Crónicas desde la República Independiente de mi Nariz

Normalmente aprovecho este rincón para hablar de la vida, de las personas, de los hijos, de las relaciones o de esas pequeñas tragedias cotidianas que nos unen como especie. Vamos, de lo que se me canta, hoy, sin embargo, me vais a permitir una pequeña excepción. Porque cuando una pasa dos días respirando como un acordeón roto y consumiendo pañuelos a una velocidad que haría temblar los bosques de Escandinavia, siente la necesidad moral de dejar constancia escrita de semejante experiencia.

Así que hoy vengo a rendir homenaje a algo bastante menos inspirador que el amor, la amistad o el crecimiento personal, pero infinitamente más presente en mi vida durante las últimas cuarenta y ocho horas: mis mocos.

Sé que no es el tema más glamuroso del mundo. Tampoco lo era el divorcio y aquí estamos amiguis. Hay momentos en la vida en los que una mujer se plantea grandes preguntas:

¿He encontrado por fin la paz interior?

¿Gestiono mejor mis emociones?

¿Aprendí a poner límites?

Y luego hay otros momentos en los que te despiertas con la nariz tan atascada que lo único que gestionas es un atasco de tráfico entre el seno frontal y el maxilar izquierdo.

Llevo dos días manteniendo una relación intensa, absorbente y muy dependiente con una caja de Kleenex. Nos vemos constantemente. Dormimos juntas. Me acompaña al sofá. Me sigue al escritorio. Empiezo a pensar que conoce más detalles de mi vida que algunas personas de mi entorno.

Porque una cosa es estar resfriada y otra muy distinta es lo que ocurre cuando el cuerpo decide convertirse en una fábrica industrial de mocos. ¿De dónde sale todo eso? Es una pregunta científica que nadie ha querido responder jamás.

Yo no recuerdo haber bebido semejante cantidad de líquido. No he bebido cinco piscinas olímpicas. No he hecho una cata de caldos nasales. Y, sin embargo, ahí está. Producción ininterrumpida. Turnos de mañana, tarde y noche. Una capacidad logística que ya querrían algunas administraciones públicas.

Lo peor es que el resfriado te convierte en una versión extraña de ti misma. Sales de la ducha y ya necesitas sonarte, te suenas, vuelves a sonarte y te vuelves a sonar por si acaso. En algún momento pierdes la noción de si realmente lo necesitas o si ya es un tic nervioso adquirido. Como quien consulta WhatsApp cada tres minutos para comprobar que sigue sin haber mensajes.

Luego está la fase en la que empiezas a negociar con tu propia nariz. "Venga, por favor. Un rato de tregua." Nada. La nariz ha decidido independizarse del resto del cuerpo y gobernarse sola. Y gobierna con mano dura. Mientras tanto, el cerebro funciona con la velocidad de un ordenador de los noventa intentando abrir veinte pestañas de Internet Explorer a la vez.

Tú quieres ser productiva. El resfriado tiene otros planes. Tú abres el portátil. Él te envía un estornudo. Tú intentas concentrarte. Él responde con una congestión que hace que escuches tu propia voz desde dentro del cráneo. Una experiencia que recomiendo exactamente a nadie.

Lo malo es que te das cuenta de que respirar por la nariz era una de esas cosas maravillosas que dabas por sentadas, como tener la espalda bien, dormir ocho horas, o que el WiFi funcione. Nunca agradecemos suficientemente las cosas hasta que desaparecen.

Ahora mismo, si alguien me concediera tres deseos, probablemente los dos primeros serían respirar por los dos agujeros de la nariz a la vez. El tercero ya lo pensaría.

Aunque reconozco que el resfriado también tiene un lado filosófico. Te obliga a bajar el ritmo. A cancelar planes. A quedarte en casa. A asumir que hoy no vas a conquistar el mundo.

Así que aquí estoy. Con una montaña de pañuelos usados que podría ser visible desde satélite. Con una voz que parece haber fumado tres cartones diarios desde 1987. Y con la esperanza de que mañana mi nariz recuerde cuál era su función original.

Porque una mujer puede superar un divorcio, criar adolescentes, enfrentarse a la burocracia y reconstruir su vida desde cero. Pero hay una batalla que nos iguala a todos. Intentar dormir cuando una fosa nasal ha decidido cerrar por inventario.