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España: manual de instrucciones para discutir (desde Zapatero hasta el “modo Sánchez”)

Hay una cosa preciosa que hemos perfeccionado, como sociedad, desde que se instauró la democracia: discutir como si nos pagaran por ello. Solo que, al principio, era un hobby doméstico, como el macramé o coleccionar imanes de nevera; y luego llegó Zapatero… y aquello se profesionalizó. No sé si fue el tono, el clima, la época o la necesidad de convertir cualquier conversación en un referéndum emocional, pero, desde entonces, la cosa se agudizó.

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Y con Sánchez ya es tremendo: hemos pasado de discutir “un rato” a vivir en discusión permanente, como si España fuera una tertulia con Wi-Fi y mala acústica.

Antes había alternancia: Tú ganabas, yo me quejaba; Yo ganaba, tú me llamabas de todo menos “guapo”. Pero existía un pacto no escrito: gobernar era gestionar (con más o menos acierto) y el rival era rival, no “enemigo moral”. Ahora parece que el objetivo no es gobernar: es ganar el relato. Y si, para ganar el relato, hay que dividir, se divide. Si hay que señalar, se señala. Si hay que simplificar, se simplifica. Porque gestionar no da titulares. En cambio, indignar es como el café: engancha, activa y, encima, se sirve en taza grande.

Y aquí viene lo divertido, lo tierno, lo trágico y lo español: que una parte de la política descubrió que gobernar contra una parte del país es rentable. Es un truco viejo, pero funciona. No “vamos a mejorar la vida”, sino “vamos a tener un culpable oficial”. Y ese culpable va rotando, como el menú del día.

A menudo, el enemigo de temporada acaba siendo el mismo: el empresario, el autónomo, el que emprende, el que produce, el que paga la fiesta, pero además tiene que dar las gracias por la invitación. La narrativa es impecable: si te va mal, es culpa de alguien; y si te va bien, también, porque entonces “algo habrás hecho”. España es el único país donde puedes ser villano por tener una empresa y también por tener una nómina, dependiendo del minuto y del programa.

Gestionar es una cosa poco fotogénica: presupuestos, reformas, prioridades. No tiene épica, no tiene villano, no tiene música de tráiler. Así que, en vez de arreglar la fuga, se convoca una mesa de diálogo sobre el agua y se culpa al vecino por mojar el suelo.

Y luego está el tema del “argumento” histórico. Hubo una época en la que el mundo tenía un guion fácil: comunismo vs. capitalismo, Guerra Fría, bloques, bandos. Cayó el Muro de Berlín y quedó algo bastante claro para cualquiera con ojos: el comunismo, como sistema, no funcionaba. Si funcionara, habría colas para entrar. Pero las colas eran para salir.

¿Qué pasa cuando se te cae el gran enemigo clásico? Pues que, si tu política depende de tener un enemigo, tienes que inventarte otro. Porque sin enemigo no hay relato; y sin relato no hay movilización; y sin movilización no hay poder. Así que el capitalismo, que ya no podía ser “el monstruo”, porque era el sitio al que quería ir todo el mundo, se volvió… “matizable”. Y se sustituyó por enemigos más manejables, más cercanos, más útiles para pelear en casa: el emprendedor, el que no piensa como tú, el que te cuestiona, el que no compra el paquete completo.

Lo más eficaz de esta nueva política no es que convenza: es que enfrenta. Te deja con la sensación de que el vecino no es vecino: es sospechoso. Que quien vota distinto no es distinto: es peligroso. Y así, mientras nos miramos como si fuéramos bandos de una película mala, los problemas reales siguen ahí: vivienda, impuestos, productividad, futuro, servicios. Pero, tranquilos, que hay bronca para taparlo.

Al final, lo preocupante no es que haya izquierdas y derechas. Eso es normal. Lo preocupante es que la izquierda actual, especialmente en su versión más radical y en el “modo Sánchez”, ha llevado al máximo esa idea de gobernar “contra”: contra unos para cohesionar a otros; contra una parte para fidelizar a la otra. Al que curra se le pasa la factura; al que grita se le pone la medalla. Es una estrategia perfecta… si tu objetivo es seguir en el poder. Es pésima si tu objetivo es construir país.

Porque un país no se sostiene a base de “ellos” y “nosotros”. Un país se sostiene con algo menos sexy, pero más útil: gestión, reglas claras, respeto y una mínima idea de que el que no piensa como tú sigue siendo español.