Opinió

¿Qué les estamos diciendo a nuestros jóvenes?

Hay mensajes que no se pronuncian en voz alta, pero se gritan con los hechos. Y pocos gritos son tan ensordecedores como el que escuchan muchos jóvenes cuando observan el paisaje político y administrativo que los rodea. Estudian, se forman, acumulan másteres como quien apila leña para un invierno que no llega… y, al levantar la vista, descubren que los puestos clave están ocupados por rostros familiares, militantes fieles o amigos bien situados. Personas con currículos livianos y contactos pesados.

Manosear la Educación está saliendo cara a nuestra juventud

Es paradójico que se les exija excelencia en un sistema que premia la proximidad. Se les habla de meritocracia en un escenario donde el mérito entra por la puerta de atrás, si es que entra.

La juventud aprende rápido. Más rápido de lo que creemos. Y no aprende tanto de los discursos institucionales como de los ejemplos cotidianos. Cuando ve que consejos de administración, altos cargos o puestos estratégicos de la administración pública se llenan por afinidad política y no por competencia técnica, interioriza una lección demoledora: el esfuerzo es opcional; la lealtad es imprescindible.

Ese aprendizaje no es neutro. Es una pedagogía inversa. Enseña que la formación es decorativa, que el talento es prescindible y que la verdadera carrera profesional no se cursa en universidades ni en centros de formación, sino en sedes de partido y círculos de confianza. El ascensor social, en lugar de botones, tiene contraseñas.

El antagonismo no podría ser más claro: por un lado, jóvenes hiperformados, políglotas a los que se les exige formación para competir por oportunidades que, en demasiados casos, no se adjudican por méritos, sino por amiguismo o militancia y por otro, élites improvisadas, bien remuneradas y blindadas por la afinidad ideológica. Un contraste que no solo indigna, sino que erosiona.

Se predica la cultura del esfuerzo mientras se premia la proximidad. Y cuando el ejemplo contradice al discurso, el discurso deja de educar y empieza a sonar hueco.

Los casos se repiten con una regularidad inquietante. Contrataciones en estructuras públicas sin perfiles técnicos claros, puestos diseñados a medida con requisitos tan específicos que solo una persona puede cumplirlos, cargos asignados a dedo —a veces sin remuneración— que funcionan como antesala de ascensos futuros. Gestores sin experiencia real al frente de organizaciones complejas, con resultados previsibles: ineficiencia, deterioro y descrédito.

¿Y qué produce este espectáculo repetido? Cinismo. Desafección. Una sospecha permanente hacia las instituciones. El joven que observa este sistema no siempre se rebela; a menudo se adapta. Aprende a no creer. A simular. A pensar que las reglas son un decorado y que lo importante es encontrar el atajo adecuado.

Otros, quizá los más valiosos, se marchan. No siempre por ambición económica, sino por dignidad profesional. Emigran como quien abandona una casa donde el esfuerzo ya no abre ninguna puerta. El país pierde talento y gana obediencia. Un mal negocio, aunque algunos lo celebren a corto plazo.

Transmitir que los puestos bien pagados y de alta responsabilidad no requieren preparación, sino afinidad, tiene un efecto corrosivo. No solo desincentiva el estudio; degrada la gestión pública y privada. Porque dirigir sin saber es como pilotar un avión sin formación: puede que despegue, pero el aterrizaje suele ser traumático. Y colectivo.

Combatir el clientelismo y el amiguismo no es solo cuestión de leyes, aunque las leyes importan. Es, sobre todo, una batalla cultural. Exige incomodar, romper lealtades mal entendidas y aceptar que la amistad no es un criterio político. Exige, también, coherencia: no se puede predicar el esfuerzo mientras se premia la cercanía.

Además, se rompe un pacto silencioso entre generaciones. A los jóvenes se les pide paciencia, sacrificio y resiliencia, mientras se les muestra que otros han llegado sin nada de eso. La frustración que nace ahí no es pasajera; es política, social y profundamente emocional. Porque al final, la política —como la historia— no se juzga por lo que dice defender, sino por lo que realmente recompensa.

Todo lo anterior me genera como mínimo, dos preguntas: ¿Qué sociedad estamos construyendo si el ejemplo que damos es que el mérito estorba y la competencia molesta? ¿Qué futuro puede esperar a un país que enseña a sus jóvenes que esforzarse es ingenuo y que prepararse es casi un error estratégico?

Tal vez las respuestas no sean cómodas. Pero ignorarlas es aún peor. Porque los jóvenes no solo escuchan lo que les decimos: “leen” con precisión lo que hacemos. Y en ese texto implícito, hoy por hoy, el esfuerzo aparece subrayado… y tachado a la vez.