Semana Santa y paciencia
Hay frases que nacen con vocación de epitafio, y la de mi amigo —“en esta Semana Santa hace falta más paciencia que un santo”— no es una excepción: describe el país mejor que cualquier informe del INE, pero con más incienso y menos vergüenza.
Porque llega la Semana Santa y España entra en ese estado de suspensión moral en el que todo se justifica: el atasco no es atasco, es recogimiento; el retraso no es incompetencia, es tradición; y el sablazo del billete no es abuso, es penitencia. Aquí no viajamos: peregrinamos. Aunque el destino sea Benidorm y el único milagro esperado sea encontrar sitio para aparcar.
Las carreteras, por ejemplo. No se colapsan: desfilan. Kilómetros de coches avanzando con la solemnidad de un paso procesional, pero sin banda de música que lo dignifique. El conductor medio, atrapado entre un camión y un SUV con más fe que intermitentes, empieza acordándose de todos los santos del calendario… y termina inventando nuevos.
Luego está el tren, ese acto de fe sobre raíles. Comprar un billete se ha convertido en una especie de indulgencia plenaria: pagas, esperas, y rezas para que algo —lo que sea— funcione. La puntualidad es ya una reliquia, y la seguridad, un concepto que se menciona en voz baja, como si fuera de mala educación pedirla en voz alta. “Llegarás”, te dicen. Pero no especifican ni cuándo ni cómo, que también tiene su misterio.
Y si decides volar, prepárate para el verdadero vía crucis: precios que ascienden más rápido que cualquier resurrección. El billete de avión ha dejado de ser un medio de transporte para convertirse en una experiencia espiritual completa. Pagas una fortuna, haces cola como acto de humildad, y finalmente te sientas en un asiento diseñado por algún enemigo íntimo de la columna vertebral. Eso sí, con vistas al ala, por si quieres reflexionar sobre lo efímero de la vida.
En este país hemos conseguido algo admirable: convertir el caos en costumbre y la resignación en virtud. Nos dicen que tengamos paciencia, y la tenemos. Nos dicen que es lo que hay, y asentimos. Nos dicen que todo funciona “razonablemente bien”, y lo repetimos como un mantra, no vaya a ser que alguien se atreva a comprobarlo.
Así que sí, tiene razón mi amigo: hace falta más paciencia que un santo. Pero no por devoción, sino por supervivencia. Porque aquí, en lugar de mejorar las cosas, preferimos canonizar la espera.
Y mientras tanto, seguimos avanzando, lentamente, como en procesión. Eso sí, sin saber muy bien si vamos hacia la redención… o simplemente hacia el siguiente peaje, lo paguemos en monedas o en paciencia.