No retrocedemos… nos damos la vuelta: la extraña brújula del progresismo de Sánchez

Hay una vieja frase, atribuida en distintas versiones a la cultura militar china, que dice algo así: “Nosotros nunca retrocedemos; si acaso, nos damos la vuelta y seguimos avanzando.” Más allá de la exactitud histórica de la cita, la imagen resulta fascinante. Un ejército que, ante la necesidad de retirarse, evita admitirlo. No hay marcha atrás; solo una redefinición de la dirección.

Y, quizá por eso mismo, la frase parece describir con inquietante precisión una de las características más visibles del progresismo que encarna Pedro Sánchez: la dificultad para reconocer errores, rectificar decisiones o admitir que determinadas políticas no han producido los resultados prometidos. Cuando la realidad contradice el relato, no se corrige el rumbo; se cambia el mapa.

La política como ejercicio de semántica

Tradicionalmente, rectificar ha sido considerado una virtud política. Winston Churchill cambió de opinión en numerosas ocasiones. Charles de Gaulle corrigió estrategias cuando las circunstancias lo exigieron. Incluso líderes con una fuerte convicción ideológica entendían que gobernar implica adaptarse a una realidad siempre cambiante.

Sin embargo, en la política contemporánea parece haberse instalado una lógica diferente. Rectificar ya no se presenta como una muestra de prudencia, sino como una señal de debilidad. El resultado es una curiosa paradoja: cuanto más evidente es un error, más energía se invierte en negar que exista.

La ironía es difícil de ignorar. Un movimiento político que se presenta como defensor del pensamiento crítico parece, en ocasiones, incapaz de aplicar ese mismo espíritu crítico sobre sí mismo. La autocrítica se celebra cuando apunta hacia los adversarios; cuando mira hacia dentro, se convierte en una especie en peligro de extinción.

De los principios a las circunstancias

Uno de los rasgos más discutidos del sanchismo ha sido su extraordinaria flexibilidad discursiva. Lo que ayer se presentaba como imposible, hoy puede convertirse en imprescindible. Lo que antes era inaceptable, después aparece como un acto de responsabilidad institucional.

Por supuesto, toda política democrática exige negociación y adaptación. Nadie gobierna en un laboratorio. Pero existe una diferencia entre ajustar una estrategia y transformar constantemente los principios para acomodarlos a las necesidades del momento.

Es como observar una veleta que insiste en proclamarse columna. El problema no es que cambie de dirección cuando sopla el viento; el problema es que pretenda convencer a todos de que nunca se ha movido.

Los pactos políticos constituyen un ejemplo recurrente. Determinadas alianzas que en otro tiempo eran presentadas como una amenaza para la estabilidad del país han terminado siendo justificadas como herramientas indispensables para garantizar la gobernabilidad. Quizá la explicación sea pragmática. Quizá. Pero el contraste entre el discurso de ayer y el de hoy resulta tan pronunciado que la antítesis habla por sí sola.

El relato frente a la realidad

La política siempre ha necesitado relatos. Los seres humanos comprendemos el mundo a través de historias. El problema surge cuando la narración intenta imponerse sobre los hechos.

En los últimos años, buena parte del debate público español ha parecido girar alrededor de una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando la realidad no coincide con el mensaje oficial? La respuesta, con frecuencia, ha consistido en reformular el mensaje antes que revisar la política.

Si una medida genera controversia, el problema sería la percepción. Si los resultados no convencen, la dificultad residiría en la comunicación. Si aumentan las críticas, la explicación estaría en la desinformación o en los intereses de quienes critican.

Es una estrategia ingeniosa. También arriesgada. Porque la realidad tiene una costumbre molesta: tarde o temprano termina llamando a la puerta.

La paradoja del progreso

Existe otra contradicción particularmente interesante. El progresismo se define por su voluntad de avanzar. La propia palabra contiene una promesa de movimiento hacia adelante. Pero avanzar implica algo más que caminar; implica saber hacia dónde se va.

Un viajero puede recorrer kilómetros enteros y terminar exactamente donde empezó. El movimiento, por sí solo, no garantiza el progreso.

Aquí aparece la gran cuestión. ¿Se está construyendo un proyecto coherente de país o simplemente se está reaccionando a las exigencias de cada coyuntura? ¿Existe una dirección clara o solo una sucesión de giros tácticos presentados como inevitables?

La diferencia es fundamental. Un barco puede modificar su ruta para evitar una tormenta. Pero si cambia constantemente de rumbo, acaba pareciéndose más a una hoja arrastrada por el viento que a una embarcación guiada por una brújula.

Una cultura política que va más allá de Sánchez

Sería injusto, sin embargo, atribuir este fenómeno exclusivamente a Pedro Sánchez. La tendencia a evitar la rectificación afecta a gran parte de la política occidental. Los líderes temen que reconocer un error sea interpretado como una derrota. Los partidos consideran que admitir fallos equivale a entregar munición al adversario.

Y así se produce una situación peculiar: todos hablan de transparencia, pero nadie quiere transparentar sus equivocaciones. Todos defienden la honestidad intelectual, pero pocos están dispuestos a pagar el precio que exige.

La consecuencia es una creciente desconfianza ciudadana. No porque los políticos se equivoquen —eso es inevitable—, sino porque con demasiada frecuencia actúan como si equivocarse fuera imposible.

El valor olvidado de la rectificación.

Quizá la famosa frase militar encierre una enseñanza involuntaria. Darse la vuelta para seguir avanzando puede funcionar en un campo de batalla imaginario. En política, sin embargo, las palabras no cambian la dirección real de los acontecimientos.

Retroceder a veces es necesario. Rectificar también. Reconocer un error no implica rendición; implica madurez. De hecho, las sociedades más fuertes suelen ser aquellas capaces de aprender de sus fracasos en lugar de rebautizarlos como victorias.

La pregunta, entonces, no es si un gobierno avanza o retrocede. La pregunta es mucho más simple y mucho más incómoda: ¿avanza hacia una meta definida o simplemente gira sobre sí mismo mientras insiste en que sigue caminando hacia delante?

Porque existe una diferencia enorme entre cambiar de rumbo por prudencia y hacerlo por conveniencia. Y, como suele ocurrir en política, la historia termina distinguiendo una cosa de la otra, aunque tarde más de lo que algunos desearían.