No es menopausia, es marketing hormonal

No es menopausia, es marketing hormonal

Hay un fenómeno precioso, contemporáneo y ligeramente inquietante que merece una placa conmemorativa en la puerta de Instagram: la influencer que entra en la menopausia y, de paso, entra en Medicina.

 

No es una transición. Es una promoción interna. De repente, una mujer que ayer te enseñaba “mi morning routine de café con espuma emocional” hoy mira con intensidad a cámara con cara de “he visto cosas” y te suelta:

“Chicas… me lo habéis preguntado muchísimo…”

Y ahí empieza la magia.

Porque la menopausia, tal como se vive en redes, no es un proceso biológico. Es un formato. Un reality con estética de retiro espiritual, música de piano y una hidratación tan insistente que una acaba pensando que no tiene sofocos, sino sed de patrocinio. La influencer aparece serena, te dice que esto no es consejo médico y, acto seguido, te organiza las hormonas, el cuero cabelludo y el alma en seis pasos. Ese “sin recomendar” recomendándolo todo tiene categoría propia: no es contenido, es teletienda emocional.

“Yo no digo que esto sea lo mejor, eh… solo digo que desde que me tomo estas gotitas… duermo como un bebé sin hipoteca.”

“Cada cuerpo es un mundo.” Sí. Y casualmente mi mundo tiene código descuento.

La menopausia de la influencer se parece a un anuncio de teletienda, pero con lágrimas sinceras y una vela encendida que huele a “mujer empoderada con stock limitado”.

Lo que más me fascina no es que hablen de la menopausia. Eso, honestamente, bien. Necesario. Humano. Real.

Lo espectacular es la velocidad a la que se convierten en un hospital entero.

En un mismo story te hacen:

  • Dermatología: “El colágeno se pierde… y se nota en el poro, chicas.”
  • Ginecología: “Es un tema hormonal, pero también energético.”
  • Tricología (porque ahora existe esa palabra): “El folículo se deprime.”
  • Nutrición: “Yo he quitado el gluten, el azúcar, el aire y las personas tóxicas (las hay con nombre y apellido).”
  • Psiquiatría sin querer: “A veces la ansiedad es solo que no te priorizas.”

Y tú, mirando tu vida real, con tu sofoco, tu insomnio y tu “¿por qué me molesta el sujetador si siempre he sido humana?”, pensando: Perdona… ¿esto se cura con un sérum?

La menopausia no es un filtro, cariño, y aquí empieza el problema: hay una estetización del síntoma.

El sofoco en redes parece una performance elegante: “De repente me entra calor, chicas… pero me lo tomo con calma.”

En la vida real el sofoco es: te conviertes en tostadora, te quitas la ropa con rabia medieval y sospechas que tu cuerpo está intentando comunicarse por código Morse.

La caída del pelo en redes es: “Estoy notando menos densidad, así que he creado una rutina.”

En la vida real es: Te miras la raya del pelo y te entra un duelo breve, digno y silencioso. Luego te haces un moño que parece una decisión política.

Que una mujer cuente su menopausia puede ser liberador. Lo que da risa (y también un poquito de rabia) es cuando la confidencia viene con una cesta de la compra.

Porque hay algo perversamente cómico en esta escena:

1º “Me sentía fatal, lloraba sin motivo, no dormía…”

2º “Y entonces encontré esta rutina.”

3º “Link en bio.”

Y claro, tú no sabes si abrazarla o pedirle el historial clínico. La menopausia se vuelve un nicho. Un contenido. Un “nuevo target”.

Y de repente parece que el problema no es que el sistema sanitario no escuche a las mujeres, ni que haya desinformación, ni que falte acompañamiento real. ¡¡¡No!!! El problema es que no estabas usando el tónico adecuado.

El juramento hipocrático versión influencer: “Prometo decir “consulta con tu médico” mientras te enseño 14 suplementos, tres probióticos y una crema que cuesta lo mismo que tu dignidad de enero.”

Y oye, no es que no puedan compartir, es que comparten con ese tono de “yo he descubierto una verdad ancestral” cuando en realidad han descubierto que el algoritmo premia el sufrimiento empaquetado.

Y tú te ríes porque es absurdo. Pero también dan ganas de llorar un poco porque, detrás del chiste, hay muchas mujeres buscando orientación en un sitio donde la orientación suele venir con “colab”.

Revolucionario sería que dijeran:

  • “Estoy perdida.”
  • “Esto me supera.”
  • “No tengo respuestas.”
  • “Me estoy informando con profesionales.”
  • “Si te pasa, no estás sola.”

Sin convertir su útero en un escaparate de skincare.

Porque la menopausia no necesita gurús con aro de luz. Necesita conversación honesta, información clara, médicos que escuchen, y amigas que te digan:

“Ven, siéntate. Te traigo un abanico y un vino blanco. Y si hoy lloras, lloramos. Pero mañana nos reímos otra vez.”

La menopausia no te vuelve experta en nada. Te vuelve humana. Y eso ya es bastante. Lo demás… lo demás es marketing con sofoco.