La Victoria que Nos Derrotó: Cómo Ganar la Guerra Fría Destruyó Occidente

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A finales de 1988, nadie en el mundo libre imaginaba que un año después el Telón de Acero comenzaría a desmoronarse, y que para 1991 la Unión Soviética habría dejado de existir. Los analistas occidentales, los estrategas políticos, los centros de pensamiento y las universidades planificaban la década de los 90 con una certeza absoluta: la URSS seguiría ahí, amenazante, desafiante, exigiendo respuestas.

Los libros de texto, las películas de Hollywood, los periódicos, los programas académicos, todos estaban diseñados alrededor de un eje fundamental: el enemigo comunista existía y había que combatirlo en todos los frentes. La Guerra Fría no era solo un conflicto militar o ideológico; era el motor invisible que movía cada engranaje de la civilización occidental.

Y entonces, de repente, todo desapareció.

El colapso soviético no fue celebrado con la prudencia que merecía semejante transformación histórica. Occidente creyó haber ganado, proclamó el fin de la historia, declaró la victoria definitiva del liberalismo. Pero nadie comprendió en ese momento el daño colosal que esa ausencia causaría. Porque la URSS no era solo un adversario; era el espejo oscuro contra el cual Occidente se medía constantemente, el estándar negativo que obligaba a las sociedades libres a demostrar, día tras día, que la libertad producía mejores resultados que la tiranía.

Durante décadas, cada sector de la sociedad occidental había competido contra su contraparte soviética con una intensidad feroz. Los escritores del mundo libre producían literatura que no solo entretenía, sino que celebraba la condición humana frente al realismo socialista impuesto desde Moscú. Los cineastas creaban obras que exploraban la complejidad moral, la libertad creativa, la provocación intelectual, mientras que sus equivalentes soviéticos servían propaganda. Los científicos e ingenieros desarrollaban tecnología que debía superar los avances del bloque comunista. Incluso la moda, las relaciones entre hombres y mujeres, la gestión financiera, todo estaba impregnado de esa necesidad de demostrar superioridad civilizacional. No se trataba de arrogancia, sino de supervivencia existencial: si el mundo libre no era manifiestamente mejor, más próspero, más creativo, más humano que el comunismo, entonces su legitimidad moral se desmoronaba.

Esa competencia constante generaba excelencia. Obligaba a cada individuo, cada institución, cada gobierno a dar lo máximo de sí mismo. La pereza no era una opción cuando el enemigo podía aprovechar cualquier debilidad. La mediocridad era inaceptable cuando el futuro de la civilización dependía de demostrar que el sistema libre superaba al colectivista en todos los aspectos medibles. Occidente se auto-exigía porque el fracaso significaba ceder terreno al totalitarismo.

Poco se imaginaba Gorbachov de que años más tarde un sucesor como Putin dominaría el relato mundial

El vacío dejado por la URSS fue el golpe más devastador a la integridad moral de Occidente. De repente, esa inercia de auto-exigencia quedó sin motor, sin propósito aparente. ¿Para qué esforzarse al máximo si ya no hay contra quién competir? ¿Para qué mantener estándares elevados si el enemigo ha desaparecido? El pecado capital de la pereza, contenido durante décadas por la necesidad existencial de excelencia, encontró finalmente su oportunidad. Y se instaló profundamente en las sociedades que habían sido tan brillantes, tan productivas, tan dinámicas durante la Guerra Fría.

Las consecuencias son visibles treinta y cinco años después. La degradación cultural, el declive educativo, la pérdida de rigor intelectual, la complacencia institucional, todo ello floreció en la ausencia del enemigo que nos mantenía alerta. Peor aún: el marxismo cultural, expulsado de la economía tras el colapso soviético, migró hacia las instituciones occidentales. Universidades, medios de comunicación, sistemas educativos, todos fueron infiltrados por ideologías que, en tiempos de competencia real contra el comunismo, habrían sido rechazadas de inmediato como incompatibles con la libertad y el mérito.

Aquí emerge la paradoja más terrible: la mejor estrategia de la URSS para derrotar a sus enemigos fue precisamente su disolución. Al desaparecer como amenaza externa, permitió que el marxismo se expandiera como virus cultural en las sociedades que habían resistido durante décadas su versión económica. Sin la necesidad de demostrar superioridad frente al comunismo soviético, Occidente perdió la voluntad de defender sus propios valores. Se volvió relativista, auto-flagelante, incapaz de afirmar su excelencia porque ya no tenía contra quién afirmarla.

Entonces, ¿quién ganó realmente la Guerra Fría? Oficialmente, Occidente. Pero observando el estado actual de las democracias liberales —sus universidades capturadas por ideologías anticapitalistas, sus instituciones paralizadas por el culto a la victimización, su cultura incapaz de afirmar valores comunes, su economía subordinada a burocracias regulatorias— la respuesta es inquietantemente clara: la URSS desaparecida ha logrado lo que la URSS existente nunca pudo. Ha conquistado Occidente desde dentro, aprovechando precisamente el vacío que dejó su ausencia.

La victoria nos derrotó. Y el enemigo que perdió la guerra ganó la paz.