Europa ante Trump: cómo dejar de ser el objetivo fácil

Europa asustada, EEUU envalentonada

Cada vez que Donald Trump eleva el tono contra Europa —ya sea en materia comercial, de defensa o incluso territorial— surge la misma pregunta: ¿por qué se atreve con los aliados, pero no con Rusia? La respuesta es incómoda, pero clara: porque puede.

Trump no actúa movido por impulsos ideológicos ni por afinidades morales. Su lógica es estrictamente transaccional. Presiona allí donde el coste es bajo y evita los conflictos donde el precio puede ser alto. Rusia es una potencia nuclear, con capacidad de represalia real. Europa, en cambio, aparece ante sus ojos como un actor fragmentado, dependiente y reacio al conflicto. Un “objetivo fácil”.

Este diagnóstico no es una crítica emocional; es un análisis de poder. Y si Europa quiere cambiar esa dinámica, debe dejar de responder con indignación y empezar a hacerlo con estrategia.

El principal problema europeo no es la falta de recursos, sino la falta de unidad política efectiva. Mientras los Estados miembros negocien bilateralmente con Washington buscando ventajas particulares, la capacidad de presión conjunta se diluye. Cuando Europa habla con una sola voz —como ha ocurrido en el ámbito regulatorio o comercial— incluso Estados Unidos se ve obligado a escuchar. El tamaño del mercado europeo sigue siendo una de las mayores palancas de poder del mundo, pero solo funciona si se usa como bloque.

La segunda gran debilidad es la dependencia estratégica en defensa. No se trata de romper con la OTAN, sino de asumir que una alianza desequilibrada genera relaciones jerárquicas. Mientras Europa dependa casi por completo de Estados Unidos para su seguridad, la capacidad de decir “no” será limitada. La autonomía estratégica no es antiestadounidense; es una condición mínima para una relación entre iguales.

A ello se suma el factor económico. Trump respeta el poder cuando este se traduce en costes concretos. Aranceles, regulación tecnológica, control de sectores estratégicos o respuesta coordinada ante presiones comerciales son herramientas legítimas que Europa ha utilizado con timidez. Sin embargo, la experiencia demuestra que cuando se aplican con firmeza, el tono desde Washington cambia de inmediato.

La energía también ha sido, históricamente, un flanco débil. La dependencia externa ha reducido la soberanía política y ha facilitado la presión geopolítica. Las lecciones de las crisis recientes son claras: diversificación, interconexión y capacidad propia no son solo políticas energéticas, sino instrumentos de poder.

Nada de esto implica una confrontación abierta con Estados Unidos. Al contrario: una Europa más fuerte, cohesionada y autónoma es un socio más estable y previsible. La relación transatlántica no se debilita cuando hay límites claros; se degrada cuando uno de los socios se percibe como subordinado.

En última instancia, Trump no es una anomalía, sino un síntoma. Representa una forma de ejercer el poder que probablemente seguirá apareciendo en el futuro, con otros nombres y otros estilos. La pregunta no es cómo frenar a Trump, sino cómo evitar que Europa vuelva a ser el actor al que se presiona porque no responde.

La respuesta no está en los discursos, sino en el coste. Cuando presionar a Europa deje de ser barato, dejará de ser habitual.