La vergüenza de Rodalies

Llegará el tren o no llegará

Si alguien quisiera explicar cómo se degrada un servicio público hasta convertirse en una rutina de resignación colectiva, probablemente bastaría con mirar a Rodalies. Lo que debería ser la columna vertebral de la movilidad diaria de cientos de miles de personas se ha convertido en un ejercicio constante de paciencia, incertidumbre y enfado. Cada semana parece traer una nueva incidencia, una nueva excusa y, sobre todo, una nueva demostración de que el sistema lleva demasiado tiempo funcionando al borde del colapso.

Las últimas escenas de esta tragicomedia ferroviaria han vuelto a tener lugar en la línea R3. Primero, se abre el miércoles el tráfico entre la Garriga y Ripoll de la R3 de Rodalies y, a las pocas horas, la circulación volvió a verse afectada por la caída de rocas sobre la vía. Poco después, en la misma línea, en La Garriga, se produce la caída parcial de un puente que obliga a interrumpir el tráfico rodado (el servicio hace meses que no circula hacia el sur), afortunadamente sin daños físicos, dejando claro que algunas infraestructuras parecen mantenerse en pie más por costumbre que por mantenimiento. Incidencias distintas, misma sensación: que el problema ya no es puntual, sino estructural.

Pero sería injusto fingir sorpresa. Rodalies arrastra una larga colección de averías, retrasos crónicos y episodios surrealistas que los usuarios conocen demasiado bien. Trenes que no llegan, trenes que se detienen en mitad del trayecto, estaciones cerradas durante horas y líneas paralizadas por robos de cobre que evidencian hasta qué punto la red ha quedado expuesta al deterioro. Durante años, cada incidente se ha tratado como un caso aislado, cuando en realidad todos forman parte del mismo problema acumulado.

El deterioro alcanzó su punto más dramático con el desprendimiento de un muro en Gelida, un accidente que acabó con la vida de un maquinista. Aquello debería haber sido un punto de inflexión definitivo, una señal inequívoca de que la situación había superado cualquier margen de tolerancia. Sin embargo, el paso de los meses ha demostrado que incluso una tragedia así no ha servido para cambiar el ritmo al que se actúa ni la sensación de abandono que pesa sobre la red.

Mientras tanto, miles de usuarios siguen dependiendo cada día de un servicio que parece vivir permanentemente al límite. Quien toma Rodalies no espera ya puntualidad ni comodidad: espera, simplemente, que el tren circule. Y ni siquiera eso está garantizado. La normalización del mal funcionamiento es quizá el síntoma más preocupante de todos, porque indica que el sistema ha dejado de exigir estándares dignos de un transporte público moderno.

La vergüenza de Rodalies no es solo la suma de incidencias, sino la persistencia de un problema que se arrastra año tras año sin soluciones a la altura. Una red ferroviaria no se deteriora de la noche a la mañana; lo hace lentamente, a base de decisiones aplazadas, inversiones insuficientes y responsabilidades que se diluyen. El resultado es el que hoy conocen los usuarios: un servicio esencial que funciona demasiado a menudo como si fuera provisional.