Melquíades Álvarez: una visión sobre la esencia del reformismo
Quienes desde hace tiempo venimos defendiendo la necesidad de una alternativa reformista en España debemos hacer un esfuerzo por concretar ese proyecto y bajarlo a tierra más allá de los conceptos y las ideas. Porque es más fácil hoy identificarse con posturas estereotipadas a derecha e izquierda tradicionales: en el conservadurismo protector de un orden establecido por determinadas élites o en el progresismo socialista de la revolución de abajo hacia arriba para demoler ese statu quo. Y ello, pese a que el movimiento reformista no es ninguna novedad.
Si para algo sirvió en España una guerra y una dictadura en el siglo XX, que nos robaron cuatro décadas y sumieron a varias generaciones en el pensamiento uniforme y en la reacción al mismo desde otro extremo ideológico, fue para que olvidáramos parte de nuestra propia historia y a personas que quisieron cambiar España sin enfrentarla, sin fracturarla internamente, sin dividir ni romper, sino construyendo desde el debate, el consenso y el encuentro de la ciudadanía. Personas críticas con sistemas políticos con los que se identificaban, pero conscientes de la necesidad de mejorarlos y ganar así avances para la sociedad en su conjunto.
Si el advenimiento de la II República en España supuso la gran oportunidad para incorporar al país a un Occidente en cambio, el propio régimen democrático llevaba en sí mismo su fracaso de la mano de extremos sociales y políticos irreconciliables: inmovilismo o revolución. Sin embargo, la historia nos muestra ejemplos de quienes ya entonces promovieron la reforma de las estructuras existentes, sin demolerlas, sino pretendiendo cambiarlas en profundidad desde el diálogo y el acuerdo para alcanzar una España más justa, más solidaria y más igualitaria.
Entre esos intentos, que hoy apenas se mencionan en los libros de texto, se encuentra el Partido Reformista, fundado en 1912 por Melquíades Álvarez: la tercera vía originalmente española, existente mucho antes de que el término se haya acuñado más recientemente. Un partido en el que se integraron inicialmente personas tan influyentes como Benito Pérez Galdós, Fernando de los Ríos, José Ortega y Gasset o el propio Manuel Azaña, y que aspiró a recoger el legado de la Ilustración sin una visión rupturista del momento histórico, sino renovador: a cambiar el sistema desde el propio sistema. Y todo ello con un principio esencial: el cambio no puede conculcar la ley ni el orden público, aun cuando tienda a asumir demandas de los sectores más progresistas de la escena política.
Ser y sentirse reformista hoy, como mantenía Álvarez, supone la convicción de que la forma de organización de la Jefatura del Estado, por ejemplo, ha de considerarse como algo accidental, dado que el parlamentarismo ha de imponerse siempre a una monarquía relegada a un mero papel simbólico, y solo en tanto en cuanto su titular eventual mantenga una posición firme y de decidida defensa para todos de principios esencialmente republicanos como la igualdad, la libertad y la justicia.
Estar en esa posición ideológica y política debe llevarnos a proclamar el laicismo como postura oficial de un Estado que debe romper vínculos y obligaciones con cualquier credo religioso, que debe salir de las escuelas y limitarse a los lugares de culto privados y hogares, donde, obviamente, ha de garantizarse la libertad siempre que acompase sus valores morales a los principios asumidos como universales por la sociedad civil.
El reformismo debe acometer la necesaria regeneración de las estructuras institucionales promoviendo su transparencia y, sobre todo, su eficacia en la gestión de lo público, eliminando privilegios personales o territoriales, estableciendo mecanismos eficientes de redistribución de la riqueza al tiempo que favorezca la iniciativa individual. Y ha de, sobre todo, dar una importancia fundamental a la educación en valores de ciudadanía de la población, teniendo la formación gratuita y universal desde el ámbito público como base de la regeneración social que se persigue.
Nuestra visión de la sociedad ha de ser abierta, global e inclusiva: no existen sectores sociales mejores o peores, sino económicamente favorecidos o degradados. Y la conflictividad social nace de la precariedad, con lo que no se lucha eficazmente contra la primera desde la represión, la expulsión o la separación, sino desde las políticas de integración y de promoción en la igualdad de oportunidades para que cada sujeto pueda desarrollar sus capacidades.
Pero quizá lo principal para quienes nos hemos propuesto avanzar en el reformismo social y político consista en saber resistir los embates de quienes desde los extremos nos empujan a perder una posición que se tilda de “tibia” para dejarnos llevar por la reacción desde el otro extremo. La defensa de ese movimiento reformista ha de ser plena, radical y permanente: ha de ser pura convicción.
Melquiades Álvarez fue asesinado por milicianos republicanos que lo consideraron un traidor a la República por verse aquel inclinado hacia posiciones conservadoras al radicalizarse a la izquierda el propio sistema político en el que Álvarez creyó. Y es que ese ha sido posiblemente siempre el fracaso del reformismo español: no poder o no saber mantenerse firme y terminar cediendo al mal menor. Pero quizá estamos a las puertas de una nueva oportunidad para ofrecer esa alternativa reformista que España necesita. Y para mantenerla con la convicción de que es la buena. Cueste lo que cueste. Depende solo de nosotros y de nuestra convicción.