Las autonómicas de Extremadura y Aragón son un ejemplo claro de esta deriva. El retroceso de la izquierda no se traduce en un crecimiento equivalente del Partido Popular, y sin embargo la ultraderecha continúa escalando posiciones. El viejo bipartidismo, incapaz de renovarse y atrapado en sus inercias, ha contribuido a este escenario: décadas de promesas incumplidas, de luchas internas y de gobiernos más pendientes de su equilibrio interno que de las necesidades reales de la ciudadanía. Ese desgaste ha empujado a muchos votantes tradicionales a buscar refugio en opciones extremas, mientras otros simplemente han decidido desconectar.
El riesgo es evidente: repetir patrones que ya conocemos demasiado bien. Cuando la política se convierte en un combate permanente entre bandos, cuando el debate se reduce a etiquetas de colores y cuando la gestión queda relegada a un segundo plano, el país retrocede. No hacia el pasado idealizado que algunos prometen, sino hacia un tiempo oscuro donde la crispación era norma y la convivencia, un lujo.
Por eso vuelve a cobrar sentido la idea de un centro político fuerte, reformista y pragmático. No un centro tibio o ambiguo, sino uno capaz de ofrecer estabilidad, moderación y soluciones reales. Un espacio que no viva de la confrontación, sino del trabajo; que no aspire a ocupar sillones, sino a recuperar la confianza de quienes hoy se sienten huérfanos de representación. En ese contexto, proyectos nuevos como Cree pueden encontrar un terreno fértil: ideas claras, propuestas centradas en la economía, la estabilidad institucional y un futuro próspero para los españoles.
Quizá ha llegado el momento de dejar atrás las guerras de rojos y azules, ahora verdes, morados o rosas. De asumir que el país necesita menos épica partidista y más política útil. De volver a confiar en un centro reformista que ya demostró en su día que podía ser una alternativa real cuando la situación lo exigía. Y hoy, con una sociedad cansada y un clima político cada vez más enrarecido, la urgencia es evidente.