El triunfo del hombre-masa

Jose Ortega y Gasset

José Ortega y Gasset cometió el error de ser clarividente treinta años antes de tiempo. En 1930, cuando escribió "La rebelión de las masas", el mundo todavía no había visto lo que vendría después: las democracias de masas plenamente desarrolladas, la televisión como tribunal de la verdad, internet como ágora universal, las redes sociales como parlamento perpetuo. Ortega intuyó la catástrofe cuando ésta apenas despuntaba. Nosotros la vivimos en su apoteosis y, sin embargo, seguimos sin entenderla.

El "hombre-masa" orteguiano no es el obrero, el campesino o el desposeído. Esta confusión deliberada —promovida por quienes prefieren reducir todo a lucha de clases— pervierte el diagnóstico. El hombre-masa es una actitud mental, un modo de estar en el mundo que puede manifestarse con idéntica virulencia en el millonario y en el parado, en el catedrático y en el analfabeto. Su rasgo definitorio no es la cuenta bancaria sino algo mucho más profundo y peligroso: la satisfacción radical consigo mismo tal como es, la ausencia de toda exigencia interior, la convicción de que no necesita justificar sus opiniones porque el simple hecho de tenerlas las legitima.

"El hombre-masa, dice Ortega, "se siente perfecto". Y precisamente por sentirse perfecto, interviene en todo."

El hombre-masa, dice Ortega, "se siente perfecto". Y precisamente por sentirse perfecto, interviene en todo. No reconoce instancias superiores a sí mismo, no admite que haya temas que requieran preparación, estudio o competencia especial. Opina sobre economía sin entender una ecuación básica, sobre medicina sin haber abierto un libro de fisiología, sobre ingeniería sin comprender una ley física, sobre historia sin haber leído una fuente primaria. Y lo hace no con la humildad del que pregunta, sino con la arrogancia del que sentencia. No busca aprender; busca imponer. No argumenta; declara. Su relación con el conocimiento es puramente instrumental: extrae de aquí y de allá fragmentos descontextualizados que confirman lo que ya creía, y descarta como manipulación ideológica todo lo que contradiga sus prejuicios.

Lo verdaderamente letal del hombre-masa no es su ignorancia —la ignorancia es condición humana universal y superable— sino su relación con esa ignorancia. No la reconoce, no la lamenta, no la combate. Al contrario: la reivindica como autenticidad frente a la pedantería de los que estudiaron. Se siente con perfecto derecho a despreciar décadas de investigación científica porque "leyó en internet" o porque "su sentido común le dice" o porque "la gente de a pie sabe más que los expertos encerrados en sus torres de marfil". El hombre-masa no es el ignorante que sabe que no sabe; es el ignorante que está convencido de que sabe, y que considera cualquier intento de ilustrarlo como un ataque a su dignidad.

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Y aquí entra la democracia moderna como cómplice perfecto. El hombre-masa encontró en la democracia de sufragio universal la coartada definitiva para su mediocridad militante. La ecuación es simple y devastadora: si mi voto vale igual que el tuyo en las urnas —y debe valer igual, eso no se discute— entonces mi opinión debe valer igual que la tuya en cualquier debate. La igualdad política, conquista civilizatoria legítima, se transmuta subrepticiamente en igualdad epistémica, disparate cognitivo catastrófico. El "una persona, un voto" muta en "una persona, una verdad". Y quien ose sugerir que quizá el epidemiólogo sabe más de epidemias que el fontanero, o que el climatólogo entiende mejor el clima que el presentador de televisión, se convierte ipso facto en enemigo de la democracia, en elitista despreciable que pretende robar al pueblo su soberanía.

"La democracia no causó al hombre-masa pero le dio el entorno perfecto para proliferar."

La democracia no causó al hombre-masa —Ortega es claro en esto— pero le dio el entorno perfecto para proliferar. Le proporcionó no sólo poder político, sino algo más peligroso: legitimidad moral. El hombre-masa ya no necesita avergonzarse de su ignorancia ni esforzarse por superarla. Puede envolverse en la bandera de la democracia y denunciar como antidemocrático cualquier intento de establecer que algunas opiniones están mejor fundamentadas que otras, que algunos argumentos son más sólidos, que algunos interlocutores saben de lo que hablan y otros claramente no.

Míralo operar en su hábitat natural. En un debate televisivo sobre política económica, interrumpe al economista que intenta explicar con cifras y modelos, y sentencia con voz solemne: "Sí, muy bonito todo eso, pero la realidad es otra". ¿Qué realidad? La que él experimenta, la que siente, la que le parece. No necesita datos, estudios, series históricas. Tiene algo mejor: su experiencia personal elevada a categoría universal, su intuición convertida en argumento definitivo. Y si el economista insiste, si se atreve a sugerir que acaso décadas estudiando economía le otorgan alguna ventaja cognitiva, el hombre-masa tiene su arma letal: "Ustedes los expertos siempre han estado equivocados. El pueblo sabe más que todos los economistas juntos".

En redes sociales, su reinado es absoluto. Opina sobre virología con la misma seguridad que el virólogo que lleva treinta años investigando virus. Desmiente cambio climático con vídeos de YouTube mientras descarta como "vendidos al poder" los informes del IPCC elaborados por miles de científicos. Diagnostica conspiraciones globales con tres enlaces de blogs mientras desprecia la "ciencia oficial". Y si alguien le pide fuentes, argumentos, evidencia, tiene su respuesta preparada: "Haz tu propia investigación". Traducción: busca en internet hasta que encuentres algo que confirme lo que ya creías, ignora todo lo demás, y llama "investigación" a ese sesgo confirmatorio sistematizado.

"El hombre-masa rechaza visceralmente la idea de que pueda haber ámbitos donde no está cualificado para opinar."

El hombre-masa rechaza visceralmente la idea de que pueda haber ámbitos donde no está cualificado para opinar. Toda sugerencia de que quizá debería estudiar antes de sentenciar le parece un insulto intolerable. La especialización le resulta sospechosa; la expertise, un fraude; la humildad intelectual, cobardía. Él opina de todo porque opinar es su derecho democrático, y pedir que fundamente sus opiniones es antidemocrático. Así de circular, así de perfecto, así de devastador.

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Ortega observó algo que hoy parece profecía: el hombre-masa no quiere convivir con quienes no son como él, quiere suprimirlos. No tolera la superioridad ajena en ningún campo. No la respeta, no aspira a alcanzarla; la odia y busca destruirla. Por eso desprecia universidades, menosprecia ciencia, ataca cultura, ridiculiza excelencia. Todo aquello que le recuerde que hay alturas que él no alcanza debe ser rebajado a su nivel o eliminado. La masa en el poder —advirtió Ortega— no aspira a elevarse; aspira a que nadie se eleve. No busca el ascenso; busca la nivelación por lo bajo.

Y lo logró. La democracia moderna, rendida al hombre-masa, ha invertido la carga de la prueba: ya no es el ignorante quien debe justificarse por opinar sin saber, sino el conocedor quien debe disculparse por saber. El experto camina sobre cáscaras de huevo, pidiendo perdón por su expertise, matizando hasta la irrelevancia, temiendo que lo acusen de elitista. Mientras tanto, el hombre-masa sentencia con voz atronadora, sin dudas ni matices, porque la democracia —esa palabra mágica— le otorgó no sólo voto, sino verdad.

Kant soñó con ciudadanos que se atrevieran a pensar. Ortega documentó la pesadilla: ciudadanos que se atreven a opinar sin pensar, y que consideran ese atrevimiento como la esencia misma de la democracia. El hombre-masa triunfó. Y la democracia, lejos de combatirlo, lo entronizó como su sujeto ideal.

La pregunta que queda es más inquietante todavía: ¿fue esto un accidente histórico, o alguien cultivó deliberadamente este triunfo?