De la propaganda al cementerio: cómo la izquierda española legitimó el antisemitismo

Profanación de tumbas en el cementerio judio de les Corts

El sábado 24 de enero, más de veinte tumbas judías fueron profanadas en el cementerio de Les Corts, Barcelona. Elementos decorativos destrozados, lápidas vandalizadas, dignidad pisoteada.

La respuesta institucional fue tan predecible como obscena: Jaume Collboni twittea que “el odio no tiene cabida en una Barcelona plural y respetuosa”, los recintos judíos se cierran hasta el lunes “por seguridad”, y los Mossos abren una investigación que probablemente no llegará a ninguna parte. Mientras tanto, la Comunidad Judía española señala lo evidente: esto no es un acto aislado, es la culminación lógica de una escalada que comenzó con el señalamiento del colegio judío, continuó con el acoso a comercios, y ahora pasa de las palabras a la acción directa. Bienvenidos al resultado previsible de años de propaganda institucional disfrazada de “solidaridad con Palestina”.

Porque digámoslo con claridad: las tumbas profanadas de Les Corts son responsabilidad directa del régimen político español. No de unos vándalos aislados movidos por oscuros impulsos, sino del proyecto sistemático de legitimación del odio que la izquierda española ha ejecutado desde el 7 de octubre de 2023. Cuando un gobierno convierte el anti sionismo en política de Estado, cuando ministros y diputados acusan a Israel de genocidio desde la tribuna del Congreso, cuando se boicotean eventos deportivos por la mera presencia de israelíes, cuando se equipara sistemáticamente al único Estado judío del mundo con el nazismo, ¿qué esperaban que pasara? ¿Qué la retórica incendiaria se quedaría en el Parlamento? Los imbéciles que profanaron esas tumbas no actuaron en el vacío: actuaron con el permiso moral que les otorgó un establishment político que durante más de un año ha normalizado el odio a Israel como posición ética y progresista.

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El gobierno israelí lo expresó sin ambages: este ataque es “el resultado de la campaña anti-Israel del gobierno de Sánchez”. Y tienen razón. Cuando Pedro Sánchez reconoce unilateralmente a un Estado palestino inexistente, cuando Yolanda Díaz proclama su “solidaridad incondicional” con Gaza mientras Hamás usa hospitales como bases militares, cuando Ione Belarra exige sanciones contra Israel en cada sesión de control, están creando el clima cultural en el que profanar tumbas judías se convierte en un acto de justicia social. El nuevo antisemitismo no viene con svásticas ni camisas pardas: viene envuelto en la bandera palestina y se presenta como antirracismo. Es más sofisticado que el viejo, pero igual de letal.

Porque el antisionismo contemporáneo no es crítica legítima a las políticas de un gobierno, sino la negación del derecho de los judíos a tener un Estado propio. Cuando se exige que Israel desaparezca “del río al mar”, cuando se justifica la masacre del 7 de octubre como “resistencia”, cuando se acusa al único Estado de Oriente Medio con democracia liberal de todos los crímenes imaginables mientras se ignoran las autocracias sanguinarias que lo rodean, no estamos ante análisis geopolítico: estamos ante odio ancestral con vocabulario actualizado. La izquierda española ha abrazado esta causa con fervor religioso precisamente porque le permite combinar su antisemitismo latente con su pose de superioridad moral. Pueden odiar a los judíos sintiéndose virtuosos. Es el crimen perfecto.

Y la cobardía de la clase política española frente a esto es absoluta. Collboni condena “los hechos intolerables” pero nunca conecta los puntos entre su propio apoyo a las manifestaciones masivas pro-Hamás en Barcelona y el clima de odio resultante. El PSOE votó a favor de boicotear la Vuelta Ciclista porque participaba un equipo israelí, legitimando así el principio de que los judíos pueden ser excluidos de la vida pública, pero ahora expresa su “profunda preocupación” por el antisemitismo. Los otros practican el ejercicio de hipocresía que define a esta época: denunciar los síntomas mientras alimentan la enfermedad.

Porque la estrategia es transparente: crear cortinas de humo permanentes para evitar que se establezcan conexiones causales. Cuando vandalizan el cementerio, los políticos condenan “el vandalismo” en abstracto, como si fuera un fenómeno meteorológico. Nunca preguntan quién creó el clima cultural que hace que atacar tumbas judías parezca un acto de justicia. Nunca asumen responsabilidad por su propia retórica. La izquierda española ha perfeccionado el arte de incendiar la casa y luego presentarse como bombero. Cada acto antisemita es una “lamentable anomalía” que nada tiene que ver con la propaganda sistémica que ellos mismos producen. Es el cinismo llevado a su expresión más refinada.

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Y funciona porque España se ha convertido en un país donde la mayoría de la población ha abdicado de su capacidad de pensamiento crítico. Las encuestas muestran que más del sesenta por ciento de los españoles apoya el reconocimiento de Palestina y considera que Israel comete “genocidio”. Estas mismas personas no sabrían ubicar Gaza en un mapa, no conocen la Carta de Hamás, no han leído un solo análisis serio del conflicto, pero tienen opiniones fuertes e inamovibles. ¿Cómo llegamos aquí? A través de años de propaganda coordinada en medios, universidades y redes sociales. La máquina de manipulación funciona así: se seleccionan imágenes de destrucción en Gaza sin contexto, se omite que Hamás usa civiles como escudos humanos, se equipara la respuesta militar israelí con exterminio deliberado, y se repite hasta que se convierte en verdad revelada.

Los políticos españoles, cobardes hasta la médula, no lideran la opinión pública: la siguen. Han calculado que hay más votos en demonizar a Israel que en defender principios. Sánchez no reconoció a Palestina porque crea en la solución de dos Estados, sino porque necesitaba mantener el apoyo de Podemos y competir con Yolanda Díaz por el voto progresista más radical. La política española ya no se basa en convicciones sino en focus groups. Y los focus groups dicen que los jóvenes universitarios quieren Free Palestine, así que los políticos les dan Free Palestine. Que esto implique legitimar a una organización terrorista islamista que ejecuta homosexuales y oprime mujeres no importa: lo que importa es la foto en Instagram con la bandera palestina.

Pero el ataque a Les Corts es solo un síntoma de algo más profundo: la eliminación sistemática de la libertad en España. Cuando el gobierno de Sánchez aprueba leyes de “memoria democrática” que penalizan opiniones sobre el pasado, cuando se persigue judicialmente a quienes critican al islam, cuando se expulsa de la vida pública a cualquiera que cuestione la ortodoxia progresista sobre género o inmigración, se está construyendo un régimen que no tolera el disenso. Y el antisemitismo es perfectamente funcional a este proyecto: los judíos siempre han sido el canario en la mina de carbón de las sociedades libres. Cuando se les puede atacar impunemente, cuando sus instituciones son señaladas, cuando sus espacios sagrados son profanados sin consecuencias reales, es señal de que la libertad se está extinguiendo para todos.

Y aquí está la verdadera obscenidad: mientras las autoridades investigan quién pintó grafitis en un cementerio, nadie investiga quién creó el clima cultural que hizo inevitable este ataque. Nadie pregunta qué responsabilidad tienen los medios que durante meses han difundido propaganda anti-israelí sin verificación. Nadie cuestiona a los políticos que han legitimado el odio desde las instituciones. Nadie señala a las universidades donde los estudiantes judíos son acosados por defender su identidad. La investigación se centrará en encontrar a unos vándalos que probablemente nunca serán identificados, mientras los verdaderos responsables seguirán en el Congreso votando mociones de condena contra Israel.

La Comunidad Judía española tiene razón al señalar que esto representa un salto cualitativo: del señalamiento a la acción directa, de la incitación al ataque físico. Pero este salto era inevitable. Cuando durante años se bombardea a la población con el mensaje de que Israel es un Estado genocida, cuando se equipara el sionismo con el nazismo, cuando se presenta a los judíos como opresores que merecen castigo, eventualmente alguien va a actuar en consecuencia. Los políticos españoles quieren distanciarse de los resultados de su propia propaganda, pero la cadena causal es clara: legitimación retórica, permiso moral, acción violenta. Les Corts es el resultado lógico de años de trabajo político sostenido.

carta Comunidad judia de Barcelona

Y lo peor es que esto apenas comienza. Porque una vez que se normaliza el vandalismo contra símbolos judíos, el siguiente paso es la violencia física contra personas judías. La historia nos enseña que el antisemitismo nunca se detiene en las tumbas: siempre busca cuerpos vivos. Y la izquierda española está creando las condiciones perfectas para que esto suceda. Cada manifestación donde se grita “muerte a Israel” sin consecuencias, cada acoso a comercios judíos sin arrestos, cada profanación sin condenas reales, es un paso más hacia la violencia física. Los políticos que ahora expresan su “honda preocupación” estarán igual de sorprendidos cuando suceda, como si no hubieran visto venir lo que ellos mismos provocaron.

Collboni dice que “el odio no tiene cabida en Barcelona”. Mentira. El odio tiene cabida privilegiada en Barcelona, en Madrid, en toda España. Tiene cabida en el Congreso, en los medios, en las universidades, en las calles. Se le llama “solidaridad con Palestina” y se le aplaude. Se le viste con retórica humanitaria y se le celebra. Lo único que no tiene cabida en la España contemporánea es la verdad: que hemos construido un régimen político donde el antisemitismo es perfectamente compatible con el progresismo, donde profanar tumbas judías puede entenderse como acto de conciencia social, donde la cobardía política ha alcanzado niveles que hubieran avergonzado incluso a los gobiernos más pusilánimes del pasado.

Las tumbas de Les Corts seguirán ahí, restauradas por funcionarios municipales con dinero público, mientras los responsables políticos del clima que hizo posible su profanación seguirán en sus cargos, dando discursos sobre tolerancia y diversidad. Los vándalos quizás sean identificados o quizás no, pero eso es lo de menos. Lo importante es que el mensaje ha sido enviado: en la España de 2026, se puede atacar impunemente a la comunidad judía. Las consecuencias serán declaraciones formales de condena, nada más. El verdadero antisemitismo, el que emana desde las instituciones, ese permanecerá intacto, disfrazado de antisionismo progresista, protegido por la cobardía política, alimentado por la estupidez masiva.

La profanación del cementerio judío de Barcelona no es un incidente lamentable que interrumpe la normalidad: es la normalidad que hemos construido. Es el resultado lógico de las decisiones políticas, mediáticas y culturales de los últimos años. Es lo que sucede cuando una sociedad decide que algunas formas de odio son aceptables si se presentan con el envoltorio ideológico correcto. Es lo que obtienes cuando los políticos son cobardes, los medios son cómplices, y las masas son estúpidas. Bienvenidos a la España progresista, donde profanar tumbas judías es el precio que estamos dispuestos a pagar para mantener nuestra pose de superioridad moral. Un precio que, como siempre, pagan otros.