La última entrega del oráculo del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) roza el género fantástico. Según sus números, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) aventaja en diez puntos al Partido Popular (PP). Diez. No uno. No dos. Diez. Como si el país hubiera vivido una epifanía colectiva durante la siesta del martes.
El pequeño detalle —insignificante, al parecer— es que hace cuatro días los ciudadanos votaron en Aragón y el PSOE no salió precisamente en hombros. Y que en Extremadura, tres semanas antes, el guion fue parecido: los socialistas no arrasaron, fueron arrasados. Pero el CIS, imperturbable, ha decidido que la realidad es una molestia menor frente a la narrativa.
La pregunta no es ya metodológica. No es técnica. Es casi filosófica: ¿en qué punto la demoscopia deja de intentar medir la opinión pública y empieza a fabricarla? Porque cuando un organismo público parece más preocupado por animar a la parroquia que por retratar el estado real del país, la credibilidad se evapora.
Uno podría aceptar que las encuestas se equivocan. Faltaría más. La ciencia social no es una ciencia exacta. Pero equivocarse sistemáticamente en la misma dirección empieza a parecer menos error y más vocación. Cuando cada estudio se inclina con devoción hacia el mismo lado del tablero político, el azar pierde encanto.
El problema no es que el CIS publique una encuesta favorable al PSOE. El problema es que lo haga en abierta contradicción con resultados electorales inmediatos. Porque entonces ya no hablamos de proyección, hablamos de ficción.
Y aquí entra la cuestión moral: ¿dónde está la vergüenza institucional? Un organismo financiado por todos los contribuyentes no puede comportarse como el departamento creativo de un partido. La confianza pública no es un juguete, y mucho menos una herramienta electoral.
Lo irónico es que, cuanto más exagerada es la cifra, menos efecto persuasivo tiene. Diez puntos tras dos derrotas recientes suenan menos a tendencia sociológica y más a brindis de sobremesa. Y el ciudadano, que puede ser paciente pero no ingenuo, acaba desconectando.
Quizá el mayor daño no sea para el PP ni para el PSOE. Quizá el daño real sea para la propia demoscopia pública. Porque cuando la gente deja de creer en el árbitro, deja de creer en el partido.