Mientras nos distraen, se nos viene encima lo más importante
Vivimos instalados en una agitación permanente que apenas deja tiempo para pensar. Cada día aparece una polémica nueva, fabricada para abrir informativos, incendiar tertulias y regalar a algún político su minuto de gloria. Unos nos dicen que el gran problema nacional es el burka. Otros anuncian restricciones en redes sociales para menores como si ahí se jugara el futuro del país. Otros negocian entrar en gobiernos autonómicos mientras proclaman que habría que suprimir el Estado de las Autonomías. Y así seguimos: una competición continua por la frase más dura, el gesto más rentable y el canutazo de pasillo que mejor salga en cámara.
Mucho ruido. Muy poca verdad. Y, sobre todo, muy poca jerarquía de prioridades.
Porque mientras media clase política y buena parte del ecosistema mediático se entretienen en esa función, lo verdaderamente serio sigue avanzando casi sin debate público. Ahí está la inteligencia artificial, por ejemplo. No como una curiosidad de feria ni como un asunto para tecnólogos, sino como un cambio de enorme magnitud económica, laboral y social. Está a las puertas de alterar empleos, sectores enteros, formas de producción, sistemas de selección, niveles salariales y estructuras empresariales. Va a afectar a millones de personas. Y, sin embargo, aquí seguimos, atrapados en la discusión hueca, pendientes del titular del día y del teatro de la indignación.
Pero la inteligencia artificial es sólo una parte del problema. Porque debajo del espectáculo están los viejos males, los reales, los que no desaparecen porque dejemos de mirarlos. Ahí siguen el desempleo estructural elevado, el paro juvenil crónico, la temporalidad, la precariedad laboral, la baja productividad y la falta de innovación seria. Ahí siguen la fuga de talento joven, la dependencia excesiva del turismo, el envejecimiento demográfico, la baja natalidad y la creciente dificultad para sostener el sistema de pensiones sin decirle la verdad a nadie.
A eso se suman una deuda pública altísima, un déficit que parece haberse normalizado, una presión fiscal compleja y desigual, una economía sumergida significativa, unos servicios públicos que en demasiados ámbitos dan señales de agotamiento, una burocracia asfixiante, un acceso a la vivienda cada vez más difícil y un coste de vida que no deja de presionar a las familias. Y mientras tanto, el salario más frecuente sigue siendo demasiado bajo para vivir con un mínimo de tranquilidad.
Ésa es la realidad. No el decorado.
Luego llegan los lamentos por el crecimiento de la antipolítica, como si fuera una anomalía moral de la ciudadanía y no una consecuencia lógica de años de frivolidad pública. Pero quizá convendría admitir algo incómodo: tal vez la llamada antipolítica sea, en muchos casos, una reacción profundamente política. La reacción de una sociedad que percibe que sus gobernantes, sus partidos y demasiados portavoces viven pendientes de la escenificación, pero no del país real.
Porque ésa es otra de las trampas del momento. Si X mata, se rebaja la cifra, se matiza el contexto y se dosifica la indignación. Si Y mata, se multiplica la cifra, se exagera el relato y se convierte el hecho en arma arrojadiza. Todo se mide en función del interés del día. Todo se calcula según la rentabilidad partidista. Mucho grito, mucha descalificación, mucha sobreactuación moral. Pero poca atención al precio de la cesta de la compra, al alquiler, a la factura eléctrica, al empleo de los jóvenes o al futuro material de las familias.
Sabemos perfectamente cuándo empieza la campaña de la renta. Sabemos cuándo toca declarar, cuándo toca pagar y cuándo, con suerte, nos devolverán una parte de lo retenido durante meses. Pero ni siquiera ahí se nos invita a pensar en serio. No se habla de fondo sobre cuánto soporta ya el contribuyente, sobre la calidad del gasto público, sobre la eficiencia de las administraciones ni sobre el hecho elemental de que devolvernos algo no convierte en ligero el peso fiscal soportado durante todo un ejercicio.
Nos han acostumbrado a vivir pendientes de lo accesorio. A indignarnos por turnos. A correr detrás de la consigna, del escándalo programado y de la polémica prefabricada. Y mientras nos distraen con todo eso, se nos viene encima lo importante.
Lo grave no es sólo que no se resuelvan los problemas de fondo. Lo grave es que ni siquiera se quiera hablar de ellos con seriedad. Y un país que deja de mirar lo esencial acaba descubriendo demasiado tarde que el problema no era el ruido. El problema era lo que avanzaba mientras todos miraban hacia otro lado.