Sumar sin Sustituir

Miriam González (Democracia 21)

Hay muchos momentos en política en los que conviene escuchar antes de hablar. Como hay otros, muchos también, en los que, precisamente porque varias personas están hablando al mismo tiempo, es oportuno, y hasta necesario, decir algo con claridad.

La reciente aparición de Miriam González en la escena política española, primero desde la plataforma España Mejor y ahora alrededor de la creación de un partido, Democracia 21, merece toda la atención. Y no ya solo por el perfil personal y profesional de quien impulsa ese proyecto, sino porque vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que lleva demasiado tiempo sin encontrar una respuesta convincente: ¿quién y cómo puede ocupar hoy el espacio de quienes no quieren elegir entre trincheras, bloques y etiquetas agotadas, pero tampoco están dispuestos a renunciar a sus convicciones?

González, como otros muchos antes, ha planteado la necesidad de superar el eje tradicional entre derecha e izquierda desde una posición liberal, regeneradora y modernizadora. Ha hablado de limpiar y modernizar la democracia española, de incorporar a la sociedad civil a la acción política y de la necesidad de cuestionar la profesionalización de esa política que, en demasiadas ocasiones, parece haber dejado de escuchar a la sociedad a la que debería servir. Su partido, como ella misma ha afirmado, se encuentra todavía en una fase inicial y se conoce poco de su desarrollo definitivo, salvo la posibilidad de que pueda presentar una candidatura en unas próximas elecciones generales. Pero precisamente por eso es legítimo observar con interés lo que pueda llegar a ser.

Desde Cree entendemos que hay una evidencia difícil de negar: hoy no existe en España una formación con suficiente implantación y presencia capaz de ocupar plenamente ese espacio político moderado, reformista, liberal y social que quedó huérfano tras la desaparición de Ciudadanos de las instituciones.

“Ningún liderazgo puede sustituir al proyecto y ningún proyecto puede sobrevivir mucho tiempo si no genera confianza, participación y arraigo en la ciudadanía”

De hecho, aquella formación fue, en su origen, un ejemplo real de la posibilidad de construir un proyecto político alrededor de un perfil personal atractivo, convincente y capaz de despertar ilusión. Pero también debe ser estudiado como una advertencia obvia: un proyecto reformista no puede volver a abandonar a sus bases, despreciar la implantación territorial, relegar la participación, convertirse en una estructura de élites exclusivas y excluyentes, ni confundir la construcción de una alternativa propia y autónoma con la pretensión de sustituir a uno de los dos grandes bloques.

La lección no radica por ello en que los liderazgos sean inocuos. Muy al contrario, todo proyecto político necesita personas capaces de inspirar, representar y asumir responsabilidades. Personas en las que sea reconocible un proyecto cierto y real que tenga la capacidad de trascender a quien en cada momento lo encarne. La lección establece que ningún liderazgo puede sustituir al proyecto, y que ningún proyecto puede sobrevivir mucho tiempo si no genera confianza, participación y arraigo en la ciudadanía.

“Ese reformismo que propugnamos no consiste ni en decir que todo está mal ni en prometer una ruptura permanente con todo lo anterior”

Para nosotros, para quienes nos identificamos como reformistas, ese reformismo que propugnamos no consiste ni en decir que todo está mal ni en prometer una ruptura permanente con todo lo anterior. Consiste precisamente en detectar las debilidades de un sistema democrático que debe ser defendido cada día precisamente porque puede y debe ser mejorado. Porque reformar es preservar lo que funciona y cambiar lo que ya no sirve. Es tener la valentía de reconocer los problemas sin convertirlos en combustible para el populismo, como ahora tantos hacen a derecha e izquierda.

Ese espacio reformista está hoy en boca de muchos. A veces, de una manera sincera, pero en otras ocasiones de una manera impostada o interesada. Hay quienes llegan con un pasado político que les pesa demasiado, que lastra al propio proyecto. También los hay que solo buscarán una oportunidad para alcanzar cargos, notoriedad o sueldos. Y del mismo modo hay quienes confunden la renovación con cambiar los nombres de la puerta sin modificar las prácticas del interior. Y en ese camino por un proyecto integrador se corre el riesgo de querer sumar aceptando todo lo que, quizá, no es completamente aceptable.

España necesita algo diferente. Necesita un proyecto amplio, transversal y coherente. Un proyecto que defienda la libertad, la igualdad, la justicia y la solidaridad entre los ciudadanos. Que tenga una fuerte convicción social sin complejos y sin aceptar que la preocupación por el bienestar de las personas sea patrimonio exclusivo de una ideología. Que entienda que la defensa de las conquistas sociales de las últimas décadas no es una concesión, sino una obligación. Y que cualquier reforma debe servir para mejorar la vida de las personas, no para hacerlas retroceder. Necesita una renovación de nuestro pacto constitucional del 78, un pacto que debe volver a ser de todos y para todos.

Ese proyecto debe ser liberal en el sentido más profundo y clásico del término: defensor de la libertad individual, del pluralismo, de los derechos civiles, de la responsabilidad, de la limitación del poder y de unas instituciones sometidas a una serie de reglas. Pero debe ser también consciente de que la libertad no existe plenamente cuando la desigualdad impide ejercerla y de que una sociedad democrática no puede desentenderse de quienes se quedan atrás.

Debe defender la convivencia frente a los populismos y frente al resurgimiento de nacionalismos y soberanismos excesivos que pretenden convertir las identidades en fronteras políticas permanentes. Y debe hacerlo sin negar la pluralidad y diversidad de España, precisamente porque la convivencia pacífica debe estar basada en un marco común de derechos, deberes y lealtades compartidas.

“El proyecto que España necesita no puede construirse únicamente desde arriba”

Quizá este sea el peor momento para intentar construir algo así, cuando la política internacional atraviesa una etapa de enorme incertidumbre. Cuando las democracias liberales sufren presión desde dentro y desde fuera. Cuando el populismo encuentra terreno fértil en el cansancio social ante décadas de corrupción y fallos en un modelo que es, realmente, el menos malo de los posibles y frente al que la polarización se ha convertido en una herramienta de poder.

Pero seguramente sea también el mejor momento, porque cuando los extremos avanzan, la moderación debe dejar de ser tibieza y complacencia. Cuando los bloques se necesitan mutuamente para mantener la confrontación, el reformismo se convierte en una auténtica necesidad democrática. Y cuando la política parece cada vez más alejada de la sociedad, la participación deja de ser un complemento para convertirse en una condición de legitimidad de sus actores principales.

Por eso el proyecto que España necesita no puede construirse únicamente desde arriba. Debe respetar a la sociedad civil y abrir sus puertas a quienes quieran trabajar desde la voluntad de aportar. Y esto no significa sustituir la democracia representativa por una democracia asamblearia: sigue siendo el mejor instrumento para organizar una sociedad compleja, pero debe ser una democracia representativa más abierta, más transparente, más participativa y exigente con quienes ejercen la representación que se les otorga.

El proyecto no tiene prisas: principios antes que nombres y propuestas antes que candidaturas. Y debates antes que consignas predeterminadas. La gestión orgánica y la elaboración ideológica deben estar abiertas a quienes formen parte activa de esa construcción política, tengan o no un cargo, un puesto o un apellido conocido. Y en este camino, que no es de nadie en exclusiva sino que ya está a los pies de muchos de los que aquí nos encontramos, Cree puede y quiere ofrecer una experiencia y un trabajo ya realizado.

“Cree nació como superador de esa dicotomía basada en premisas de otras épocas”

Cree nació con una vocación reformista, moderada y centrada, pero no como un centro político como los que hemos conocido, de mera referencia o localización entre la derecha y la izquierda tradicionales, sino como superador de esa dicotomía basada en premisas de otras épocas que hoy hemos dejado atrás como sociedad a poco que nos analicemos como personas en sociedad. Quiso ser, y así se concibió, como instrumento de participación política al servicio de la ciudadanía y con una visión crítica y constructiva de nuestro sistema democrático. Durante meses, muchas personas han trabajado para convertir esa convicción en propuestas, organización y cultura política. Nuestra ponencia política, con 200 puntos concretos y elaborada desde las bases y con trabajo eficazmente coordinado, ha situado el objetivo en la renovación del propio pacto constitucional y la necesidad de una política reformista capaz de combinar la estabilidad de lo que funciona con el cambio de aquello que obstaculiza el progreso: mirar hacia adelante sin romper con el pasado, para aprovechar lo bien hecho y aprender de lo mal hecho.

No pretendemos que Cree sea necesariamente el destino final único de todo esfuerzo reformista. Es solo donde mejor pensamos que era necesario hacer cosas. Y tampoco creemos que nadie deba ceder su identidad, sus convicciones o su autonomía para construir algo nuevo. Pero sí creemos que todo lo que ya se ha hecho puede ser una aportación valiosa a un proyecto más amplio. Una aportación que solo tiene sentido si todos acabamos en una suma sin privilegios, sin amiguismos, sin cuotas reservadas, sin exigir que nadie entregue lo que es para que otros puedan ocupar un espacio. Porque sabemos que el talento, la capacidad de trabajo, la lealtad y la claridad deben pesar más que los nombres conocidos o las trayectorias mediáticas.

A Miriam González le corresponde decidir a partir de este momento qué quiere ser Democracia 21 y hasta dónde quiere llegar. Pero sobre todo le corresponde identificar esas propuestas que deben ser vehículo de una sociedad mejor y más libre. Quienes llevamos tiempo trabajando en este espacio político tenemos por ello el derecho, y hasta la obligación, como dije al principio, de escuchar a quien tenga algo que decir. Pero también, cuando otros hablan, de decir con claridad que una nueva iniciativa no debe contemplarse como la oportunidad de sustituir a quienes ya están, sino como una ocasión de encuentro y de colaboración sincera.

“Debemos articular una formación seria, fiable, estable y capaz de perdurar, sin limitarnos a crear una nueva sigla más”

Por eso damos nuestra bienvenida, como hemos hecho desde nuestra constitución como partido en febrero de 2024, a todo el que desde un perfil público se constituya en una posibilidad interesante. Y no por el nombre, ni por la notoriedad, ni por las expectativas que pueda despertar, sino porque nacimos convencidos de que este espacio no requiere de flores de un solo día, sino de una convicción que perdure y de una capacidad de conexión con sectores de la sociedad que hoy no encuentran una opción política que identificar como propia. Una alternativa que solo será verdaderamente transformadora si se convierte en capacidad de construir con otros.

Los liderazgos pueden surgir de lugares inesperados. Y Cree no tiene, ni tendrá, ningún inconveniente en reconocer que el liderazgo o los liderazgos de un proyecto más amplio puedan corresponder a personas ajenas a nuestra formación. Pero sí necesitamos, desde nuestra inquebrantable convicción ante el ilusionante reto que se plantea, que surjan liderazgos naturalmente legitimados por la confianza, por la lealtad, por el trabajo compartido y por la claridad de las posiciones a defender.

El objetivo es, en definitiva, acabar con la atomización de ese espacio moderado y reformista que hoy se encuentra disperso entre pequeños partidos, plataformas y hasta personas individuales. Articular una formación seria, fiable, estable y capaz de perdurar, sin limitarnos a crear una nueva sigla más. Este esfuerzo supondrá resistir también la tentación de entregar el proyecto a rostros caducos. Porque la experiencia es valiosa, hasta esencial en este contexto, y el consejo de quienes ya han recorrido caminos anteriores puede ser muy útil. Pero un proyecto que pretende ser nuevo y fresco debe ser identificable en quienes sean capaces de construirlo desde el presente, más que por quienes ya han demostrado que no supieron aunar voluntades.

La política que viene necesitará nuevas personas y nuevas prácticas. Necesitará ciudadanos mejor formados desde edades tempranas en la tolerancia, la libertad, el respeto y el valor del debate. Necesitará recuperar la cultura de la participación política como algo cotidiano, razonado y responsable. Exigirá honestidad y ética máximas, justo aquello de lo que han demostrado carecer los que hoy identificamos como la clase política que no nos merecemos como ciudadanía. Por eso no ofrecemos ni aceptamos cartas de adhesión pura y simple, sino invitaciones al debate y al encuentro a quienes creen que España puede reformarse sin romperse, modernizarse sin renunciar a sus conquistas sociales y avanzar sin entregar su futuro a los extremos. Queremos compartir nuestra labor hasta hoy, no imponerla. Pretendemos participar en ese reto de construir un proyecto y encontrar a quien o quienes lo puedan encarnar liderándolo: un proyecto que merece ser liderado por quien merezca liderarlo.

Un proyecto reformista capaz de cambiar nuestro modelo político. Porque nosotros creemos que juntos sí es posible.