Ábalos, ese hombre que se enamoró de una trampa

Ábalos al Supremo com a investigat

En su paso por el Tribunal Supremo, José Luis Ábalos dejó una de esas frases que, lejos de aclarar, invitan a la literatura: dijo haberse enamorado. No de una idea, ni de un proyecto político, sino de una persona. Jessica. Un nombre propio que, en su relato, ha terminado mutando en algo mucho más incómodo: una supuesta trampa orquestada por Víctor de Aldama.

La escena, contada así, tiene algo de novela de enredo: un político veterano, una relación prolongada —casi un año, según él mismo— y, de pronto, la revelación de que todo formaba parte de una estrategia ajena. Amor convertido en ardid. Intimidad reinterpretada como montaje. La vida privada elevada a pieza de un tablero que, curiosamente, solo se revela cuando conviene obviar -y olvidar-, todo lo demás.

Hay que reconocerle al argumento cierta ambición narrativa. Porque no es sencillo sostener, sin rubor, que uno convivió con una “trampa” durante meses sin advertir el mecanismo. La ironía se escribe sola: no sería tanto que la trampa estuviera bien diseñada, sino que el protagonista decidió creer en ella. Y creer, en política, suele ser menos inocente de lo que parece.

La versión tiene, además, un efecto colateral llamativo: desplaza el foco. Ya no se trata únicamente de decisiones, contratos o responsabilidades, ya no se trata de hacia dónde ha ido el dinero de las mascarillas y quien ha puesto la mano, sino de emociones, engaños y supuestas manipulaciones sentimentales. Como si el terreno judicial pudiera diluirse en un relato casi romántico, donde el error no es de gestión, sino de corazón.

Quizá, al final, la metáfora más ajustada no sea la de la trampa ajena, sino la de la propia construcción del relato. Porque hay versiones que, en su intento de resultar verosímiles, acaban revelando justo lo contrario. Y entonces el problema ya no es quién tendió la trampa, sino quién decidió, voluntariamente, quedarse en ella.