Rebelión en Barcelona: Jordi Martí mantiene un pulso contra Puigdemont y Turull
La guerra interna ya ha empezado en Junts. Y esta vez no ocurre en Waterloo, ni en el Parlament, ni en Madrid. Ocurre en Barcelona, la plaza política que obsesiona a Carles Puigdemont y donde el partido empieza a enseñar todas sus grietas.
Jordi Martí Galbis, heredero político de Xavier Trias y actual líder municipal de Junts en el Ayuntamiento tras la dimisión del anterior, ha decidido plantar cara a la dirección del partido y mantener su candidatura a la alcaldía de Barcelona para 2027. El movimiento supone un desafío directo a Puigdemont y Jordi Turull, que intentaban cerrar una candidatura controlada desde arriba y evitar unas primarias que podrían convertirse en un espectáculo de división interna.
Durante meses, la cúpula de Junts ha buscado desesperadamente un candidato “estrella” para Barcelona. Han sondeado nombres como Artur Mas, Tatxo Benet o Joaquim Forn. Ninguno quiso asumir el encargo. La realidad es demoledora: el partido que durante décadas dominó Catalunya y durante varios años Barcelona ya no encuentra liderazgo claro ni relevo sólido.
En ese vacío aparece Jordi Martí. Un político clásico del universo convergente, con aparato, militancia y estructura municipal, pero sin el perfil mediático que Puigdemont desea para recuperar la capital catalana. El problema para la dirección es que Martí sí tiene algo que en Junts empieza a escasear: apoyo interno real y legitimidad entre las bases. Xavier Trias lo bendijo como sucesor y buena parte de la militancia barcelonesa lo considera “el candidato natural”.
Ahí está la verdadera rebelión
Martí no solo quiere ser candidato. Quiere obligar a Junts a retratarse. Exige primarias y reclama que la militancia decida. Su mensaje es una carga de profundidad contra la cultura política que domina hoy el partido: decisiones tomadas desde la cúpula muy lejana de Waterloo, liderazgos impuestos y control absoluto desde el entorno de Puigdemont. “No quiero ni imaginar que la decisión se tome fuera del proceso democrático”, llegó a afirmar en La Vanguardia.
La escena resulta especialmente simbólica porque Junts nació prometiendo transversalidad, renovación y democracia interna tras la implosión de Convergència. Sin embargo, casi una década después, el partido funciona cada vez más como una estructura vertical alrededor del liderazgo de Puigdemont y del núcleo duro controlado por Turull y Josep Rius.
Barcelona importa demasiado como para dejarla escapar
Junts sabe que perder definitivamente la capital catalana (recordemos que en la municipales del 2023 fue la fuerza más votada aunque no gobierne la ciudad) equivaldría a admitir el fin de la vieja hegemonía convergente. Desde la marcha de Xavier Trias, el partido ha quedado atrapado entre la nostalgia del pasado y la incapacidad de construir un nuevo liderazgo urbano potente. Mientras el PSC de Jaume Collboni consolida poder institucional y ERC intenta sobrevivir a su desgaste, Junts sigue buscando candidato como quien busca un salvador.
La paradoja es brutal: el único dirigente dispuesto a dar la batalla real es precisamente el hombre que la dirección prefería evitar. Lo que ocurre en Barcelona no es solo una disputa municipal. Es el síntoma de una crisis más profunda dentro de Junts. La rebelión de Jordi Martí acaba de abrir esa grieta. Y puede ser mucho más peligrosa para Puigdemont de lo que parece.
Porque el partido lleva años viviendo del liderazgo emocional de Puigdemont, pero cada vez le cuesta más construir cuadros sólidos, discurso municipal y proyecto de gestión. El independentismo de confrontación moviliza en campaña, pero no garantiza alcaldías ni ciudades.