El velo no es libertad: es la modestia ajena convertida en dogma

grandes diferencias, triste realidad

De todos los sentidos que el ser humano ha desplegado a lo largo de su historia como especie, ninguno ha gobernado con tanta autoridad como la vista. No es una cuestión de capricho anatómico. Es una cuestión de supervivencia, de evolución, de razón. El ojo humano es el órgano que tradujo el mundo en información y la información en decisión.

Antes de que existiera la palabra escrita, antes de que existiera el concepto de ley o de filosofía, el ser humano miraba. Miraba el horizonte para detectar la amenaza, miraba el cielo para anticipar la tormenta, miraba el rostro del otro para descifrar si era aliado o enemigo. La vista no es solo un sentido: es el instrumento primero del juicio.

Los demás sentidos completan la experiencia, sin duda. El tacto nos da la temperatura de las cosas, el olfato nos advierte del peligro invisible, el oído nos orienta en la oscuridad, el gusto nos dice si algo es comestible o veneno. Pero ninguno de ellos rige al conjunto con la misma autoridad soberana que el ojo.

Cuando cerramos los ojos, el mundo no desaparece, pero nos volvemos infinitamente más vulnerables. La oscuridad no es descanso: es ausencia de control. Y esa ausencia de control es, en su sentido más profundo, la raíz de todos los miedos humanos. No hay civilización que no haya construido, en torno a la luz y a la oscuridad, una metáfora del bien y del mal, del saber y de la ignorancia, de la libertad y de la cadena.

Porque la luz permite ver, y ver es la condición previa de toda libertad. No existe la autonomía en la penumbra. No existe el juicio sin imagen. No existe la decisión informada cuando el objeto de la decisión ha sido ocultado. Por eso no es casualidad que el lenguaje humano, en casi todas sus lenguas y culturas, haya construido sus metáforas sobre esta premisa: decimos que la verdad "sale a la luz" cuando queremos significar que deja de estar oculta. Decimos que alguien "ve la realidad" cuando finalmente comprende algo que le habían velado. Decimos que una sociedad "está ciega" cuando sus instituciones han dejado de distinguir entre lo justo y lo injusto.

El velo, en cambio, es lo que impide ver. Y lo que impide ver, en cualquier acepción que tomemos del término, tiene siempre algo que ocultar.

Esta relación entre la ocultación y el poder es antiquísima. Quien tapa algo ejerce un dominio sobre el que no puede verlo. La censura es, en su forma más elemental, un acto de tapar: tapar palabras, tapar imágenes, tapar hechos. La propaganda totalitaria funciona exactamente bajo esta lógica: no es solo mentir, es impedir que la verdad sea vista.

Los regímenes que más han temido la libertad de sus ciudadanos son siempre los que más han controlado lo que podía ser visto y lo que debía permanecer oculto. La oscuridad deliberada es siempre un instrumento del poder. La luz, siempre un acto de resistencia.

Y es aquí donde el argumento desemboca, inevitablemente, en el territorio del cuerpo humano. Vestirse es una de las conquistas más antiguas de la civilización. La ropa nació de la necesidad de protección ante los elementos, y evolucionó hacia algo más complejo: la expresión de la identidad, el respeto hacia el otro, la construcción de una estética propia.

Nadie en su sano juicio ha argumentado que la ropa sea un instrumento de opresión. Cubrir el cuerpo pertenece al dominio de la decencia y de la cultura, y ese dominio es, en principio, legítimo. Pero hay una diferencia fundamental entre vestirse y borrarse. Hay una diferencia que no admite confusión entre cubrirse por elección estética o climática y cubrirse el cabello, el cuello, el rostro, todo rastro de identidad visible, por mandato de una doctrina que considera a la mujer, por el simple hecho de serlo, una amenaza permanente para la estabilidad moral del varón.

El velo, en cualquiera de sus formas, no es una prenda de vestir en ningún sentido ordinario del término. El hijab que cubre el cabello, el niqab que oculta el rostro, el burqa que borra a la mujer entera del espacio público: son expresiones graduadas de una misma tesis teológica sobre la naturaleza femenina. La tesis es siempre la misma: el cuerpo visible de la mujer, su cabello, su cuello, su cara, su mirada, son una fuente de perturbación que debe ser eliminada o atenuada para que el varón pueda circular por el mundo sin que su propia fragilidad moral se vea comprometida.

No se tapa el frío. No se tapa la lluvia. Se tapa a la mujer. Se tapa su cabello porque se considera una provocación. Se tapa su cara porque su expresión también lo es. Y todo ello porque su visibilidad, según esta doctrina, no le pertenece a ella sino a la modestia del otro. No a su propia libertad, sino a la fragilidad del hombre que no quiere o no puede mirarla sin convertirla en objeto de deseo. En otras palabras: el velo, en cualquiera de sus versiones, no protege a la mujer. Protege al hombre de sí mismo, a expensas de la mujer.

Esa es la distinción que conviene subrayar sin eufemismos: la mujer que lleva el velo, sea cual sea su grado, no ejerce su libertad. Actúa como el soporte físico de la modestia ajena. Su cabello, que en esta doctrina se cataloga de perturbador antes incluso de que nadie lo haya visto, queda oculto para que el mundo masculino pueda circular tranquilo.

Su cara, que debería ser el territorio más propio e intransferible de su persona, queda convertida en la prueba pública de que la doctrina que la rige mantiene bajo control aquello que podría resultar perturbador. La mujer velada no es una mujer que ha decidido algo sobre sí misma. Es una mujer sobre la que otros han decidido que debe ser invisible, parcial o totalmente, para que el mundo a su alrededor funcione sin tentación ni conflicto.

Ante este argumento, algunos elevan la voz para señalar que hay mujeres que eligen libremente llevar el velo. Y esto es cierto, igual que es cierto que hay personas que eligen libremente vivir en condiciones que otros considerarían indignas. La existencia del consentimiento individual no convierte automáticamente en libre ninguna estructura.

Una mujer que ha sido educada desde la infancia en la convicción de que mostrar su cabello o su rostro es un pecado, que ha internalizado generaciones de culpa y vergüenza hacia su propio cuerpo, que vive en una comunidad donde la disidencia tiene consecuencias reales y a veces brutales, esa mujer puede pronunciar la palabra "elijo" sin que su elección sea, en ningún sentido filosófico riguroso, libre.

Pero más allá de ese debate, la cuestión que aquí importa no es qué hace cada mujer en particular. La cuestión es qué tipo de sociedad acepta llamar "libertad" a un símbolo de sometimiento y lo celebra como tal en sus plazas públicas.

Porque hay una trampa lingüística que conviene desmontar antes de que se solidifique como verdad oficial. La trampa consiste en presentar el uso del velo, en cualquiera de sus formas, como un ejercicio de libertad religiosa o de libertad personal, en pie de igualdad con cualquier otra forma de expresión individual. Esta equivalencia es falsa, y lo es no por razones de fe ni de antipatía hacia ninguna tradición religiosa, sino por razones estrictamente conceptuales.

La libertad no es un término neutro que pueda aplicarse indiscriminadamente a cualquier comportamiento. La libertad tiene una arquitectura interna que incluye la noción de autonomía, de dignidad personal, de capacidad de elegir sin coerción. Cuando un símbolo tiene en su origen histórico y doctrinal el propósito explícito de suprimir la visibilidad pública de la mujer, ya sea su cabello o su cara entera, llamarlo símbolo de libertad no es un acto de apertura mental. Es un acto de deshonestidad intelectual.

La mayoría no hace la razón. Esta es una de las enseñanzas más antiguas y más maltratadas del pensamiento liberal. Que mucha gente aplauda algo, que mucha gente lo considere aceptable, que mucha gente encuentre en ello una virtud, no lo convierte en virtuoso ni en libre. Las mayorías han aplaudido muchas cosas en la historia que el tiempo terminó por juzgar con severa justicia.

La opinión popular sobre el velo, o sobre cualquier otra práctica, no puede ser el criterio definitorio de su naturaleza. El criterio ha de ser la pregunta que el liberalismo clásico siempre ha formulado con la misma sencillez implacable: ¿a quién pertenece este cuerpo? ¿A la mujer que lo habita, o a la doctrina que dicta cómo debe mostrarlo o esconderlo?

Circula también la falacia de la monja como argumento de simetría. Si la mujer musulmana vela su rostro, se dice, la monja cristiana también cubre su cabeza y nadie protesta. El argumento parece ingenioso. No lo es. La diferencia no es de tela ni de cantidad de piel cubierta. La diferencia es de naturaleza. La monja que viste su hábito lo hace como consecuencia de una vocación adulta, de una decisión personal de consagrar su vida a una espiritualidad que ha elegido libremente.

La monja existe antes del hábito: ha vivido en el mundo, ha conocido otras opciones, ha optado. Además, la monja no oculta su cara. Su hábito es una señal de pertenencia a una comunidad espiritual, no una sentencia de invisibilidad. Y cuando sale de su convento al espacio civil, su cara permanece visible, su identidad reconocible, su humanidad intacta. Nada de esto puede decirse de la mujer a quien su comunidad, su familia o su Estado impone cubrirse el rostro por el solo hecho de haber nacido mujer. No hay vocación en eso. Hay condena. Y la condena no se disfraza de libertad por mucho que se la vista con palabras amables.

Las sociedades que se precian de defender las libertades individuales tienen una responsabilidad particular ante esta confusión. No pueden permitirse el lujo intelectual de mezclar, en nombre de una tolerancia mal entendida, símbolos de liberación con instrumentos de sometimiento. Tolerar lo que no causa daño ajeno es el principio fundador de toda sociedad libre.

Pero llamar libertad a lo que reduce a la persona a objeto de la modestia del otro es algo muy distinto de la tolerancia: es la capitulación del lenguaje ante la presión de quien quiere que las palabras signifiquen lo contrario de lo que dicen. Y una sociedad que pierde el control de sus propias palabras, que ya no puede llamar servidumbre a la servidumbre ni libertad a la libertad, ha perdido algo mucho más grave que una discusión semántica. Ha perdido la capacidad de pensarse a sí misma con honestidad.

La vista, decíamos al principio, es el sentido que gobierna la razón. Es el que nos permitió sobrevivir, construir, comunicarnos, reconocernos. Borrar la presencia visible de una persona, ya sea ocultando su cabello, ya sea borrando su cara entera, no es solo un acto sobre su cuerpo: es un acto sobre su presencia en el mundo, sobre su derecho a ser vista, a ser reconocida, a existir como individuo y no como categoría. Quien lleva cubierta la cara no puede ofrecer la sonrisa que cambia el curso de una conversación, ni el gesto que revela la mentira antes de que se pronuncie, ni la mirada que establece la solidaridad entre desconocidos. Quien lleva cubierto el cabello ha visto declarar a su propia biología una amenaza que debe ser neutralizada antes de pisar la calle.

En ambos casos, la mujer queda reducida a una silueta administrada por la doctrina, a una sombra que camina pero cuya identidad visible ha sido confiscada. Y esa reducción, esa sustracción forzada de humanidad visible, no puede ser otra cosa que lo que es: el velo no es un símbolo de libertad. Es la libertad tapada.