Cuando tu afición necesita subtítulos
Hay una nueva era de aficiones. Antes la gente coleccionaba sellos, o se apuntaba a clases de media para no pensar en su ex. Hoy no. Hoy queremos hobbies que, además de entretenernos, nos definan (madre mía). Que digan algo sobre nosotros (sea lo que sea). Algo profundo. Algo incomprensible, a poder ser, para poder seguir pensando que somos el regalo del mundo.
Porque ya no basta con pasear. Ahora hay que pasear perros… sin perro. Sí, existe. Se llama Hobby Dogging (o, si lo queremos con pedigrí de modernidad, ghost dog walking). Sales con una correa vacía, caminas con intención y, al parecer, conectas con la energía canina universal o con algo que no ha firmado todavía su convenio colectivo. El objetivo no está claro, pero la postura sí: espalda recta, mirada consciente y aire de persona que sabe algo que tú no.
Y aquí viene lo mejor: hay gente que no solo pasea el vacío, sino que se apunta a clases de adiestramiento. A clases. De adiestramiento. Para adiestrar… ¿qué exactamente? ¿La correa? ¿El aire? ¿Tu capacidad de decir “¡quieto!” con autoridad a un ser que ni siquiera existe?
Imagínate la escena: “No, así no, tienes que marcar límites”. Y tú marcándoselos a la nada, que es un ejercicio muy útil para la vida en general, la verdad. No se los vas a marcar a tus hijos, pero a una correa vacía… barra libre de límites.
Otro invento maravilloso es la equitación… sin caballo. Pero atención, que aquí hay atrezzo. Porque no es que “no monten al caballo”: es que montan un caballito de palo, de esos con cabeza tiesa y mirada de “yo no pedí nacer en Toys “R” Us”.
La escena es de ópera contemporánea: adultos con casco, botas, cara de concentración máxima… y debajo, el palo. El palo como proyecto vital. El palo como metáfora. El palo como “me he gastado 180€ en algo que se parece a un juguete de cumpleaños, pero con trauma adulto”.
Y sí, hay concursos. Concursos de doma y de salto. Pero ojo, que aquí la fantasía es completa: la persona galopa con el caballito entre las piernas con una seriedad olímpica, como si estuviera representando la final de Londres 2012… pero en un gimnasio municipal con olor a colchoneta triste.
Rodillas arriba, manos como si llevara riendas invisibles, cara de “esto no es ridículo, es deporte”. Y el jurado, tomando notas con gravedad: “Buen salto… excelente trote… el caballo interior hoy muy presente… aunque la yegua imaginaria ha salido un poco insegura del giro”.
Y tú ahí, sudando dignidad, compitiendo contra otra persona que también va con su palo, como si la humanidad no tuviera ya suficientes motivos para desaparecer. Es como jugar al tenis sin pelota, pero con más filosofía y leggings técnicos.
Y lo mejor de lo mejor, los therians, ese fenómeno en el que algunas personas sienten una conexión espiritual tan profunda con un animal que se identifican parcialmente con él. Hay quien se siente lobo. O zorro. O gato. Yo conozco varios humanos que se identifican con el perezoso sin necesidad de darle nombre al asunto, pero eso ya existía antes y se llamaba domingo.
Lo fascinante no es la afición en sí. Lo fascinante es nuestra necesidad colectiva de complicarlo todo. Ya no podemos decir “me gusta caminar”. No. Ahora hacemos mindful urban canine simulation walking. Tampoco podemos decir “me gusta estar al aire libre”. Eso es demasiado 2012. Ahora realizamos experiencias de reconexión ecosistémica antropocéntrica. Que viene a ser ir al parque sin mirar el móvil, pero con mucha explicación.
Hay una especie de pánico silencioso a ser normales. Como si disfrutar de algo sencillo no tuviera suficiente prestigio social. Necesitamos que nuestra afición tenga narrativa, hashtag y, si es posible, una pequeña comunidad online que use palabras como “tribu”.
Y mientras tanto, la vida real mirando desde la esquina con cara de:
“Ay cielo… antes la gente simplemente se reía”.
No estoy diciendo que las aficiones modernas sean malas. Al contrario. Si algo te hace feliz y no molesta a nadie, adelante. Ponte orejas de zorro, pasea correas invisibles o practica yoga para plantas de interior. Lo curioso es cómo cada vez necesitamos más etiquetas para justificar lo que antes era simplemente… existir.
Quizá la verdadera afición revolucionaria del siglo XXI sea otra: Hacer cosas porque sí. Sin explicar. Sin subirlas. Sin convertirlas en identidad.
Yo, por si acaso, ya he tomado una decisión: a partir de ahora mi perro se percibe hombre responsable, contribuyente y plenamente funcional. Va a empezar a pagar mis impuestos, a hacer la declaración de la renta y, si puede, contestar DMs que empiezan con “¿te puedo preguntar una cosita?” (spoiler: no es una cosita).
Total, si la realidad es ya un concepto flexible, que al menos alguien en casa cotice.
Nos vamos a la mierda, sí. Pero con método.
Y lo peor es que no vamos andando: vamos con un caballito de palo, grabándonos en vertical y etiquetándolo como #sanación.
Porque aquí ya no se vive: se hace contenido.