¿Se puede ir un lavabo de mujeres sin morir en el intento?

Los lavabos, esas construcciones hechas sin espacios

Perdón. Lo siento muchísimo. Sé que llevo un tiempo ocupándome de asuntos serios, profundos, casi de señora que mira la lluvia por la ventana mientras sostiene una taza y reflexiona sobre la condición humana. Pero ya no puedo seguir mirando hacia otro lado. Hay un tema capital, un drama estructural, una humillación cotidiana que está pidiendo a gritos su lugar en el debate público: el tamaño ridículamente pequeño de los servicios de mujeres en los lugares públicos.

Porque esto no es un detalle, es una emboscada arquitectónica. Tú llegas con dignidad, o con lo que quede de ella, ya sabéis que yo de eso voy regulinchi, más en formato muestra gratis que tamaño real, así que entro intentando conservar la poca que me queda para no desintegrarme del todo a la primera maniobra. Abres la puerta sin esperanza, ya curada de espanto, pensando no “a ver qué tal”, sino “veamos cuánto mide esta ratonera” y, sobre todo, “cómo esquivo la taza del váter sin tener que entrar de perfil, en diagonal y renegando de todas mis decisiones vitales”.

Porque hay baños que no parecen baños: parecen el hueco que sobró después de construir el local. Un rincón triste, vengativo, levantado con la filosofía de “ya se apañarán”, como si las mujeres fuéramos líquidas, plegables o una especie de origami humano con bolso, abrigo y una sorprendente capacidad para doblarnos sin perder del todo la dignidad.

Spoiler: no nos apañamos.

La coreografía es siempre la misma. Abres la puerta y, automáticamente, tienes que elegir: o entras tú o entra la puerta. Las dos cosas a la vez es ciencia ficción. Te metes de lado como quien intenta colarse en una fiesta exclusiva para costillas, encoges lo que no sabías que se podía encoger y consigues cerrar. Respirar, como está sobrevalorado, ya si eso en la siguiente fase.

Y entonces llega la segunda humillación: el bolso, la chaqueta y a veces hasta la bufanda. Porque claro, el espacio no contempla que una mujer pueda llevar objetos. Debe de pensar el diseñador que nos desplazamos por el mundo con las manos vacías, la melena al viento y una fe ciega en la higiene ajena. No hay dónde colgar nada. O sí, pero en un ganchito microscópico, puesto a una altura diseñada para una jirafa con depresión. Así que tú, ingenua, desesperada, optimista por error, miras el pomo de la puerta y piensas: “Bueno. Salvada. Lo cuelgo aquí”. Y ahí, amiguis, giro de guion.

Porque el pomo no está fino. El pomo está flojo, cansado, emocionalmente ausente. Tú cuelgas tu chaquetina con una fe que no ponías en nada desde 2002 y, en ese mismo instante, el mecanismo cede con una desgana de funcionario en agosto y la chaqueta acaba en el suelo del baño, que no es un suelo: es una experiencia cercana a la muerte. Ahí ya no se te cae una prenda, se te cae la autoestima.

Y llega el momento final: salir. Que salir es otro deporte. Porque abrir la puerta desde dentro exige un movimiento que mezcla yoga, negociación internacional y una ligera despedida de tu amor propio. Te doblas, giras, te recolocas, haces algo que no sabrías repetir ni aunque te pagaran, y consigues escapar con la misma sensación que alguien que ha sobrevivido a algo que no debería haber pasado.

Yo no pido un spa. No pido hilo musical, ni velitas, ni una señora ofreciéndome una toallita caliente. Pido hacer pis sin tener que convertirme en un mueble desmontable de Ikea.