La política también se decide en la sombra

Silvia Orriols y Santiago Abascal

En política, el poder es el árbol. Pero la sombra también se disputa. Y cada vez más partidos parecen entender que, a veces, es el lugar más rentable.

Todos los partidos políticos dicen querer gobernar. Es la ambición oficial, el objetivo que se proclama en cada campaña. Pero la realidad suele ser más compleja. Gobernar significa subirse al árbol del poder: decidir, negociar, asumir errores y pagar el desgaste. No todos los partidos viven cómodos ahí arriba. Algunos crecen mejor en otro lugar: la sombra del árbol.

VOX ha construido buena parte de su trayectoria política en ese espacio. Su irrupción en 2019 fue fulgurante: 52 escaños en el Congreso y la consolidación de una nueva derecha política con un discurso de confrontación directa contra el consenso surgido tras la Transición. Unidad nacional, crítica a la inmigración irregular, cuestionamiento de las autonomías y rechazo frontal a la política tradicional. Ese mensaje encontró un electorado fiel y movilizado. Pero también dejó claro, con el tiempo, un límite.

En las elecciones generales de 2023 VOX cayó a 33 diputados. Sigue siendo una fuerza importante, pero el resultado dibuja un techo evidente. Su apoyo es intenso, pero no lo suficientemente amplio como para construir mayorías. Ni siquiera la suma con el Partido Popular permitió un cambio de gobierno.

La explicación no es solo parlamentaria. También es sociológica. El voto de VOX es fuerte en determinados segmentos —especialmente entre hombres jóvenes— pero mucho más débil en otros grupos decisivos del electorado. Esa asimetría complica cualquier salto hacia una mayoría social más amplia. A esto se suma una tensión dentro de su propio electorado. No todos esperan lo mismo del partido.

Para una parte de sus votantes, VOX es un instrumento de presión sobre el Partido Popular. Una fuerza que empuja al bloque conservador hacia posiciones más duras, pero que puede aceptar pactos si eso permite gobernar.

Para otros, en cambio, el objetivo es distinto. No se trata de gestionar el sistema político nacido tras la Transición, sino de cuestionarlo. Desde esa perspectiva, pactar con el PP puede verse como una renuncia a la ruptura que esperan. Entre esas dos expectativas se mueve la estrategia del partido. Y ahí vuelve la metáfora.

El árbol es el poder: aprobar presupuestos, gestionar crisis, negociar leyes. La sombra es el lugar desde el que se critica al árbol sin cargar con su peso.

VOX ha demostrado moverse con comodidad en esa sombra. Desde la oposición puede mantener un discurso duro, coherente y movilizador. Gobernar implicaría negociar, moderar posiciones y asumir contradicciones. Y ese proceso suele desgastar precisamente aquello que alimenta a los partidos de protesta: la sensación de pureza política. Por eso la sombra no parece para VOX una simple estación de paso. Es un espacio político que le permite maximizar apoyo sin asumir el desgaste cotidiano del poder. Pero la sombra nunca permanece vacía demasiado tiempo.

En Catalunya empieza a aparecer un competidor en ese mismo terreno. VOX entró con fuerza en el Parlament en 2021, pero su crecimiento posterior se ha estabilizado. Y en ese escenario ha emergido un nuevo actor: Aliança Catalana, el partido liderado por Sílvia Orriols.

Su fórmula es particular. Combina independentismo con un discurso muy duro sobre inmigración, seguridad e identidad cultural. Ocupa, en esencia, el espacio emocional de la protesta política, pero lo hace desde una identidad inequívocamente catalana. En una comunidad donde el factor nacional sigue siendo determinante, ese matiz puede ser decisivo.

Si ese espacio de voto identitario y de confrontación se reorganiza en clave catalanista, VOX podría encontrarse con una competencia inesperada. No necesariamente en todo el mapa electoral, pero sí en el terreno simbólico de la radicalidad política. Dicho de otra forma: también en la sombra hay competencia.

Mientras los partidos que aspiran a gobernar se suben al árbol y cargan con el peso del poder, otros se disputan el lugar más cómodo: el espacio desde el que criticar al árbol sin tener que sostenerlo.

Al final, la cuestión no es quién quiere gobernar. La cuestión es quién consigue vivir mejor bajo el árbol… sin tener que cargar con su peso.