Fabricando nuestro reemplazo
Imaginen un mundo en el que los humanos por fin consiguen lo que llevan décadas soñando: no trabajar. Nada de madrugar, nada de reuniones que podrían haber sido un email, nada de compañeros que dicen “te robo un minuto” y te secuestran la mañana entera. Un mundo limpio, eficaz, perfectamente engrasado, en el que todo funciona porque los robots lo hacen todo.
Conducen. Operan. Construyen. Atienden. Cocinan. Escriben. Piensan. Deciden. Y tú, mientras tanto, estás en casa, en pijama, a las once y cuarto de la mañana, preguntándote si doblar toallas cuenta como propósito vital.
Porque claro, la fantasía de “que trabajen otros” era estupenda mientras “otros” significaba gente. El problema empieza cuando “otros” son máquinas que no cobran, no protestan, no enferman y no se toman un café de 23 minutos porque el Excel les supera. Ahí la cosa cambia. Ahí deja de ser progreso y empieza a oler un poco a distopía con wifi.
Nos están vendiendo la inteligencia artificial como quien te vende un robot aspirador: una maravilla, una ayuda, un alivio, una cosa monísima que te soluciona la vida sin hacer ruido. Y de momento, sí. Te organiza ideas, te resume informes, te hace dibujos y, a este paso, te detecta antes que tú el patrón de tus malas decisiones sentimentales.
Todo muy útil. Todo muy práctico. Todo muy inquietante. Porque una empieza con el “qué maravilla” y termina imaginando un planeta lleno de robots haciendo cosas y de humanos estorbando con educación.
Y ahí llega la pregunta que nadie hace con suficiente dramatismo: si ya llevan años dándonos la turra con la superpoblación humana, ¿qué pensamos hacer cuando haya más robots que personas?
Porque dicen que consumimos mucho, ocupamos espacio, contaminamos, exigimos recursos y además tenemos la mala costumbre de opinar. Pero los robots también van a estar aquí. Habrá millones. Miles de millones. Robots en fábricas, robots en hospitales, robots en colegios, robots en oficinas, robots gestionando puertos, aeropuertos, bancos, juzgados y seguramente también grupos de vecinos, que visto lo visto lo harían con más templanza.
Imaginen la escena: una ciudad impecable. Silenciosa. Eficiente. Los semáforos coordinados, el tráfico fluido, los pedidos llegando a tiempo, las cirugías perfectas, las cuentas cuadradas, las empresas produciendo sin descanso. Y en un banco, sentados al sol, ocho humanos mirando al vacío.
Uno con una barra de pan. Otro con un yogur líquido. Una señora diciendo “yo antes llevaba la contabilidad de una empresa”. Y otro respondiendo: “yo antes tenía ansiedad, ahora tengo tiempo”.
Porque ese es el detalle precioso que quizá no estamos valorando bien: no sabemos vivir sin sentirnos útiles. Llevamos siglos montando civilizaciones enteras alrededor del trabajo, del esfuerzo, de la productividad, del “haz algo con tu vida”. Y ahora resulta que estamos fabricando una inteligencia superior, rapidísima, impecable, que un día podría mirarnos a la cara y decir: no hace falta, ya me encargo yo.
La superinteligencia, que tiene nombre de mala de Marvel, pero viene a ser eso: algo que piensa mejor que tú, más rápido que tú y probablemente con menos sesgo que tu cuñado Pepe. Es decir, una cosa muy impresionante hasta que te das cuenta de que, si decide mejor que tú en casi todo, igual un día también decide por ti.
Y ahí sí. Entonces el problema ya no es que los robots se rebelen, que eso queda muy viejo y muy de cine noventero. El problema elegante, el fino, el que da más escalofríos, es otro: que no haga falta rebelión porque seamos nosotros los que les entreguemos todo encantados.
“Toma, decide tú.” “Toma, organiza tú.” “Toma, trabaja tú.” “Toma, piensa tú, que yo estoy cansado.”
Y cuando queramos darnos cuenta, habremos externalizado tanto que igual un martes cualquiera descubrimos que lo único que seguimos haciendo solos es discutir en redes y abrir la nevera sin hambre.
Yo no digo que haya que frenar el progreso ni ponerse un gorro de papel de aluminio. Digo que quizá convendría empezar a preguntarnos qué demonios va a hacer la humanidad consigo misma cuando ya no sea necesaria para casi nada.
Porque lo mismo la gran amenaza no es que los robots nos destruyan, lo mismo la gran amenaza es que nos jubilen por inútiles mientras aún estamos vivos.
Y entonces sí habremos alcanzado la cima del progreso. Un mundo donde las máquinas hacen absolutamente todo y el ser humano por fin puede dedicarse a su verdadera vocación: estorbar. Que mira, romántico no es, heroico tampoco, pero como cierre de civilización tiene un punto grotesco que casi hasta nos pega.