún comentarista europeo desde la comodidad de una redacción en Bruselas, ni ningún académico que confunde el derecho de los pueblos a la autodeterminación con el derecho de los tiranos a la impunidad. Lo decidiremos los iraníes, que llevamos casi cincuenta años bajo una ocupación teocrática y que sabemos perfectamente, mejor que nadie, lo que cuesta vivir sin libertad y lo que vale la pena pagar para recuperarla.
La historia rima. Pero esta vez, la rima tiene una diferencia fundamental que cambia el sentido del poema entero. Esta vez, los que vienen a romper el poder que nos aplasta son también los que defienden los valores que nosotros, el pueblo persa, siempre hemos querido para nosotros mismos. Esta vez, no es el caos lo que nos puede liberar. Es la civilización.