Diez años de Puigdemont: de esperanza del postpujolismo al naufragio del espacio convergente
En enero de 2016, Carles Puigdemont fue investido president de la Generalitat de Catalunya casi por sorpresa. Alcalde de Girona, perfil ideológico nítido pero sin un gran peso orgánico, emergía como una figura de consenso tras el veto de la CUP a Artur Mas. Diez años después, su trayectoria simboliza como pocas el tránsito del nacionalismo catalán desde la herencia de Jordi Pujol hasta la fragmentación y el declive del espacio que un día representaron Convergència i Unió y, más tarde, Junts per Catalunya.
El relevo inesperado del postpujolismo
Puigdemont llegó al Palau de la Generalitat en un momento de crisis profunda del catalanismo tradicional. El escándalo de corrupción que afectó al legado de Jordi Pujol, sumado al desgaste de Convergència, había dejado huérfano a un amplio sector del electorado nacionalista. En ese contexto, Puigdemont fue percibido como una figura de renovación: independentista sin complejos, periodista de profesión, con discurso internacionalista y ajeno —al menos en apariencia— a las sombras del pujolismo.
Durante sus primeros meses, encarnó la esperanza de reconstruir un liderazgo moral y político que conectara la tradición de gobierno con la nueva pulsión soberanista.
Del pragmatismo al choque frontal
Ese intento de síntesis duró poco. El procés aceleró todas las contradicciones. Puigdemont pasó de ser un president de transición a liderar la etapa más rupturista del independentismo institucional. El referéndum del 1 de octubre de 2017 y la posterior declaración unilateral de independencia marcaron un punto de no retorno.
La aplicación del artículo 155 y su huida a Bélgica transformaron su figura: de president autonómico a símbolo del independentismo en el exilio. Para muchos, se convirtió en un referente épico; para otros, en el dirigente que condujo al catalanismo de gobierno a un callejón sin salida.
El hundimiento definitivo de CiU
Si CiU ya estaba herida de muerte, el ciclo político que se abre con Puigdemont certifica su desaparición definitiva. El espacio convergente se fragmenta: primero CDC, luego PDeCAT, finalmente Junts. Lejos de recomponer la centralidad política que durante décadas había ocupado el nacionalismo moderado, el liderazgo de Puigdemont empuja a Junts hacia una lógica de confrontación permanente.
En ese proceso, el partido pierde su condición de fuerza hegemónica, su implantación territorial tradicional y su papel de bisagra en la política catalana y española.
Junts: liderazgo personal, debilidad estructural
Diez años después de su investidura, Puigdemont sigue siendo el principal activo —y a la vez el principal límite— de Junts. Su liderazgo es indiscutido, pero profundamente personalista. El partido gira en torno a su figura, sin un proyecto claro de relevo ni una estrategia compartida más allá de la presión constante sobre el Estado, sobre España.
Electoralmente Junts resiste, pero ya no manda. Ha pasado de dirigir la Generalitat a disputar la hegemonía dentro del propio independentismo, mientras el espacio que un día ocupó CiU como gran partido de gobierno permanece vacío, teóricamente.
Porque, en la práctica, Aliança Catalana de Silvia Orriols va a tomar su relevo en votos, aunque no en la ocupación de ese espacio central que se ha “derechizado”. Curiosamente, ahora la centralidad en Cataluña la representa Salvador Illa y su PSC.
Balance de una década
La década de Puigdemont es, en buena medida, la crónica del declive del catalanismo que gobernó Cataluña durante más de treinta años. De la esperanza de regeneración postpujolista al colapso del espacio convergente; del pragmatismo institucional al simbolismo del exilio; de la centralidad política a la marginalidad estratégica.
Puigdemont no solo es un protagonista de estos diez años: es el espejo de un proyecto político que, incapaz de reinventarse, acabó consumido por sus propias promesas. Puigdemont es la viva imagen de un ”cadáver político” a punto de ser enterrado por su exceso de ego y por una de sus exfieles seguidoras: Silvia Orriols.