La soledad del uniforme

Les Forces de l'Ordre públic i de Seguretat són la base la nostra convivència

Hay gente a la que este país solo recuerda cuando pasa algo malo. Cuando hay sangre, miedo, sirenas, una madrugada rota o una llamada que nadie querría recibir. Entonces sí. Entonces miramos hacia ellos. Entonces queremos que aparezcan rápido, que lleguen, que entren, que frenen, que resuelvan, o nos devuelvan el orden cuando el mundo se nos acaba de descolocar ante los ojos.

Pero cuando todo vuelve a calmarse, qué poco tarda este país en volver a tratarlos como si fueran un problema y no un amparo.

Y ya está bien, ya está bien de exigirles que estén siempre y agradecerles poco. Ya está bien de pedirles valor, sangre fría, eficacia, contención, reflejos, humanidad y firmeza, todo al mismo tiempo, como si un agente de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado no fuera una persona, sino una especie de electrodoméstico institucional con modo delicado, modo asalto y modo sonrisa al contribuyente.

Porque detrás del uniforme no hay una sigla. Hay una vida. Hay un padre que sale de casa sin saber qué va a encontrarse. Una madre que se despide deprisa para no pensar demasiado. Un hijo que dice “hasta luego” y una pareja que aprende a convivir con ese miedo constante que no sale en los discursos, pero vive en muchas cocinas.

Detrás del uniforme hay personas que saben que, mientras muchos hablan de España, ellos la sostienen en silencio. A veces en una carretera perdida. A veces en una frontera. A veces en una noche cualquiera. A veces justo en el momento en que a otro se le deshace la vida.

Y, sin embargo, qué manía tenemos de mirarlos con sospecha. En este país hay una facilidad pasmosa para cuestionar al que protege y una pereza igual de increíble para señalar al que agrede. Siempre aparece alguien dispuesto a poner el foco no sobre el delincuente, no sobre el violento, o sobre el que empuña un machete, una navaja o una pistola, sino sobre quien tuvo que reaccionar en un segundo para que aquello no fuera todavía peor.

Se habla mucho de la “proporcionalidad”, con voz grave y gesto de haber descubierto la ética. Y, claro, una entiende que la fuerza no puede ser un capricho. Faltaría más. Pero a veces se diría que algunos imaginan al delincuente como una persona exquisita que antes de abalanzarse sobre nadie manda un aviso formal para que el agente calcule su respuesta con precisión quirúrgica.

“Buenas tardes. Hoy voy a atacar con violencia media, tirando a alta. Les ruego ajusten su defensa a parámetros homologables”.

Porque claro, el chorizo avisa. El atracador, concreta. El energúmeno informa. El que entra en una casa ajena a sembrar terror deja por escrito el nivel exacto de amenaza que piensa emplear, para que luego nadie se lleve un disgusto jurídico.

Vivimos a veces en una caricatura tan absurda que casi da risa, si no diera tanta pena.

Policía y Guardia Civil

La realidad no se parece a eso. La realidad llega de golpe, huele a peligro y no da tiempo a escribir un ensayo sobre derecho antes de actuar. La realidad es un cuerpo tensándose, una decisión tomada en un instante, un miedo atravesando el aire. Y en esa realidad, la Policía Nacional, la Guardia Civil y el Ejército están donde nadie querría estar, están en el sitio incómodo, en el difícil, en el ingrato, en el lugar donde uno no va a recoger aplausos, sino a asumir riesgos.

Y quizá por eso duele ver cómo se les cuestiona con tanta ligereza. Porque resulta obsceno exigirles que nos cuiden mientras les hacemos sentir que cualquier paso que den puede convertirse en un juicio público. Como si protegernos fuera obligatorio, pero protegerles a ellos fuera opcional.

No lo es.

No debería serlo nunca.

Un país decente no deja solos a quienes le guardan las espaldas. Un país decente no convierte a sus agentes en sospechosos profesionales mientras a los mangantes se les concede, además del beneficio de la duda, el de la lágrima, el contexto y la coartada ideológica. Un país decente sabe distinguir entre la fuerza necesaria y la violencia gratuita, entre la autoridad que contiene y el salvaje que ataca, entre el que se juega la vida y el que le amarga la vida a los demás.

Y si no lo distingue, el problema no está en la calle. Está en el alma.

Luego está el otro gran disparate de nuestro tiempo: el ciudadano corriente, el civil, el que un día ve cómo entran en su casa, el espacio sagrado donde una debería poder andar descalza y tranquila, sin tener que plantearse si va a terminar defendiéndose de un ladrón y explicándose después ante medio mundo. Porque ese es el chiste macabro: hay veces en que da la sensación de que quien entra a robar casi entra con más seguridad jurídica que quien tiene que plantarle cara para sobrevivir al susto.

Entras tú en mi casa, me aterrorizas, yo me defiendo y encima la que acaba acusado soy yo. Maravilloso. La delincuencia convertida en experiencia inmersiva con posible indemnización para el visitante.

Lo trágico es que, debajo de esa ironía, hay una herida muy seria: la de una sociedad que empieza a dudar de su propio derecho a protegerse. Y cuando una sociedad duda de eso, ya no solo es más insegura: está más sola.

Guardia Urbana Barcelona

Por eso este artículo no quiere ser solo una denuncia. Quiere ser también un reconocimiento sin complejos, sin ese pudor ridículo que a veces parece que nos entra en España cada vez que toca agradecer algo noble.

Porque hay mucho que agradecer.

A la Policía Nacional, que tantas veces llega primero al miedo ajeno.

A la Guardia Civil, que lleva en su historia, en su presencia y en su vocación una forma silenciosa y firme de servicio que este país conoce bien, aunque a veces finja olvidarlo.

Y al Ejército, que representa no solo la defensa de una nación, sino también esa idea de disciplina, sacrificio y entrega, tan poco de moda y tan imprescindible cuando todo se tambalea.

No son un decorado, no son una incomodidad democrática, no son un estorbo para el relato buenista de nadie. Son hombres y mujeres que sirven. Y servir, en los tiempos que corren, tiene algo casi heroico, porque exige dar mucho en un mundo que cada vez agradece menos.

Me conmueve imaginar cuántas veces se habrán tragado el cansancio, la rabia, la impotencia o el miedo para seguir adelante. Cuántas veces habrán vuelto a casa en silencio. Cuántas veces habrán tenido que soportar no ya el riesgo del trabajo, sino la injusticia de sentirse cuestionados por cumplirlo. Cuántas veces este país habrá dormido tranquilo sin pensar siquiera en quién se quedó despierto para que pudiera hacerlo.

Control de la Guardia Civil de Tráfico

Y quizá ahí está el verdadero núcleo de todo.

En que ellos están.

Están cuando hay barro, cuando hay fuego, cuando hay amenaza, cuando hay caos.

Están cuando otros corren.

Están cuando a muchos se les llena la boca de derechos, pero se les vacían las manos de gratitud.

Están, incluso cuando no se les trata como merecen.

Y eso no debería inspirar sospecha.

Debería inspirar respeto.

Por eso hoy quiero terminar hablando de ellos, de la Policía Nacional, de la Guardia Civil y del Ejército. De quienes siguen estando. De quienes nos sostienen más de lo que decimos y más de lo que a veces queremos reconocer. De quienes llevan un uniforme, sí, pero también una carga inmensa, una vocación difícil y una lealtad que este país debería aprender a honrar mejor.

Mi admiración, mi gratitud y mi respeto para ellos, porque mientras algunos reparten lecciones desde la comodidad, ellos ponen el cuerpo donde empieza el miedo de los demás.