Max y yo paseamos juntos, socializamos por separado

paseando a Max

Voy a lanzar una idea impopular. Yo aviso. Digo esto teniendo perro, y lo digo, porque parece que hoy en día, para opinar sobre algo, primero tienes que enseñar el carnet correspondiente y dos fotos en Instagram para demostrar que sabes de qué hablas.

Pues sí, tengo perro, y precisamente por eso hay una cosa que me intriga muchísimo de la gente con perro. Es esa necesidad de socializar automáticamente por el simple hecho de que dos animales de cuatro patas hayan coincidido a menos de tres metros de distancia. Como si llevar correa fuera equivalente a llevar una pulsera del resort: “Hola, somos del mismo grupo de atacantes de buffet”.

No. Yo tengo perro porque me gustan los perros, no porque quiera mantener conversaciones improvisadas a las ocho de la mañana, despeinada, con cara de haber perdido la custodia del sueño REM y sujetando una bolsita de perdigones calientes como quien transporta un órgano para un trasplante urgente.

Max tampoco necesita ser amigo de todos los perros del barrio. Igual que yo no necesito ir abrazando desconocidos por la calle porque ambos llevamos bambas. Hay perros simpáticos, hay perros intensitos, hay perros que quieren jugar, y hay perros que están hasta el hocico de la vida social. Como las personas, básicamente.

Pero existe un tipo de dueño de perro que vive el paseo como una especie de networking emocional. “Que se saluden.” “Que jueguen.” “Que socialicen.”

Señora, mi perro no necesita Linkedin. Pero la pregunta que me encanta, la que no decepciona, es: “¿Es niño o niña?” No, señora, es perro, perro. Aunque a veces me entran ganas de contestar: “No lo sé todavía, está encontrándose a sí mismo.”

Que digo yo que igual hemos humanizado tanto a los animales que dentro de poco habrá perros evitando compromisos sociales y diciendo: “Necesito espacio”.

Y oye, que me gustan los perros, pero precisamente por eso me gusta dejarles ser perros. No tienen que caerle bien a todo el mundo, no tienen que jugar siempre, no tienen que interactuar por compromiso, y yo tampoco.

Hay días en que paseo a mi perro porque él necesita aire, y otros porque la que necesita aire soy yo. Sin tertulia, sin speed dating canino, sin una señora interrogándome sobre si es macho o hembra, mientras Max está literalmente oliendo una farola con la concentración de un inspector de Hacienda. La vida ya es suficientemente agotadora como para convertir el pipí de un perro en un acto social obligatorio.

Así que recordad: tener perro no nos convierte automáticamente en amigos, igual que compartir ascensor no acaba en boda.