Opinió

El grito sustituye a la política

Hay un comentario que me ronda desde hace días: “El grito se utiliza más para intentar mantener la disciplina o el silencio que para realmente educar. En todo caso, no ayuda.”
Y, curiosamente, tras las elecciones celebradas ayer en Aragón, esa frase parece describir no solo un estilo educativo, sino también un estilo político.

Cansados de los gritos de nuestros políticos
photo_camera Cansados de los gritos de nuestros políticos

Porque lo que hemos visto en esta campaña, y en la reacción inmediata a los resultados, es que demasiados partidos han optado por elevar la voz en lugar de elevar las propuestas. El grito como herramienta de control, como forma de marcar territorio, como demostración de fuerza. Pero no como vía para construir nada.

Los partidos que se sitúan en el centro y apuestan por la reformas, ese espacio que prioriza el interés ciudadano por encima del partidario, tienen ahora una responsabilidad enorme.

No podemos permitir que la política se convierta en un intercambio de gritos entre bloques que solo buscan debilitar al contrario, aunque eso implique debilitar también a la sociedad.

El centro no grita.
El centro escucha, negocia, construye, corrige, pacta.
El centro entiende que gobernar no es vencer, sino servir.

Y en Aragón, como en tantos otros territorios, se abre una ventana para demostrar que otra forma de hacer política es posible.

En estas elecciones ha quedado claro que el Partido Popular ha orientado buena parte de su estrategia a subrayar la fragilidad del PSOE, más que a presentar un proyecto sólido para Aragón. Es una táctica legítima dentro del juego político, pero profundamente insuficiente para quienes creemos que la política debe centrarse en resolver problemas reales, no en exhibir las grietas del adversario.

El PSOE, por su parte, sigue atrapado en un proceso interno de desgaste que no consigue revertir. No logra proyectar estabilidad ni rumbo, y eso lo percibe la ciudadanía. La autodestrucción, cuando se prolonga, deja de ser un accidente y se convierte en un hábito.

Mientras tanto, el avance de VOX, un partido populista de extrema derecha, debería preocuparnos a todos. No por su mera existencia, sino por lo que revela: una parte de la sociedad siente que nadie la escucha, que nadie la representa, que nadie responde a sus miedos o a su enfado.

Cuando la política moderada calla, el populismo grita.
Y cuando el populismo grita, arrastra.

No basta con criticarlo; hay que ocupar el espacio que deja libre la política tradicional cuando se enreda en sus luchas internas.

Si el grito no educa, tampoco construye país.
La política que grita solo busca imponer silencio, no generar consenso.
La política que grita no escucha, no aprende, no mejora.

Aragón necesita, España necesita, una política que hable con la ciudadanía, no sobre la ciudadanía.
Una política que no utilice el grito para disciplinar, sino la palabra para convencer.
Una política que no se obsesione con debilitar al rival, sino con fortalecer a la sociedad.

Los partidos de centro y reformistas, tienen la oportunidad, y la obligación, de liderar ese cambio.
De demostrar que se puede gobernar sin ruido, sin trincheras, sin miedo.
De recordar que la política, cuando se hace bien, no necesita gritar para hacerse oír.