La imbecilidad como proyecto político

El populismo triunfa frente a la razón y el análisis

Si el hombre-masa triunfó, no fue por generación espontánea. Si la democracia se convirtió en el reino de la opinión desinformada y la ignorancia militante, no fue por accidente histórico. Hubo arquitectos, hubo estrategia, hubo un proyecto político consciente que cultivó sistemáticamente la no-ilustración como herramienta de poder. El populismo —en todas sus variantes ideológicas— descubrió lo que Kant nunca imaginó: que la masa no ilustrada no es un problema a resolver, sino un recurso a explotar. Que la pereza intelectual no es un obstáculo para la democracia, sino su combustible más eficiente.

La operación fue brillante en su perversidad. El populismo invirtió el imperativo categórico kantiano y construyó sobre esa inversión su legitimidad entera. Kant exigía: "Actúa de tal manera que tu máxima pueda convertirse en ley universal". El populismo decretó: "Actúa de tal manera que tu ignorancia sea ley universal". No te esfuerces en pensar críticamente; exige que nadie lo haga. No te molestes en informarte rigurosamente; desconfía de quien lo hace. No reconozcas tu ignorancia como limitación; denúnciala como autenticidad. Y, sobre todo: no permitas que nadie sepa más que tú, porque si lo hace, te está oprimiendo.

El populista nunca le dice a su electorado "necesitas aprender", "podrías estar equivocado", "esto es más complejo de lo que parece"

El genio del populismo consistió en transformar la pereza intelectual en virtud moral. Estudiar se convirtió en sospechoso; la especialización, en complicidad con el poder; la expertise, en traición al pueblo. El populista no necesita convencer a las masas de que lo sigan; sólo necesita convencerlas de que todos los que saben algo están mintiendo. No requiere elevar al pueblo; sólo necesita destruir la confianza en cualquiera que pudiera hacerlo. Su mensaje es seductor en su simplicidad: "Tú ya sabes todo lo que necesitas saber. Tu instinto vale más que su ciencia. Tu sentido común supera su investigación. Y quien te diga lo contrario te está menospreciando".

La estrategia tiene tres pilares devastadoramente efectivos. Primero, la adulación sistemática: el pueblo es sabio, el pueblo no se equivoca, la voz del pueblo es la voz de Dios. El populista nunca le dice a su electorado "necesitas aprender", "podrías estar equivocado", "esto es más complejo de lo que parece". Al contrario: "Tú lo sabes mejor que nadie. Tu experiencia vital vale más que todos los libros. Los problemas son simples; sólo los expertos los complican para justificar su existencia". El hombre-masa, que como vimos, se siente perfecto, encuentra por fin quien valide su perfección.

Segundo, la demonización del conocimiento: toda forma de expertise se presenta como máscara del privilegio, toda institución de saber como instrumento de dominación. Las universidades son fábricas de ideología, los científicos están comprados por las farmacéuticas, los economistas trabajan para los bancos, los periodistas obedecen al poder, los intelectuales son parásitos desconectados del pueblo real. El populismo no necesita refutar argumentos específicos; basta con envenenar la fuente. No importa qué digan los expertos sobre cambio climático, vacunas, política monetaria o relaciones internacionales: están mintiendo porque son expertos, y los expertos siempre mienten. La desconfianza generalizada en el conocimiento riguroso no es efecto colateral del populismo; es su objetivo central.

“El populismo vende certezas absolutas a quien no quiere pagar el precio cognitivo de la incertidumbre informada.”

Tercero, la simplificación brutal de lo complejo: todos los problemas tienen soluciones simples que "ellos" te ocultan. La crisis económica se resuelve imprimiendo dinero o expulsando inmigrantes. La inseguridad desaparece encarcelando más. La corrupción se elimina fusilando políticos. El desempleo se soluciona cerrando fronteras. Cualquiera que sugiera que acaso las cosas son más complejas, que hay trade-offs, que las soluciones fáciles suelen producir consecuencias imprevistas, es inmediatamente descalificado como cómplice del sistema que perpetúa los problemas. El populismo vende certezas absolutas a quien no quiere pagar el precio cognitivo de la incertidumbre informada.

Ortega advirtió que las masas destruyen lo que no entienden. El populismo perfeccionó la fórmula: convence a las masas de que lo que no entienden no merece ser entendido, y que destruirlo es acto de justicia democrática. ¿La masa no entiende la independencia judicial? Pues la independencia judicial es un privilegio oligárquico. ¿No comprende la libertad de prensa? Es el poder de las élites para manipular. ¿No capta la importancia de la división de poderes? Son trabas que impiden la voluntad popular. ¿Le resultan incomprensibles los equilibrios institucionales construidos durante siglos? Pues son jaulas que hay que derribar para que el pueblo sea verdaderamente libre.

El resultado es una democracia que funciona como licuadora civilizatoria. El populismo alimenta a las masas no ilustradas con la promesa de que su ignorancia es sabiduría superior, su falta de preparación es autenticidad, su rechazo al esfuerzo intelectual es rebeldía contra el sistema. Y las masas, reconfortadas, devoran con entusiasmo todo aquello que las sociedades tardaron siglos en construir: instituciones, garantías, contrapesos, libertades, cultura de debate racional, respeto por la evidencia. No lo destruyen a pesar de no entenderlo; lo destruyen precisamente porque no lo entienden y el populista les aseguró que no necesitan entenderlo.

“El populismo estableció un tabú: no se puede exigir nada al ciudadano. Pedirle que piense es ofenderlo.”

La trampa se cierra con perfección diabólica. Quien denuncia esta dinámica —quien se atreve a sugerir que quizá sería deseable que los ciudadanos se informaran antes de opinar, que estudiaran antes de votar políticas complejas, que admitieran su ignorancia en temas especializados— es inmediatamente acusado de antidemocrático, de elitista, de despreciar al pueblo. El populismo estableció un tabú: no se puede exigir nada al ciudadano. Pedirle que piense es ofenderlo. Sugerirle que no sabe es insultarlo. Invitarlo a informarse es tratarlo como menor de edad. La única actitud democrática legítima es la adulación incondicional de la masa tal como es: desinformada, crédula, manipulable, convencida de su propia infalibilidad.

Y así, el círculo se completa. Kant soñó con ciudadanos ilustrados que construirían una sociedad libre mediante el uso público de la razón. El populismo construyó lo opuesto: ciudadanos orgullosamente no ilustrados que destrozan las instituciones libres mediante el uso público de sus prejuicios. La Ilustración prometía liberar al hombre de su minoría de edad culpable. El populismo le prometió algo mejor: legitimidad moral para permanecer en ella, y venganza contra todos los que salieron de ella.

“Kant soñó con ciudadanos ilustrados que construirían una sociedad libre mediante el uso público de la razón. El populismo construyó lo opuesto.”

No es estupidez lo que vemos. Es un proyecto político ejecutado con precisión. La imbecilidad cultivada sistemáticamente no es bug del sistema; es su feature principal. El populismo no gobierna a pesar del hombre-masa; gobierna gracias al hombre-masa, para el hombre-masa, mediante el hombre-masa. Y la democracia, despojada de toda exigencia ilustrada, se convierte en el régimen perfecto para garantizar que el imperativo kantiano invertido reine supremo: actúa de tal manera que tu ignorancia sea ley universal. Porque si todos son igual de ignorantes, nadie lo es. Y si nadie lo es, no hay nada que aprender, nada que cuestionar, nada que mejorar.

Sólo queda la pregunta que Kant y Ortega nos legaron: ¿puede sobrevivir una democracia que consagró la no-ilustración como principio fundacional? ¿O estamos simplemente documentando, con elegancia filosófica, el suicidio racional de Occidente?