Mi hijos hablan español, Creo

Los niños de hoy idioma especial y desorden seguro

Yo creía que mis hijos hablaban español. No un español especialmente elaborado, tampoco vamos a pedirles que comenten a Góngora mientras cambian el rollo de papel higiénico, pero español. Sujeto, verbo, predicado y algún gruñido gutural cuando se les pregunta cómo les ha ido el día.

Y de repente, así como quien no quiere la cosa, uno me suelta:

Literal, no me renta. Me da cringe.

Y yo me quedé mirándolo con esa expresión que ponemos las madres cuando no sabemos si nuestro hijo está hablando, sufriendo una posesión demoníaca o reclamando una devolución en Amazon.

—¿Qué no te renta?

—El plan.

—¿Qué plan?

—Ese.

—¿Y qué le pasa?

—Que es muy random.

Perfecto.

Cuatro frases. Cero información. Una conversación patrocinada por el Ministerio de Asuntos Incomprensibles.

Los adolescentes de hoy no hablan español. Utilizan una especie de dialecto internacional construido con inglés, videojuegos, TikTok y palabras españolas a las que han despojado de su significado habitual. Una lengua nueva, dinámica y muy moderna que tiene un objetivo clarísimo, que sus padres no sepan jamás de qué carajo están hablando.

Antes, cuando algo te gustaba, decías que te gustaba. Era básico, pero funcionaba. Ahora algo te renta, te cunde, está de locos, es top, o god. Tú no lo entiendes; yo tampoco, pero querida, ellos saben más que nosotras.

Si un adolescente dice que un plan “le renta”, no significa que esté calculando su rendimiento financiero. No ha comprado obligaciones del Estado ni está diversificando una cartera de inversión. Significa que le apetece.

Más o menos.

Porque también puede significar que le conviene, que le parece bien o que está dispuesto a levantarse del sofá, siempre que el plan incluya transporte, comida y ninguna responsabilidad.

“Me cunde” viene a ser parecido.

—¿Te cunde ir a cenar?

—Sí.

—Pues vístete.

—Ahora voy.

Y ahí termina la parte lingüística y comienza la arqueología. Dos horas después, el adolescente continúa en calzoncillos, tumbado en la cama y viendo vídeos de un señor que abre cajas mientras grita. El plan le cundía, pero levantarse ya no le rentaba. Son matices. El español tiene subjuntivo y ellos tienen esto.

También están “de chill”. El adolescente está siempre de chill, aunque tenga la música a un volumen capaz de provocar desprendimientos en los Pirineos, cinco amigos gritando en su habitación y una pizza pegada al edredón desde el jueves.

Tú entras y preguntas:

—¿Qué está pasando aquí?

—Nada, estamos de chill.

De chill, sí.

Pompeya también estaba bastante tranquila cinco minutos antes del Vesubio.

El concepto “de chill” incluye ruido, desorden, vasos abandonados y puertas que se cierran de golpe. Lo único que no incluye es recoger después, porque eso rompería completamente la vibra.

La vibra, por cierto, es otra cuestión esencial.

Antes una persona podía caerte bien, mal o regular. Ahora “te da buena o mala vibra”.

—Ese chico me da mala vibra.

—¿Por qué?

—No sé.

Maravilloso. Hemos sustituido los argumentos por una interferencia energética. No sabemos nada del chico, pero su aura administrativa no ha superado la inspección.

Porque también tienen aura. Uno puede ganar aura, perder aura e incluso tener “más mil de aura”, que es muchísimo carisma, aunque la persona en cuestión lleve tres días con la misma sudadera y sea incapaz de mirar a los ojos al camarero para pedir una Coca-Cola.

Eso sí, tiene aura.

No saluda a la vecina, no sabe pedir cita en el médico y llama “bro” a su hermano pequeño, pero camina por el pasillo con la solemnidad de Julio César entrando en Roma.

Está en su prime. “Estar en tu prime” significa encontrarte en tu mejor momento. En el caso adolescente, ese momento puede consistir en despertarse a las cuatro de la tarde, comerse medio paquete de cereales directamente de la caja y anunciar que está cansado.

Yo, a los diecisiete años, si me levantaba a las cuatro de la tarde mi madre no decía que estaba en mi prime. Decía que era una sinvergüenza y abría la persiana de golpe, una técnica educativa que quizá vulneraba algún convenio internacional, pero ofrecía resultados inmediatos.

Otra palabra fundamental es lore.

El lore es la historia que hay detrás de una persona, una situación o un acontecimiento. Todo tiene lore. Un cantante tiene lore. Una amistad tiene lore. Una pelea de instituto tiene un lore más complejo que la sucesión de los Austrias.

—¿Por qué ya no vas con Marta?

—Hay mucho lore.

Y no te lo cuenta.

Porque precisamente el lore adquiere valor cuanto menos lo conoce la madre. Tú preguntas y el adolescente pone cara de funcionario de inteligencia:

—Es largo.

—Tengo tiempo.

—No lo entenderías.

Posiblemente sea verdad. Yo todavía estoy intentando comprender por qué hay una cuchara en el baño.

Y cuando insistimos demasiado, damos cringe.

Cringe es vergüenza ajena. Todo lo que hace una madre puede dar cringe: bailar, cantar, utilizar un filtro, decir “bro”, pronunciar correctamente TikTok o simplemente existir cerca de la puerta del instituto.

Hay madres que creen que pueden acercarse al idioma de sus hijos.

Pobres criaturas.

Un día dicen:

—Bueno, bro, ¿te renta que pidamos pizza y estemos de chill?

El adolescente las mira como si acabaran de aparecer desnudas en el telediario.

No se puede usar su lenguaje. Está prohibido. Cuando un adulto aprende una palabra, la palabra pierde automáticamente todo su valor y debe ser sustituida por otra antes del viernes.

Es un sistema de seguridad lingüística más sofisticado que el del Banco de España.

También sufren FOMO, miedo a perderse algo.

Pueden pasarse toda la tarde diciendo que no les apetece salir, que el plan es “mid”, que la gente les agobia y que prefieren quedarse de chill. Pero en cuanto ven una historia de Instagram donde aparecen sus amigos sin ellos, comienza una crisis diplomática.

—¿Por qué no me han avisado?

—Te avisaron.

—Pero pensé que no iban a ir.

—Dijiste que no te apetecía.

—Ya, pero podrían haber insistido.

La adolescencia es esa preciosa etapa en la que uno quiere que lo dejen en paz, pero se ofende si efectivamente lo dejan en paz.

Cuando alguien no responde a sus mensajes, lo está ghosteando. Cuando ellos no responden a los nuestros durante seis horas, tenían el móvil en silencio.

Cuando les gusta alguien, es su crush. Si consideran que dos personas deberían salir juntas, las shippean. Si alguien tiene facilidad para ligar, tiene rizz. Si una persona vive convencida de que su crush le enviará un mensaje pese a no haber mostrado jamás el menor interés, está delulu.

Las madres también vivimos delulu.

Creemos que van a llevar el plato a la cocina.

Creemos que han entendido lo de apagar las luces.

Creemos que cuando dicen “ahora voy” existe alguna relación temporal entre la palabra “ahora” y el futuro inmediato.

Nuestra ingenuidad no conoce límites.

Preguntarles dónde van es una red flag. Pedirles que avisen cuando lleguen es otra. Sugerir que una sudadera no necesita descansar permanentemente sobre una silla puede considerarse control emocional.

En cambio, suspender un examen por no haber abierto el libro es un evento canónico.

No conviene intervenir.

Tiene que suceder para que el personaje evolucione.

El problema es que algunos llevan siete eventos canónicos de Matemáticas y el personaje continúa exactamente igual, salvo porque ahora culpa al profesor, al sistema educativo y a Mercurio retrógrado.

Creo que el lenguaje adolescente no es más que eso: una muralla nueva construida con palabras viejas, anglicismos y memes para mantenernos prudentemente alejados de su mundo.

Nosotros tuvimos “guay”, “mola”, “tronco” y “qué fuerte”. Tampoco éramos miembros de la Real Academia. Llevábamos hombreras, nos cardábamos el pelo y grabábamos canciones de la radio intentando que el locutor no hablara al final. No estamos en condiciones de juzgar a nadie.

Pero hay algo profundamente enternecedor en verlos inventar palabras para explicar lo que sienten mientras son incapaces de responder a “¿qué te pasa?” con algo más elaborado que “nada”.

Por eso he decidido adaptarme.

Ya no les diré que recojan la habitación.

Les explicaré que convivir con calcetines fosilizados les está restando aura, que ese plato tiene demasiado lore y que su relación con la basura es una red flag gigantesca.

Probablemente me mirarán con desprecio.

Me dirán que doy cringe.

Y yo responderé que estoy en mi prime, de chill y completamente delulu.

Porque quizá no entienda su idioma.

Pero ponerlos nerviosos sigue siendo el auténtico privilegio de ser madre.

Literal.