Réquiem por el Comercio de siempre
Hay un sonido que está desapareciendo de nuestras calles.
No es el de las persianas al bajar.
Es el de la campanilla al abrir la puerta de una tienda.
Ese cling pequeño y metálico que anunciaba que alguien entraba. Que alguien volvía. Que alguien no era un pedido con número de seguimiento sino una persona con nombre.
Las tiendas de toda la vida no cerraban. Resistían. Aguantaban crisis, modas imposibles, cambios de moneda, reformas eternas en la calle. Aguantaban porque había algo más fuerte que el margen comercial: la costumbre de vernos.
Y ahora cierran en silencio.
La mercería donde aprendiste que los botones también imprimen carácter.
La librería que te recomendaba libros como quien recomienda refugios.
La ferretería que sabía exactamente qué tornillo necesitabas aunque tú solo describieras esa cosa que gira y sujeta.
Cierran y todos nos lamentamos y decimos lo mismo:
“Qué pena.”
“Era de toda la vida.”
“Ya no quedan tiendas así.”
Lo decimos mientras esperamos un paquete que llega en 24 horas. A veces en 12. A veces en menos de lo que tardamos en echarnos de menos.
La verdad duele un poco: no han cerrado solo por las grandes superficies. Han cerrado por nosotros. Por nuestra comodidad urgente. Por el clic rápido. Por el algoritmo que nos conoce mejor que el tendero… o eso creemos.
Porque el tendero no te sugería productos.
Te preguntaba por tu madre.
Te decía que te veía mejor.
Te fiaba cuando el mes venía torcido.
Te guardaba lo que sabía que te gustaba.
En una gran superficie nadie sabe que acabas de separarte, nadie nota que estás triste. Nadie te dice “ánimo” mientras te pesa la fruta.
Y quizá no debería hacerlo. No es su función. Pero entonces no queramos fingir que es lo mismo.
El comercio de proximidad no vendía solo cosas. Vendía pertenencia. Vendía barrio. Vendía la sensación de que alguien sostiene una esquina del mundo mientras tú intentas sostener la tuya.
Nos duele cuando cierra porque intuimos que algo más se apaga. No es una persiana. Es una conversación. Es una historia compartida. Es una red invisible que hacía que el barrio no fuera solo un código postal.
Compramos donde es más barato, más rápido, más fácil. Y no hay nada moralmente incorrecto en querer ahorrar o en necesitar que el tiempo rinda. La vida aprieta y los sueldos no siempre acompañan.
Pero cada clic es también una decisión cultural Cada bolsa anónima es una pequeña renuncia.
No se trata de demonizar lo nuevo. El mundo cambia. Cambiar es inevitable. Lo que no es inevitable es que olvidemos lo que significaba lo anterior.
Quizá la pregunta no sea dónde compramos, quizá la pregunta sea qué queremos conservar.
Porque el día que desaparezca la última tienda de barrio, no habremos perdido solo un comercio. Habrán desaparecido las campanillas, las conversaciones breves, la memoria compartida.
Y entonces, cuando pasemos por delante de un local con el cartel de “Se alquila”, sentiremos ese nudo pequeño en el pecho.
El mismo que sentimos ahora.
La diferencia es que entonces ya no quedará nadie dentro para preguntarnos cómo estamos.