La gran mentira del «gobierno para todos»

gobierno para todos

Existe una frase hecha que se ha convertido en el gran cliché de la política moderna. Da igual el partido, el color o el país. La escena siempre es la misma: balcón, banderas, sonrisas ensayadas y confeti flotando en el aire. Entonces llega el momento solemne y el dirigente recién elegido pronuncia las palabras mágicas: «A partir de mañana gobernaré para todos; para quienes me votaron y para quienes no».

Es una frase perfecta para la televisión: amable, tranquilizadora y cuidadosamente diseñada para desactivar la crítica desde el primer minuto. El problema es que la realidad tarda muy poco en desmontar el decorado.

Porque, como decía Julio Anguita con su habitual crudeza y lucidez: «Quien dice que gobierna para todos… miente». Y tenía razón.

La política no se construye sobre declaraciones sentimentales, sino sobre decisiones concretas: presupuestos, subvenciones, contratos, impuestos, leyes y prioridades. Gobernar consiste precisamente en elegir. Y cada elección implica favorecer unos intereses frente a otros. No existe la neutralidad política.

La primera gran mentira es creer que el interés general ocupa siempre el centro de esas decisiones. Con demasiada frecuencia no es así.

Antes que el ciudadano, antes que el barrio, antes que el país e incluso antes que el propio partido, muchos gobernantes terminan gobernando para sí mismos. Para conservar el cargo, proteger su imagen, blindar su futuro político y evitar cualquier desgaste que amenace su permanencia en el poder. Todo lo demás queda subordinado a esa lógica de supervivencia. Caiga quien caiga.

Si una decisión beneficia al conjunto, pero amenaza la continuidad del líder, se descarta. Si una medida es necesaria, pero resta votos se aplaza. Si un problema puede ocultarse hasta después de las elecciones, se maquilla o se esconde. La lógica del poder no suele ser resolver, sino conservarse.

A partir de ahí se despliega el verdadero orden de prioridades. Primero, uno mismo. Después, el círculo de fieles que sostiene el aparato. Más tarde, los compromisos políticos, económicos y personales acumulados durante años. Luego, la maquinaria del partido, que reclama espacios de influencia y cuotas de poder. Y solo al final aparecen… el resto de los ciudadanos, convertidos en una categoría abstracta a la que se invoca en los discursos con buenas palabras, campañas publicitarias y eslóganes cuidadosamente fabricados para aparentar una unidad que casi nunca existe, pero que rara vez ocupa el primer lugar cuando llega la hora de decidir.

Porque gobernar implica elegir. Y elegir significa que unos se benefician mientras otros asumen el coste. No se puede defender al mismo tiempo la especulación y el acceso real a la vivienda. No se puede proteger con la misma intensidad al gran poder económico y al trabajador precarizado. No se puede multiplicar el gasto en propaganda mientras se deterioran los servicios públicos y seguir afirmando que se actúa pensando en todos.

Cada decisión política crea ganadores y perdedores. Siempre. Por eso, cuando un gobernante insiste demasiado en que gobierna «para todos», conviene preguntarse para quién está gobernando realmente.

Quizá el problema no sea que los políticos mientan —algo que muchos ciudadanos ya descuentan—, sino que la sociedad siga aceptando esa ficción infantil como si todavía conservara alguna credibilidad.

La democracia necesita menos frases de balcón y más honestidad. Menos marketing político y más ciudadanos dispuestos a cuestionar el relato oficial, incluso cuando resulte cómodo creerlo. Porque el llamado «gobierno para todos» no es un ideal incumplido ni una aspiración frustrada. Es una ficción útil para quien ejerce el poder y una ilusión cómoda para quien prefiere no hacerse demasiadas preguntas.

Tal vez el verdadero problema no sea la mentira política, sino la costumbre colectiva de aceptarla sin discutirla.