Niños, manualidades y un ejército de idiotas
Hubo un tiempo, en que llegaba marzo y en los colegios empezaban a circular manualidades imposibles: ceniceros de arcilla con forma de tragedia, marcos de fotos hechos con palitos de helado y tarjetas donde ponía “Te quiero, papá” con una caligrafía que parecía escrita en pleno terremoto emocional. Era precioso. Torcido, pegajoso y probablemente inútil, pero precioso.
Pero ay amiga, ahora no, ahora parece que celebrar el Día del Padre es poco menos que organizar una cumbre internacional de la insensibilidad.
Porque si en una clase hay un niño que no tiene padre, o no convive con él, o tiene otra realidad familiar, la solución no consiste en acompañar, explicar o adaptar con sentido común. No. La solución adulta y brillantísima consiste en extirpar la celebración entera, envolverla en papel de burbujas ideológico y hacer como si el afecto temático fuera una amenaza para la estabilidad emocional del grupo.
Ya no se celebra el Día del Padre.
Ni el de la Madre.
Ni el de nadie.
Por precaución.
No vaya a ser que un niño descubra que la vida tiene matices, ausencias, diferencias y alguna que otra incomodidad. Horror. Escándalo. Que alguien convoque una comisión pedagógica y traiga un PowerPoint con iconos suaves.
Hemos pasado de enseñar a los niños a convivir con la realidad a intentar rediseñar la realidad para que no les roce. Como si educar consistiera en allanar el mundo hasta dejarlo como la pantalla de inicio de una app de meditación: limpio, neutro y sin una sola arista humana.
Y ojo, que una cosa es tener sensibilidad, que está muy bien, y otra convertir cualquier fecha del calendario en una amenaza emocional de alto riesgo. Porque con esa lógica, mejor anulamos también la Navidad, no vaya a ser que haya quien lo pase mal; los cumpleaños, por si alguien se siente solo; y las vacaciones de verano, porque siempre habrá un niño que no vaya a Menorca. Ya puestos, podríamos celebrar directamente el Día de la Ambigüedad Afectiva y entregar fichas en blanco para que cada uno haga lo que considere oportuno.
Lo mejor de todo esto es que los niños suelen gestionar las cosas bastante mejor que los adultos que deciden por ellos. Un niño puede decir: “Yo no tengo padre en casa, pero se lo hago a mi abuelo”, o “yo se lo regalo a mi madre”, o “yo no quiero hacer manualidad porque me da pereza existencial y porque la purpurina es el herpes de las manualidades”. Y ya está. Resuelto. Con una naturalidad que deja a más de un experto en trauma preventivo temblando junto a la fotocopiadora.
Pero no, hemos decidido que el problema no es la falta de tacto, sino la existencia misma de las palabras “padre” y “madre”. Y así vamos, sustituyendo personas por terminología que suena a formulario de laboratorio.
Ya no eres madre.
Ahora eres progenitora gestante.
Que dicho así parece que no has dado a luz, sino que has participado en un ensayo clínico de fertilidad avanzada con financiación europea. Vamos, que en vez de tener un hijo has lanzado una línea de innovación biomaternal y el bebé se llama Next Generation López. Y el padre, claro, debe de ser algo así como progenitor no gestante, que suena menos a figura familiar y más a casilla que marcas antes de aceptar cookies. Te imaginas a un niño de cinco años llegando a casa con una felicitación del colegio:
“Feliz día, progenitora gestante. Gracias por tu implicación biológica inicial y tu sostenimiento logístico posterior.”
Todo entrañable. Todo cálido. Todo tan lleno de humanidad como una nevera de hospital.
Nos hemos puesto tan modernos que hemos conseguido que hablar como personas empiece a parecer antiguo. Antes una madre era una madre, con sus prisas, sus culpas, su túper y su capacidad sobrenatural para encontrar unas bambas que llevan veinte minutos delante de tus narices. Ahora parece una figura administrativa. Un expediente con útero.
Y mientras, los niños, que en teoría eran el centro de esta coreografía de sensibilidad institucional, pierden lo que les gusta: las cosas concretas. Nombrar. Distinguir. Dedicar. Decir “esto es para ti”. Porque un niño no vive en un tratado de sociología. Vive en un mundo de vínculos. Mi padre. Mi madre. Mi abuelo. Mi tío. Mi persona favorita del universo aunque me obligue a ponerme la chaqueta.
Que digo yo que, si hemos sobrevivido dos mil años explicando a los niños la historia de un niño con madre virgen, padre putativo y una paloma implicada en el asunto, igual también podemos sobrevivir a una tarjeta de cartulina que ponga “Te quiero, papá” sin activar un protocolo psicoemocional de urgencia.
La inclusión bien entendida no consiste en borrar palabras, sino en ensanchar la mesa. No en prohibir que alguien celebre a su padre, sino en permitir que otro celebre a quien haga de padre, de madre, de refugio o de red. Eso sí sería inteligente. Eso sí sería humano. Eso sí sería una escuela que educa en la realidad sin convertirla en un campo minado de susceptibilidades con plastilina.
Porque el problema no es que existan niños con historias distintas. El problema es que los adultos se han acostumbrado a gestionar cualquier diferencia con un protocolo y una tijera. Cortamos la tradición, quitamos el cartel, eliminamos la palabra y todos tranquilos. Como si la diversidad se resolviera pasando el Tippex por encima de la vida.
Y luego nos sorprende que crezcan frágiles. Claro. Si les hemos transmitido que cualquier emoción incómoda es un incidente diplomático. Que cualquier ausencia debe ocultarse. Que cualquier diferencia debe desactivarse antes de nombrarse. Les hemos cambiado la fortaleza por la asepsia emocional, y encima nos damos palmaditas en la espalda por lo inclusivos que somos.
Que sí, que hay realidades familiares complejas. Por supuesto. Y precisamente por eso merecen respeto, delicadeza y cabeza. No este teatro de la sobreprotección en el que los adultos fingen que eliminando una celebración eliminan también la tristeza, la ausencia o la diferencia. Ojalá funcionara así. Ojalá bastara con borrar el nombre de una fecha del calendario para curar heridas. Pero no. La vida no funciona con goma Milán.
Quizá va siendo hora de recordar algo bastante básico: los niños no necesitan un mundo limpio de palabras peligrosas. Necesitan adultos sensatos. Adultos que sepan explicar, acompañar, incluir sin hacer el ridículo y celebrar sin pedir perdón por existir.
Así que sí, feliz Día del Padre.
Del padre, del abuelo, del padrastro, del tío, del hombre que estuvo, cuidó, sostuvo, acompañó o quiso. Y feliz también el día en que dejemos de convertir el lenguaje en una parodia administrativa por miedo a que la realidad tenga esquinas.
Que los niños, en general, toleran bastante bien una tarjeta con purpurina.
Los que parecen traumatizados últimamente son los adultos.