Las Guerras de Nuestros Hijos
La convicción de que existen las guerras justas es una idea persistente y regular en la historia de la humanidad: desde siempre y hasta hoy se ha justificado la violencia organizada apelando a causas superiores tales como la libertad, la seguridad, la defensa de lo propio o, incluso, la pervivencia misma de nuestra civilización.
Pero más allá de esas motivaciones encontramos siempre una constante incómoda, ya que hasta las guerras que hemos considerado como justas han terminado plagadas en mayor o menor medida de injusticias cuyos efectos recaen, sobre todo, en quienes no las decidieron: en los hijos de quienes lo hicieron.
La doctrina de la guerra justa, desarrollada por pensadores como Agustín de Hipona o Tomás de Aquino, intenta precisamente legitimar aquellas guerras en las que se da una justa causa, en el caso del primero, o cuando, en el del segundo, además de lo anterior se cumplen las condiciones de que la guerra se declare por quien tiene la autoridad para hacerlo y, precisamente, para procurar la paz. Su legitimación, por tanto, radica en sus propios límites, aunque en la práctica esos límites sean fácilmente maleables para poder ser reinterpretados, y hasta ignorados, si resultan incómodos.
El resultado que conocemos en tantas guerras es por ello el de haber mirado hacia otra parte ante el recurso a medios profundamente injustos: bombardeos indiscriminados, castigos colectivos de población civil, desplazamientos forzados, humillaciones sistemáticas... Situaciones que no se solucionan con armisticios y tratados de paz, mucho menos con victorias y rendiciones. Consecuencias que trascienden hacia el futuro en forma de memoria, resentimiento y trauma colectivo.
El siglo XX es un claro ejemplo de ello: la Primera Guerra Mundial, tan legítima como inevitable ante los conflictos de equilibrio de poder entre viejos imperios, terminó con una paz humillante para los vencidos que estableció las condiciones para la siguiente gran contienda; la Segunda Guerra Mundial, aun con toda la legitimidad moral de la lucha contra el nazismo en Europa y el imperialismo japonés en el Pacífico, dejó igualmente zonas de sombra con ciudades arrasadas y poblaciones civiles masacradas o por el uso de armas nucleares de manera indiscriminada. Y todo ello con un mensaje explícito: el fin justifica los medios.
“¿Lo que se obtiene mediante la fuerza, sin justicia y bondad de los medios usados no se convierte así en un problema infinito y heredado?”
Hannah Arendt advirtió ya que la violencia, como medio en política, puede resultar no solo ineficaz a largo plazo, sino que incluso puede obrar contra los mismos fines o proyectos que la justifican inicialmente, perdiendo así cualquier legitimidad. Y esa es, quizá, aún la pregunta del millón: si lo que se obtiene mediante la fuerza, pero sin prestar atención a la justicia y bondad de los medios usados no se convierte así en riesgo de generar un problema infinito y heredado. Y no solo por los hijos de los vencidos, sino también de los vencedores, que ganan posiblemente libertad o seguridad en la victoria, pero también conflictos latentes, enemistades enquistadas y hasta una erosión moral difícil de asumir.
Porque hay siempre un coste interno en las sociedades que aceptan que el fin justifica los medios: perder los principios propios que sustentaban aquel fin perseguido. Y esto sucede cuando admitimos excepciones, zonas grises, o la justificación de lo injustificable, porque adoptamos una actitud altamente contaminante que, del campo de batalla real, se contagia con suma facilidad al ámbito de la política interna para poder justificar cualquier medio frente al que discrepa, al que es diferente o al que es vulnerable.
Albert Camus: “La Paz es la única batalla que merece la pena ser librada”
Hace solo semanas que asistimos a un nuevo paradigma de esta realidad, en la que la guerra se desata y se desarrolla al margen del derecho internacional, a partir de amenazas supuestamente reales o solo percibidas, por motivo de riesgos estratégicos o, simplemente, por la necesidad de acabar con regímenes autoritarios. Pero, sin embargo, seguimos asistiendo al recurso a medios dudosamente aceptables desde un punto de vista ético. O que lo han sido hasta hace poco…
Las acciones militares de Estados Unidos e Israel en Irán y Líbano, en mayor medida, pero también la anterior intervención norteamericana en Venezuela o los últimos anuncios de hacerlo en breve en Cuba ilustran bien este dilema. Nadie duda de lo inaceptable de un régimen teocrático o que someta a su población a falta de libertades fundamentales y represión cuando lucha por ellas. Más aún si su presencia juega un papel fundamental en la desestabilización incluso global. Pero ello no puede implicar aceptar sin más el recurso a la violencia que infringe el derecho internacional, que afecta a la población civil o que agrava sin resolverlos problemas y conflictos ya existentes.
La historia no ofrece respuestas simples, pero sí una advertencia clara: relativizar los límites éticos en nombre de un bien mayor suele generar una onda expansiva en el espacio y en el tiempo generando nuevas dinámicas de violencia, nuevos agravios y nuevos motivos para futuros conflictos. Y en un mundo globalizado, con interdependencias sociales complejas y profundas, la alternativa de la imposición unilateral y la eliminación del adversario es ya, simplemente, imposible. Pero, además de ello, es moralmente cuestionable y hasta miope estratégicamente. La perspectiva autocrítica honesta de nuestras sociedades, si nos consideramos los depositarios y defensores de valores universales, exige hacerlos valer precisamente cuando más difícil resulta, en los momentos más críticos.
Albert Camus nos dejó una reflexión paradójica, un paso más allá quizá de aquel concepto tomista de guerra justa: “la paz es la única batalla que merece la pena ser librada”. Algo que deberíamos tener muy presente si asumimos que el precio en estas cosas suele acabarlo pagando alguien más: las siguientes generaciones.
Terminar con las guerras de nuestros hijos debería ser por ello el objetivo a lograr. Para que ellos puedan evitar las de los suyos.