Y habló con ellos.
Con los que cada día llegan tarde al trabajo. Con los que no saben si el convoy pasará o se quedarán tirados. Con los que llevan años escuchando promesas de inversiones que nunca llegan. Rodalies no es un plató. Es la vida diaria de miles de catalanes.
Mientras tanto, tras el trágico accidente de Gelida, el presidente Sánchez sigue sin asomarse por Cataluña. Ni un gesto. Ni una visita. Ni un “aquí estoy”. Cataluña aparece en Moncloa cuando hay votos que negociar, pero desaparece cuando hay que dar la cara. Algo parecido a cuando huyó de Paiporta en plena tormenta ciudadana.
No se trata de simpatías partidistas. Se trata de presencia. De liderazgo. De estar cuando toca.
Hoy la imagen es clara: uno se sube al tren. El otro sigue en el andén, escondido, pero a kilómetros de distancia.
Y en política, como en Rodalies, quien no aparece, pierde el convoy.