Cataluña también es de la Roja
Antes de que empiecen a aparecer arqueólogos del tuit rescatando declaraciones del 2010, vamos a soltar una obviedad: el domingo, en Cataluña, también se vivió el partido de España.
Sí, ya sé, hay quien preferiría que dijera que aquí cada vecino pasó la tarde leyendo a Josep Pla con una copa de ratafía mientras ignoraba olímpicamente el fútbol. Pero va a ser que no.
Bastaba con salir a la calle.
Bares llenos.
Terrazas abarrotadas.
Pantallas gigantes.
Gritos.
Aplausos.
Insultos al árbitro, que debe ser el idioma más universal de Europa.
Y un montón de catalanes celebrando los goles de España igual que se celebran en Sevilla, en Valladolid o en Gijón: levantándose de la silla con la cerveza en una mano y la dignidad tirada por el suelo después del tercer salto.
Mientras tanto, en las redes sociales, los guardianes oficiales de las esencias patrias catalanas sufrían una pequeña crisis existencial porque la Torre Agbar se iluminó con los colores de España.
Hubo quien habló de invasión. De provocación. Poco menos que del desembarco de Normandía, pero con luces LED.
Lo increíble no es que la Torre Agbar se iluminara con los colores de España. Es la capacidad de algunos para fabricar un drama nacional a partir de una bombilla. Hay talentos que no se pagan lo suficiente.
Porque mientras unos estaban ocupados contando los píxeles de una fachada para escandalizarse, miles de catalanes estaban bastante entretenidos haciendo algo muchísimo más revolucionario: disfrutar de un partido de fútbol sin pedir permiso a ningún comisario sentimental.
Porque el fútbol tiene una virtud extraordinaria: durante noventa minutos hace mucho más difícil fingir.
Y hay gente que lleva años fingiendo un disgusto monumental cada vez que juega la selección, como si ver a España marcando un gol provocara automáticamente una subida del IBI.
Luego llega un Mundial... y resulta que media Cataluña tiene más camisetas rojas escondidas que tuppers sin tapa.
Hay esteladas que, durante los grandes torneos, entran misteriosamente en modo avión.
Desaparecen.
Se toman unas vacaciones estratégicas.
No opinan.
Esperan discretamente a septiembre para volver a indignarse.
Mientras tanto, la camiseta roja sale del armario con la misma discreción con la que algunos esconden los polvorones hasta Navidad.
"A ver... yo no soy muy futbolero..."
Cinco minutos después está abrazando a un señor de Murcia al que no ha visto en su vida mientras canta el himno con una letra completamente inventada.
Y no pasa nada.
De hecho, es maravilloso.
Porque demuestra que debajo de toneladas de política, de discursos grandilocuentes y de años intentando convencernos de que aquí todo el mundo piensa exactamente igual, sigue existiendo algo mucho más difícil de manipular: la normalidad.
La inmensa mayoría de la gente quiere vivir tranquila.
Disfrutar.
Celebrar un gol.
Comerse unas bravas.
Discutir si era fuera de juego.
Y volver a casa con la voz rota.
Sin pedir permiso ideológico para emocionarse.
Lo curioso es que algunos llevan años intentando convencernos de que sentirse catalán y alegrarse cuando gana España es una especie de contradicción existencial.
Como si hubiera que elegir entre el pan con tomate y la tortilla de patatas.
Como si uno tuviera que presentar una solicitud oficial para poder gritar un gol.
La vida, por suerte, suele ser bastante menos ridícula que ciertos discursos.
Uno puede hablar catalán, celebrar Sant Jordi, emocionarse con Els Segadors... y, unas semanas después, quedarse afónico viendo a la selección española.
La identidad no funciona como una custodia compartida.
No hay que repartir los fines de semana entre banderas.
Y quizá por eso ayer fue un día tan incómodo para algunos.
Incómodo porque la realidad tiene muy mala educación. Se empeña en aparecer cuando peor le viene al relato. Puedes escribir mil manifiestos, indignarte porque un edificio se ilumina de rojo y amarillo o convertir unas luces en una crisis diplomática. Luego sales a la calle, ves las terrazas llenas, escuchas los goles y descubres que el problema nunca fue la Torre. El problema era creer que representabas a una Cataluña que, ayer al menos, estaba demasiado ocupada celebrando como para pedir perdón por hacerlo.
Porque la realidad tiene la desagradable costumbre de estropear los relatos demasiado perfectos.
Resulta difícil sostener que Cataluña vive de espaldas a España cuando no encuentras una mesa libre para ver a la Roja.
Complica bastante el argumentario descubrir que el camarero, el taxista, la pareja de la mesa de al lado y el abuelo que llevaba media vida sin levantarse del sofá acaban de celebrar el mismo gol al mismo tiempo.
Las hemerotecas podrán discutir muchas cosas, las tertulias también, pero hay un detector de realidad infalible: una terraza llena cuando juega España.
El domingo Cataluña habló.
Y habló en el idioma más espontáneo que existe.
El de un grito de gol que no necesita traductor.