¿Hay salida?

Ortega y Kant haciendo lo que más les gustaba, discurrir. Foto figurativa IA

La tentación autoritaria acecha al final de cada uno de estos argumentos. Si las masas no ilustradas destruyen la democracia, si el hombre-masa devora las instituciones, si el populismo cultiva deliberadamente la imbecilidad como proyecto político, entonces la conclusión parece inevitable: hay que restringir la democracia, limitar el sufragio, resucitar alguna forma de gobierno de los sabios. Esta es precisamente la trampa. Y es una trampa fatal porque valida la acusación populista: demostrar que los críticos del hombre-masa son, en el fondo, enemigos de la democracia que sueñan con despojar al pueblo de su poder.

No. La salida no pasa por menos democracia sino por mejor democracia. No se trata de restringir quién vota sino de transformar cómo pensamos sobre el acto de votar. El problema no es que las masas tengan poder político; el problema es que la cultura democrática contemporánea abolió toda exigencia moral e intelectual asociada a ese poder. Kant no pedía quitar el voto a los no ilustrados; pedía ilustrar a todos para que el voto fuera ejercicio de razón y no de pasión ciega. Ortega no proponía suprimir la democracia; advertía que, sin excelencia y jerarquía intelectual, la democracia se autodestruiría. La pregunta no es "¿cómo limitamos la democracia?" sino "¿cómo rescatamos la exigencia ilustrada dentro de la democracia?"

“La respuesta comienza por algo tan simple como incómodo: recuperar la vergüenza intelectual”

La respuesta comienza por algo tan simple como incómodo: recuperar la vergüenza intelectual. Durante siglos, dar una opinión sin fundamento, hablar sin conocimiento, sentenciar sobre lo que se ignora, era motivo de vergüenza social. No porque estuviera prohibido —la libertad de expresión siempre fue sagrada— sino porque la cultura misma sancionaba la ignorancia exhibida. Opinar sin saber te exponía al ridículo, no al aplauso. Esa sanción cultural informal era el complemento indispensable de la libertad de expresión: puedes decir lo que quieras, pero la sociedad puede señalar que lo que dijiste es una estupidez. El populismo destruyó esta dinámica convirtiendo la crítica intelectual en elitismo intolerable y la ignorancia en autenticidad valiente. Recuperar la vergüenza intelectual no significa censurar; significa restaurar una cultura donde decir tonterías tenga coste social, donde alardear de no leer sea visto como confesión penosa y no como insignia de honor.

Esto exige algo que la cultura democrática contemporánea considera casi obsceno: reafirmar que existen jerarquías intelectuales legítimas. No jerarquías de clase, raza o género, sino jerarquías de conocimiento, esfuerzo y competencia. El epidemiólogo sabe más de epidemias que el actor. El climatólogo entiende mejor el clima que el presentador de televisión. El economista maneja con mayor solvencia las políticas monetarias que quien nunca estudió economía. Estas no son opiniones; son hechos. Y una democracia que no puede afirmar estos hechos sin provocar escándalo moral es una democracia que se rindió al disparate. La igualdad política no implica igualdad epistémica. Todos tenemos el mismo derecho a votar; no todos tenemos la misma competencia para diagnosticar enfermedades, diseñar puentes o dirigir bancos centrales. Y está bien que así sea, porque la especialización es lo que permitió construir una civilización compleja.

“La educación debe recuperar su función ilustrada original: no adoctrinar sino armar intelectualmente”

La educación —ese campo de batalla perpetuo— debe recuperar su función ilustrada original: no adoctrinar sino armar intelectualmente. Enseñar a pensar críticamente significa enseñar a detectar falacias, exigir evidencia, distinguir correlación de causalidad, reconocer sesgos cognitivos propios, tolerar la ambigüedad, admitir ignorancia. Significa formar ciudadanos capaces de decir "no sé" sin sentirlo como derrota, capaces de cambiar de opinión ante nueva evidencia sin sentirlo como humillación, capaces de someterse a la autoridad del argumento mejor sin sentirlo como sometimiento personal. Una educación que produzca esto —y no listas de datos memorizados o competencias técnicas desconectadas del pensamiento crítico— es la única vacuna posible contra el hombre-masa.

Pero la educación formal es insuficiente si la cultura popular la sabotea sistemáticamente. Los medios de comunicación, las redes sociales, el entretenimiento masivo, todo el ecosistema informativo debe dejar de adular la estupidez. Cuando un programa de televisión presenta un debate entre un científico y un negacionista como si ambas posiciones merecieran igual respeto, está cultivando hombre-masa. Cuando una red social premia con viralidad la simplificación escandalosa sobre el análisis matizado, está cultivando hombre-masa. Cuando un periodista entrevista a un político y no lo confronta con sus mentiras por miedo a parecer parcial, está cultivando hombre-masa. La neutralidad mal entendida —la que equipara verdad con falsedad en nombre del equilibrio— no es virtud democrática sino abdicación moral.

Las instituciones, por su parte, deben resistir en lugar de ceder. Cuando el populismo ataca la independencia judicial, la respuesta no puede ser "democraticemos la justicia para que refleje la voluntad popular". Cuando ataca la libertad de prensa, la respuesta no puede ser "regulemos los medios para que no manipulen". Cuando ataca la autonomía universitaria, la respuesta no puede ser "abramos las universidades al control ciudadano". Las instituciones que protegen el conocimiento riguroso, la deliberación racional y el imperio de la ley no son obstáculos a la democracia; son sus precondiciones. Y deben tener la valentía de no disculparse por existir, de no doblegarse ante la turba que las odia precisamente porque no las comprende.

“Exigir esfuerzo intelectual no es elitismo sino condición de posibilidad de una democracia funcional. Exigir humildad cognitiva —reconocer lo que no sabemos— no es humillación sino virtud epistémica fundamental”

¿Significa esto que los expertos siempre tienen razón? Por supuesto que no. Los expertos se equivocan, tienen sesgos, responden a incentivos perversos. La ciencia avanza precisamente porque se somete a escrutinio constante. Pero la respuesta al experto equivocado no es "entonces todos opinamos igual" sino mejor expertise, más rigor, mayor transparencia. La respuesta a la corrupción del conocimiento no es abolir el conocimiento sino purificarlo. El hombre-masa cree que si los expertos a veces fallan, entonces su ignorancia vale tanto como su expertise. Esto es tan absurdo como creer que si los cirujanos a veces matan pacientes, entonces cualquiera puede operar con la misma legitimidad.

La salida existe, pero es estrecha y exige algo que la cultura democrática moderna detesta: exigencia. Exigir esfuerzo intelectual no es elitismo sino condición de posibilidad de una democracia funcional. Exigir humildad cognitiva —reconocer lo que no sabemos— no es humillación sino virtud epistémica fundamental. Exigir respeto por la competencia acumulada no es adoración de autoridades sino reconocimiento de la división del trabajo cognitivo que hace posible la civilización compleja. Una democracia sin exigencias es una democracia que se entrega al primer demagogo que adule las pasiones más bajas de las masas.

Kant concluyó su ensayo sobre la Ilustración con optimismo cauto: la salida de la minoría de edad era posible si se garantizaba libertad para el uso público de la razón. Tenía razón a medias. La libertad es condición necesaria pero no suficiente. Hace falta también una cultura que valore ese uso de la razón, instituciones que lo protejan, educación que lo enseñe, medios que lo practiquen, y ciudadanos que entiendan que su libertad democrática viene acompañada de responsabilidad intelectual.

“Ortega tenía razón: la barbarie no viene de fuera. Viene de masas que conquistaron poder sin adquirir responsabilidad, que obtuvieron derechos sin aceptar deberes, que se apoderaron de la civilización sin comprenderla”

¿Se puede reconciliar democracia con exigencia intelectual? Sí, pero sólo si estamos dispuestos a pronunciar una verdad incómoda: la democracia no funciona con cualquier ciudadano. Funciona con ciudadanos dispuestos a pensar, estudiar, dudar, argumentar, admitir error, cambiar de opinión. Funciona con ciudadanos que ven en su voto no un derecho a imponer su ignorancia sino una responsabilidad de informarse. Funciona con ciudadanos que entienden que "sapere aude" no es slogan vintage sino imperativo moral vigente.

La alternativa es seguir presenciando cómo el hombre-masa, adulado por el populismo, legitimado por la democracia, celebrado por la cultura, devora pieza a pieza el edificio civilizatorio que tardamos siglos en construir. Y mientras lo devora, grita triunfante que está liberando al pueblo. Ortega tenía razón: la barbarie no viene de fuera. Viene de masas que conquistaron poder sin adquirir responsabilidad, que obtuvieron derechos sin aceptar deberes, que se apoderaron de la civilización sin comprenderla.

La salida existe. Pero atravesarla requiere algo que escasea peligrosamente: valentía para decir que no todas las opiniones valen igual, que no todo es relativo, que el conocimiento existe y merece respeto, que la democracia sin ilustración es suicidio colectivo con certificado electoral. Quien no esté dispuesto a defender estas verdades incómodas, que no se queje cuando el edificio se desplome. Porque entonces ya será demasiado tarde para preguntar si había salida.

La había. Simplemente nadie tuvo el coraje de tomarla.