Seguro que Neil Armstrong no sufrió un lava cabezas
Hay algo profundamente desconcertante en el progreso humano. Hemos conseguido meter inteligencia artificial en un teléfono, operar corazones con robots, pedir sushi desde el sofá mientras vemos un documental sobre pingüinos emocionalmente devastados en la Antártida y que alguien, en tiempo real, nos traiga macarrones a casa en una bicicleta eléctrica. La humanidad puso a un paisano en la Luna en 1969 con menos tecnología que la que tiene mi freidora de aire y, aun así, el lava cabezas de la peluquería lo siguen diseñando personas que claramente han sufrido un divorcio complicado y quieren vengarse del resto del mundo.
Ese borde de cerámica clavándose en la nuca no es un fallo, amiguis. No puede serlo. Eso ha pasado demasiados años por demasiadas peluquerías. Es una decisión consciente. Una especie de: “Bueno, te dejamos el pelo brillante, pero cervicales ya tal.” Tú llegas contenta. Relajada. “Qué ilusión, una tarde para mí.”
Siete minutos más tarde estás colocada en una postura que parece un interrogatorio por fraude fiscal. El cuello doblado en un ángulo que ni una gamba rebozada, intentando mantener la dignidad mientras notas cómo tu columna vertebral empieza a redactar un comunicado oficial de protesta.
La peluquera, mientras tanto, pregunta: “¿Está bien así?” ¿QUÉ VOY A DECIRTE, MARÍA? ¿Qué estoy viendo a mis antepasados? ¿Que mi alma acaba de abandonar el cuerpo y está flotando sobre el tinte de una señora llamada Paqui? Lo peor es que todas mentimos. “Sí, sí, perfecto.” Perfecto. Claro. Igual de perfecto que dormir en una butaca de Ryanair.
Ahí, con el cuello convertido en Rodolfo Langostino, empecé a pensar en todas esas pequeñas torturas modernas que la humanidad ha decidido no solucionar jamás.
Las batas de hospital, por ejemplo. Ese trapito diseñado pensando: “¿Y si mezclamos vulnerabilidad emocional con ventilación anal?” No entiendo cómo nadie ha levantado la mano en una reunión médica para decir: “Perdonad… quizá la gente ingresada agradecería tener el culo cubierto mientras intenta conservar la poca dignidad que le queda.”
Pero no. Seguimos avanzando en medicina mientras los pacientes pasean por los pasillos agarrándose la espalda como concursantes expulsados de Supervivientes.
La dignidad humana tampoco sale especialmente reforzada de los probadores de las tiendas. Entras pensando que quizá ese pantalón te queda bien y sales convencida de que necesitas replantearte tu vida, tu postura corporal y todas tus decisiones desde 1998. La luz de los probadores no ilumina: interroga. Es una luz fiscal. Una luz de Hacienda. Una luz que no quiere verte mona, quiere que confieses.
En esa misma categoría de humillaciones domésticas habría que colocar los envoltorios imposibles. Hemos desarrollado satélites, vacunas y aspiradoras que esquivan muebles, pero abrir un paquete de jamón cocido sigue requiriendo uñas de velociraptor, fe religiosa y, en muchos casos, unas tijeras que tampoco encuentras nunca cuando las necesitas.
El despertar diario tampoco ha recibido demasiada atención por parte de las grandes mentes de la ingeniería. Estamos en pleno 2026. Coches eléctricos. Casas inteligentes. Neveras que hablan. Pero seguimos despertándonos cada mañana igual que si fuese una evacuación nuclear: PI PI PI PI PI. Un sonido que no transmite “buenos días”. Transmite “corre, el edificio arde”. Hay mañanas en las que abres los ojos ya enfadada con la existencia y todavía no has apoyado un pie en el suelo.
A veces pienso que el progreso va rarísimo. Como si la humanidad hubiese decidido centrarse muchísimo en cosas complejísimas mientras deja abandonadas las pequeñas tragedias cotidianas.
Porque sí, hemos llegado a la Luna. Pero yo sigo saliendo de la peluquería necesitando un fisioterapeuta y dos antiinflamatorios. Y, sinceramente, Neil Armstrong no hizo todo aquello para esto.