Fiscalía del dolor ajeno
Nos hemos montado un deporte nuevo en redes: el triatlón del “¿y los…?”. Consiste en que alguien comparte una noticia, un vídeo, una historia mínima y humana, y en menos de treinta segundos aparece una persona, siempre puntual, siempre solemne, siempre con esa energía de inspector de hacienda emocional, para decir: “Y los niños huérfanos, ¿qué?” “Y los que están en la guerra, ¿qué?” “Y los que no tienen para comer, ¿qué?”
Da igual de qué estés hablando. Puede ser un monito rechazado por su madre. Puede ser una abuela a la que nadie llama. Puede ser un chico que duerme en el coche. Puede ser una historia que no pretende competir en tragedia olímpica, solo contar algo que existe y que, por alguna razón, a alguien le ha tocado un nervio.
Pero no. En cuanto asomas la cabeza para sentir, te la bajan a palmetazos con la frase más destructiva de la empatía moderna: “Eso no es lo peor”.
Y aquí viene la trampa: parece conciencia social, pero suele ser otra cosa. No es “me preocupan también los huérfanos”, que sería precioso, expansivo, generoso. Es “no tienes derecho a preocuparte por eso si no estás preocupándote por lo máximo”. No es compasión: es un control de calidad. Una aduana del dolor.
Como si la sensibilidad viniera con jerarquía y solo pudieras usarla en tragedias premium, con sello internacional, con cifra redonda, con etiqueta de “catástrofe global”. Todo lo demás queda desautorizado por “insuficiente”. Y entonces se impone un dogma absurdo: si siempre hay algo peor, no se puede hablar de nada.
Es brillante, si tu objetivo es apagar conversaciones. Porque no niega la historia, no la refuta, no la discute. Solo la desactiva. Es una forma elegante de censura emocional: “Sí, claro, muy triste, pero…”. El “pero” lo mata todo. El “pero” te convierte en culpable de haber sentido en la dirección equivocada.
Y lo peor es el efecto colateral: nos empuja a la indiferencia. Porque si la regla es que solo lo más terrible merece atención, la consecuencia lógica es que la mayoría de cosas que ocurren cada día quedan prohibidas. Y la vida está hecha, precisamente, de eso: de pequeñas miserias, pequeñas pérdidas, pequeñas crueldades, pequeñas alegrías, pequeños gestos. De todo lo que no sale en la portada del mundo pero sostiene a la gente por dentro.
La empatía no funciona como un ranking. No es un podio con medallas. No es un “top 3” de tragedias donde solo las primeras tienen derecho a lágrimas. La empatía, si es algo, es una capacidad que se ensancha: cuanto más la ejercitas en lo concreto, más te sale en lo grande. Y al revés también. La compasión no es un foco que solo puede apuntar a un sitio: es una casa con muchas luces. Encender una lámpara no apaga las demás.
Sin embargo, el comentario “¿y los huérfanos qué?” no suele encender ninguna luz. Lo que hace es dar un portazo. Porque si de verdad te importaran los huérfanos, no los usarías como bate para romper la conversación de otro. Harías algo. Compartirías recursos. Abrirías un hilo propio. Donarías. Te implicarías. No aparecerías solo cuando alguien habla de un mono, de un perro, de una historia pequeña, para convertirte en árbitro de la pena ajena.
Y aquí conectamos con el otro vicio gemelo de las redes: el de entrar en la casa de alguien para decirle que su casa es horrible. Ese fenómeno fascinante de gente que ve una publicación de una persona cualquiera y se toma el tiempo de comentar: “Solo dices tonterías”, “vaya bobadas publicas”, “no me gusta lo que subes”, “qué pesado estás con este tema”.
Y mi parte favorita es el tono: como si estuvieran atrapados. Como si una fuerza invisible les obligara a leer hasta el final, a apretar “comentar”, a dejar su queja y a marcharse con la sensación de haber hecho un servicio a la humanidad.
Cuando la reflexión lógica es mucho más sencilla y, además, gratis: nadie te obliga a seguir. Nadie te obliga a leer. Nadie te obliga a quedarte. Existen botones maravillosos llamados “dejar de seguir”, “silenciar”, “bloquear” y, el más revolucionario de todos, “pasar de largo”.
Pero no: hay gente que prefiere el papel de auditor del contenido ajeno. No consumen redes: patrullan. No interactúan: fiscalizan. No opinan: corrigen. Y así vamos, convirtiendo cada espacio en una asamblea permanente donde cualquiera se siente con derecho a invalidar lo que otro comparte: por poco importante, por poco interesante, por poco serio, por poco “a mí”.
El resultado es el mismo en ambos casos: se castiga la expresión. Se castiga la emoción. Se castiga el “te cuento esto porque me importa”. Y se instaura esa idea tóxica de que siempre hay una forma correcta de sentir, de hablar y de publicar… decidida, por supuesto, por el comentarista de turno.
Claro que hay cosas peores. Siempre. Y precisamente por eso, necesitamos poder hablar de lo que tenemos delante sin que nos acusen de frivolidad moral. Necesitamos permitirnos sentir sin pedir permiso. Y también necesitamos recuperar una norma básica de convivencia digital: si no te gusta lo que alguien publica, tienes una salida elegante. No es comentar. Es irte.
Si necesitas una tragedia mayor para callar a los demás, no te falta conciencia: te sobra ego.