Gracias por la mano, papá ¡Feliz cumpleaños!
Si me preguntan qué es mi padre, no diré que es perfecto. Diré que es constante. Que es refugio. Que es risa tranquila. Que es esa mezcla imposible entre firmeza y ternura que solo algunos hombres de su generación supieron construir a contracorriente.
Mi padre cumple 80. Y lo digo así, sin adornos, porque a los hombres como él no les hacen falta fuegos artificiales para ser memorables. Han sido fuegos lentos: de los que calientan una casa durante décadas.
Mi padre sostiene, no con grandilocuencia si no con esa artesanía diaria que casi no hace ruido. Sostiene con presencia, con una calma que no presume de calma. Con la rara habilidad de estar cuando hace falta, y también cuando no hace falta, que es cuando de verdad se nota quién eres.
De pequeña me dormía en sus brazos. No recuerdo el primer día, pero sí la sensación: el mundo, de repente, bajaba el volumen. Un día él se fue de viaje y mi madre con esa eficacia estratégica que solo tienen las madres, decidió desacostumbrarme. Se acabaron los brazos. Mi padre no discutió, se reinventó.
Si no podían ser brazos, sería mano.
Y esa mano, en la oscuridad, fue mi manera de entender la seguridad. No era un “no pasa nada” dicho al aire. Era una prueba. Una mano que decía: “Estoy aquí”. Hay personas que creen que el amor se grita. Mi padre lo ha demostrado siempre en voz baja.
Mi padre no cocina bien. Y gracias a eso, tengo uno de los recuerdos más tiernos y absurdos de mi infancia. Cuando mi madre tenía reunión, él se hacía cargo de las cenas con una creatividad que hoy tendría cuenta propia en redes sociales. Bocadillos de salami con uvas y mermelada. Sí, uvas y mermelada. Una combinación que no debería existir y, sin embargo, en mi memoria sabe a hogar.
Y las hamburguesas. Las hamburguesas eran espectáculo. Él las lanzaba desde el centro de la cocina hasta la sartén como si estuviera entrenando para las olimpiadas del “ya lo arreglo yo”.
Nunca fue la cocina de mi madre.
Pero fue la cocina de mi padre: práctica, valiente, un poco peligrosa… y absolutamente llena de intención.
Recuerdo también la mesa del comedor convertida muchas tardes en campo base de sus reuniones: transparencias, rotuladores, silencio concentrado. Yo miraba aquello con admiración. No entendía qué preparaba exactamente, pero entendía lo importante: mi padre se tomaba en serio lo que hacía. Y se tomaba en serio a los demás. Esa seriedad suya no era rigidez; era respeto.
Y, sin embargo, el mismo hombre capaz de organizar lo complejo tiene una debilidad histórica: no encuentra el queso en la nevera aunque lo tenga delante. Mi madre le riñe con ese cariño que dan décadas de matrimonio. Es una escena repetida: él abre, mira, se queda quieto, cierra. Como si el queso fuera un concepto filosófico. Y yo pienso que quizá ahí está el equilibrio perfecto: puede sostener lo esencial, pero el lácteo ya… que lo sostenga otro.
Mi padre me contaba Caperucita Roja y, a mitad del cuento, soltaba esa frase suya que aún me hace reír: el lobo era tan malo, tan malo… que se hizo de Comisiones Obreras. Yo no comprendía del todo, pero me reía porque la risa en casa siempre ha sido también una forma de aprendizaje. Con él aprendí a mirar con ironía, a no tragarme el cuento entero. Ni siquiera el de Caperucita.
Tiene otro rasgo precioso: llega con antelación a todas partes. No “un poco antes”. Antes, antes. Con esa puntualidad que no es obsesión, sino cuidado. Como si llegar pronto fuera una manera de decir: “Tranquilas. Yo me ocupo”. Y esa frase, “yo me ocupo”, aunque no la diga, es su idioma.
Para él, mi madre, mi hermana y yo somos su vida. Y ahora también los nietos, que han entrado en su mundo como una nueva estación feliz. Es abuelo de los de verdad: de los que te descolocan la autoridad parental en cinco minutos, pero te lo hacen con una ternura que desarma. De los que como madre te obligan a negociar límites contigo misma. Tú dices “esto no te lo compro” y, misteriosamente, los niños ya están en casa del abuelo comiendo algo que probablemente incluya azúcar en proporciones poco reglamentarias. Él malcría con la convicción de quien sabe que el amor, cuando es limpio, nunca sobra.
Mi padre mantiene una relación curiosa con el móvil, es como una telenovela, pero cuando falla, mi padre no se desespera: activa el protocolo “nieto”. Entra Guille, toca dos cosas como si estuviera reparando un satélite, y el universo vuelve a alinearse. Mi padre lo mira con esa mezcla de orgullo y alivio que solo se siente cuando entiendes que tus nietos vienen con poderes nuevos… y que tú, aun así, sigues siendo el centro estable del mapa.
Porque mi padre es eso: estabilidad.
También me dejó un regalo silencioso: el amor por la lectura. En su casa siempre hay un libro listo para que te lo lleves “por si te apetece”. Nunca ha sido de imponer. Ha sido de ofrecer. De abrir puertas.
Ochenta años no son una cifra redonda.
Son una biblioteca de gestos pequeños.
Una mano extendida en la oscuridad.
Una hamburguesa volando por la cocina.
Un abuelo que dice sí cuando tú dices quizá.
Hoy soplas velas. Yo lo miraré y pensaré que la verdadera suerte no es que cumpla 80. La verdadera suerte es haber crecido con alguien que no necesitó grandes frases para enseñarme lo importante.
Feliz 80, papá.
Gracias por la mano.
P. D.: Y si vuelves a buscar el queso… está donde siempre.