Opinió

El collar de macarrones también tiene derecho a existir

Hay debates modernos que una no sabe si tomarse en serio o acompañar directamente con un ibuprofeno. Uno de ellos es el del Día de la Madre en los colegios. Ese momento en el que, de pronto, una manualidad infantil con pegamento de barra, cartulina torcida y purpurina criminal se convierte en asunto de Estado.

Mamá y su estupendo collar de macarrones
photo_camera Mamá y su estupendo collar de macarrones

Antes, el Día de la Madre consistía en que tu hijo salía del colegio con una bolsa de papel, cara de misterio y los dedos todavía pegajosos de cola blanca. Te entregaba aquello con una solemnidad de embajador noruego y tú abrías el paquete sabiendo que dentro podía haber cualquier cosa: un marco de fotos con lentejas o el clásico collar de macarrones.

El collar de macarrones, sí. Ese complemento que no combinaba con nada salvo con la maternidad más resignada. Una joya artesanal que olía vagamente a témpera, infancia y amenaza de dermatitis. Era feo, claro. Era una mierda, también. Pero era tu mierda. Y eso, perdonen, tenía un valor sentimental incalculable.

Ahora, en cambio, parece que todo hay que pasarlo por el comité emocional de la prudencia universal. Que si no se puede celebrar el Día de la Madre porque hay niños que no tienen madre. Que si no se puede hacer regalo porque hay familias diversas. Que si el niño puede sentirse mal. Que si mejor que cada uno lo trabaje en casa. Que si el colegio no debe fomentar modelos familiares tradicionales.

Nadie está diciendo que todos los niños vivan la misma realidad, que todas las familias tengan madre, padre, perro, ficus y mantel de cuadros. La vida es compleja, las aulas también, y hay niños con historias distintas. Eso no se discute. Lo que chirría es esta manía de solucionar cualquier posible herida borrando la celebración entera, como si la emoción humana fuera una baldosa mojada que hay que señalizar con un cono amarillo.

Porque entonces, ¿qué hacemos con todo?

¿Cancelamos el Día del Padre porque hay padres ausentes, padres muertos, padres que se fueron a por tabaco y volvieron con otra familia? ¿Cancelamos Navidad porque hay niños que no reciben regalos? ¿Cancelamos los cumpleaños porque alguno no tiene fiesta? ¿Cancelamos las excursiones porque no todos pueden pagarlas? ¿Cancelamos la vida, ya que estamos, porque viene bastante mal organizada de fábrica?

La escuela, precisamente, debería enseñar a convivir con realidades distintas, no a meterlas debajo de la alfombra con una nota circular redactada en tono “estimadas familias, nos hemos vuelto todos de porcelana”. Se puede celebrar el Día de la Madre explicando que hay madres, abuelas, tías, padres que hacen de madre, madres que ya no están, madres biológicas, madres adoptivas, madres que cuidan, madres que sostienen, madres que llegan tarde y madres que hacen lo que pueden. Que es, básicamente, la definición universal de madre: alguien haciendo lo que puede mientras busca las llaves, contesta un WhatsApp y se pregunta si ha comprado leche.

El problema no es el collar de macarrones. El problema es que hemos convertido cualquier gesto sencillo en un campo minado.

Yo soy madre. Y sí, a mí me hacía ilusión que mis hijos me trajeran del colegio ese regalo absurdo. No porque necesitara una joya de pasta seca para completar mi outfit, gracias. No porque pensara “por fin, bisutería italiana de autor”. Me hacía ilusión porque venía de ellos. Porque habían estado allí, en una mesa del colegio, concentrados, pegando cosas torcidas, eligiendo colores imposibles, escribiendo “mamá te quiero” con una caligrafía que parecía hecha durante un terremoto.

Y eso era precioso.

Precioso no en el sentido Pinterest de la palabra, claro. Precioso de verdad. De ese precioso que no queda bien en una foto pero se guarda en un cajón durante años porque una madre puede tirar muchas cosas, pero no una cartulina con una mano estampada en pintura verde fosforito. Eso va contra el código penal emocional.

Además, seamos honestos: los regalos del Día de la Madre hechos en el colegio nunca fueron bonitos. Eran entrañables, que es otra categoría. Una categoría mucho más peligrosa, porque te desarma. Tú mirabas aquello, una flor de papel con purpurina cayéndose como caspa festiva, y pensabas: “Esto es objetivamente horrible”. Y acto seguido lo ponías en la nevera como si fuera una obra de arte contemporáneo.

Porque la maternidad va de eso. De fingir entusiasmo ante una piedra pintada. De llevar un broche de goma eva que parece un accidente industrial. De decir “qué bonito” mientras piensas que tu hijo quizá no será diseñador gráfico, pero oye, te quiere.

Y esa ilusión también cuenta.

Parece que las madres tengamos que pedir perdón incluso por emocionarnos con lo pequeño. Por querer nuestro día. Por sonreír ante un regalo cutre. Por esperar, aunque sea una vez al año, que alguien nos mire y diga: “Esto es para ti”. No hace falta un homenaje con violines. Basta con un dibujo, una tarjeta, una flor de cartulina, un macarrón atravesado por un hilo. Lo mínimo. Lo ridículo. Lo nuestro.

Por supuesto que hay que cuidar a los niños que no tienen madre, o que tienen una historia dolorosa con ella. Por supuesto que hay que hacerlo con tacto. Pero cuidar no siempre significa borrar. A veces cuidar significa ampliar. Decir: “Este regalo puede ser para mamá, para la abuela, para tu tía, para quien te cuida, para quien tú quieras”. Mira qué revolución tan complicada: usar el sentido común sin convocar una asamblea.

Lo que no podemos hacer es vivir permanentemente arrodillados ante la posibilidad de que algo incomode. Porque la vida incomoda. La familia incomoda. Los domingos incomodan. Los grupos de madres del colegio incomodan muchísimo y ahí siguen.

El Día de la Madre no debería ser una batalla cultural. Debería ser un gesto sencillo. Un niño saliendo del cole con una manualidad sospechosa. Una madre haciendo teatro del bueno al abrirla. Un “me encanta” dicho con lágrimas en los ojos y cierta preocupación estética. Un cajón lleno de cosas feas que no se pueden tirar porque ahí dentro hay años, manos pequeñas y amor sin barnizar.

Así que sí: devolvednos el collar de macarrones.

No por nostalgia rancia. No por defender tradiciones con olor a alcanfor. Por defender algo mucho más simple: el derecho de un niño a hacer una chapuza con cariño y el derecho de una madre a emocionarse como una idiota con ella.

Que bastante hacemos ya fingiendo que sabemos qué hay para cenar.