"Nos anima a bregar con la mayor de las convicciones cuando el aire permanezca inmóvil o, incluso, si llegara a soplar de frente"

Con Próspero Viento, de Andrés Trapiello

Portada del Libro de Andrés Trapiello

Acabo de leer la última de las páginas que firma Andrés Trapiello en su formidable Próspero Viento, libro que recibí como regalo las pasadas Navidades y que he ido leyendo y releyendo, porque es de esos libros que merecen volver atrás en su lectura una y otra vez. Termino esta autobiografía de Trapiello, que enmarca su más que personal análisis político de la España de los últimos poco más de cincuenta años vividos como protagonista, y no puedo evitar recomendarles que hagan lo mismo: que disfruten de un relato honesto y, sobre todo, libre.

Jamás me atrevería siquiera a intentar plasmar en un artículo una crítica de la última obra de Andrés Trapiello, escritor al que, debo confesar, he seguido más por su faceta política que por su actividad literaria, algo seguramente imperdonable por mi parte ante quien, de todos modos, considera, y así lo expresa en su libro, que “el escritor, en el mejor de los casos, no pasa de ser el zahorí que va perdido con su horquilla a cuestas” cuando comenta la referencia de Borges de que combatir la monotonía política, esto es, la aplicación de siempre los mismos remedios rudimentarios por los centenarios partidos tradicionales “es uno de los muchos deberes que deberían imponerse los escritores”.

"Porque el Trapiello de Próspero Viento no es en absoluto el mero observador del algo más de medio siglo reciente de la historia de España que aparenta pretender ser."

Porque el Trapiello de Próspero Viento no es en absoluto el mero observador del algo más de medio siglo reciente de la historia de España que aparenta pretender ser. Las primeras palabras del prólogo son la carta de presentación política sincera de un ciudadano de una democracia liberal (“En las elecciones de 1977 voté al Pce (…) Para entonces yo ya no era comunista (…) Después voté durante casi veinticinco años al Psoe (…) cuando Upyd se disolvió, lo hice por Ciudadanos (…) y -cuando- Ciudadanos había dejado también de tener relevancia, por el Pp.”). Pero es el comienzo también de un poético ejercicio en el que Trapiello desgrana, a través de un personalísimo trazo que se extiende sobre las aproximadamente cuatrocientas cincuenta páginas de su libro, el encargo recibido para explicar el porqué de la hegemonía cultural de la izquierda con el que logra desmontar con argumentos más que evidentes su presunta superioridad moral, defender la tercera España que cree latente y más que nunca necesaria, denunciar las mentiras de quienes desde la llegada de la democracia, tanto desde la derecha -antes- como desde la izquierda -ahora- han protegido y justificado las certezas nunca disimuladas de los nacionalismos vasco y catalán, y recordarnos, fundamentalmente, que frente a la mentira que siempre supone una verdad incompleta y sesgada ha de plantarse uno armado de la libertad y la razón, aun cuando se haga de modo tan quijotesco como a Trapiello se le ha reprochado. O alabado, según se mire.

"Con el Trapiello de Próspero Viento ha de sentirse identificado, en mayor o menor medida, todo aquel que efectivamente confiese hoy su asombro y confusión, pero también su inquietud y voluntad de combate."

Con el Trapiello de Próspero Viento ha de sentirse identificado, en mayor o menor medida, todo aquel que efectivamente confiese hoy su asombro y confusión, pero también su inquietud y voluntad de combate, ante una España que vuelve de nuevo a verse en las trincheras ideológicas de bandos enfrentados desde los que matarse unos a otros, aun cuando sea solo dialécticamente, por el momento. No en vano, y como pude leer en alguna crítica antes de tener su libro en mis manos, Trapiello es un hombre público al estilo griego clásico que ha participado, aun posiblemente de manera casual al inicio y de manera ya plenamente consciente cuando a ello se ha visto impelido, en el debate político de manera activa, fundamentalmente para denunciar las mentiras de esos políticos de estos últimos tiempos que han terminado por censurar agriamente hoy a quienes se manifiestan por lo que aquellos defendían solo unos pocos años atrás y con lo que, precisamente, llegaron a alcanzar un poder que hoy ejercen en contra de sí mismos. O de lo que fueron, al menos.

"Su perfil político, más que el literario, es el que siempre me ha llamado la atención, o realmente fascinado, a la hora de reivindicar la existencia de una cultura no obligada a ser necesariamente “de izquierdas” para ser cultura."

La identificación de quien les habla, con toda humildad y salvando las más que evidentes distancias, con ese Andrés Trapiello esencial, mediante la lectura en estas semanas de su ensayo autobiográfico, es precisamente con la del compromiso valiente que Trapiello tan modesta como asertivamente demuestra. Un compromiso por el que el autor no se guarda ni reserva nada, donde confronta abiertamente, una vez más, con coetáneos que un día compartieron con él tertulias, posturas y hasta principios, pero que hoy no soportarían seguramente una mera charla informal que les recordara sobre qué cimientos muchos de ellos levantaron lo que pretenden representar. Y por ello, precisamente, su perfil político, más que el literario, es el que siempre me ha llamado la atención, o realmente fascinado, a la hora de reivindicar la existencia de una cultura no obligada a ser necesariamente “de izquierdas” para ser cultura. Una visión sectaria de la cultura que reniega de quienes no comulgan con versiones parciales, pero con rango de oficial, de la realidad. Posturas estas tan oficiales que se permiten ignorar Próspero Viento como si, simplemente, no existiera. Como si nunca hubiera sido escrito y editado para ser, justamente, leído con plena libertad.

"Nos anima a bregar con la mayor de las convicciones cuando el aire permanezca inmóvil o, incluso, si llegara a soplar de frente"

Y de ahí esta sencilla aportación a la verdad que nos cuenta Andrés Trapiello en Próspero Viento, recordando y recomendando su lectura cuando apenas acabo de recorrer sus últimas palabras, esas que, y con esto no pretendo en absoluto anticiparles su final, nos invita a seguir buscando el rumbo correcto hacia donde el favor de la brisa nos impulse. Pero que nos anima también a bregar con la mayor de las convicciones cuando el aire permanezca inmóvil o, incluso, si llegara a soplar de frente, como sucede en la actual travesía. Sin que sea de ninguna manera nada más que oportuno por necesidad tener que recalar eventualmente en un puerto que no reconocemos como el de destino. Simplemente para evitar naufragar.